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Explosiones a distancia vistas en 1916 2016-05-01

Leyendo revistas antiguas de hace cien años he encontrado este artículo que me ha gustado mucho.Se trata de la descripción de un mando a distancia accionado por radio (está escrito en 1916). Me han gustado las referencias a que lo difícil no es accionar la explosión sino hacer que se produzca en el momento justo y que no se dispare debido al azar (ruido eléctrico atmosférico) o por el enemigo. La solución me parece brillante. También me ha interesado la mención al Telekino de Torres Quevedo, un auténtico mando a distancia que podía dirigir un barco. Pero del que ocuparé en otro moemento.

El artículo fue publicado en la revista «Madrid Científico» nº 883 de 1916. 15 de mayo de 1916

(Mantengo la para nosotros extraña ortografía).

Explosiones á distancia

Con motivo de la escuela práctica, notable por más de un concepto, que realizó el pasado otoño el segundo Regimiento de Zapadores Minadores, unido al ambiente general á consecuencia de la guerra, y coincidiendo con lo que ha dicho la prensa diaria, respecto al invento del Sr. Iglesias Blanco, muchas personas han mostrado interés por el asunto á que se refiere esta nota. Ante todo hemos de adelantar que nada hay de común entre lo que hemos leído respecto al invento del Sr. Iglesias Blanco y lo que hemos visto de la labor del Capitán Díaz Iboleón. El Sr. Iglesias se dice que ha resuelto algo maravilloso: provocar las explosiones por ondas eléctricas directamente, sin ningún mecanismo previamente preparado que por su acción haga estallar un hornillo dispuesto y cebado de un modo conveniente, en tal forma, que no habrá en lo sucesivo dirigible, aeroplano, submarino, ni depósito de municiones seguro.

Lo realizado por el distinguido ingeniero militar es cosa más modesta, aunque de una importancia militar enorme y que le ha permitido dar muestra de su preparación técnica y de su ingenio y laboriosidad, pues se trata simplemente de producir desde una estación transmisora, y por medio de las ondas hertzianas, la explosión de una ó varias minas, actuando sobre un aparato receptor, preparado de antemano; como se ve, la cosa no se sale de lo que la imaginación humana y el estado actual de la ciencia permiten concebir.

Ello es, en efecto, algo que está conseguido desde los comienzos de la radiotelegrafía: un mando á distancia; pues no era otra cosa lo que se hacía en las primitivas estaciones, en las que la armadura del electroimán de un aparato telegráfico ordinario, era accionada á voluntad desde una estación alejada y sin hilos conductores intermedios. Y como este electroimán, del mismo modo que marcaba: los signos Morse sobre una cinta, pudiera hacer entrar en acción un circuito local con energía suficiente para mover los aparatos de mando de un torpedo, barco, globo, mecanismo de explosión, etc., los que se ocuparon en estos estudios trataron de ampliar el horizonte del magno invento de Marconi, encaminándolo en esta dirección.

Pero les salieron al encuentro dificultades graves: el aparato receptor podía ser accionado, del mismo modo que por la estación transmisora, por todas las demás dentro de cuyo radio de acción estuviera y cuya longitud de onda fuera la misma que la adecuada del receptor, y este efecto se podía producir asimismo por la electricidad atmosférica, lo cual ponía la seguridad del resultado en manos del adversario ó del azar.

Todos estos inconvenientes han motivado que en las estaciones telegráficas sin conductor se haya desechado el empleo del Morse, sustituyéndolo por el teléfono, que permite reconocer la estación corresponsal, aunque transmitan varias, por la diferencia de intensidad ó de nota musical.

Para que el mando á distancia fuese asimismo un hecho, había que idear, por tanto, la manera de que las emisiones de la estación propia hiciesen funcionar los aparatos de utilización. En el campo de la radiotelegrafía no había solución para ello, y hubo que
buscarla en empleo de aparatos mecánicos colocados en la estación receptora, que neutralizase los efectos de cualquier acción perturbadora.

En este sentido se ha trabajado mucho, y ya en 1899 fueron dos los aparatos construidos: uno por Jammeson y Trotter, y otro por Orling y Beaunersjem; más tarde (1903) el telekino de nuestro Torres Quevedo y el aparato de Gabet, y en 1905 el de Branly, con comprobación de las acciones producidas.

Todos ellos son aparatos mecánicos, sumamente ingeniosos, para la dirección á distancia de barcos, globos y torpedos.

En lo que se refiere al caso particular de emplear el mando á distancia para producir explosiones, se han hecho en todos los países numerosos estudios y experiencias; en el nuestro, los ilustrados jefes de Ingenieros Calvo y Rojas idearon un ingenioso aparato,
que el último perfeccionó más tarde, y que tenemos entendido mereció un brillante informe de la Academia de Ciencias, pero no fué llevado á la práctica. No tenemos noticias de experiencias posteriores.

Todos estos trabajos se realizaban en una época en que el órgano esencial de recepción de la telegrafía sin alambres era el cohesor, y sin duda por esta razón se empleó en todos ellos, á pesar de sus muchos inconvenientes, entre los que no es el menor la falta de
garantía de su perfecto funcionamiento.

El detector es de éxito más seguro, pero en cambio el radio de acción disminuye de un modo considerable, si se ha de emplear un relevador que accione un circuito local, por sensible que sea este aparato.

Lo que el Capitán Díaz Iboleón ha logrado con sus experiencias es, que ni las descargas de la electricidad atmosférica, ni otra estación que no sea la propia puedan producir la explosión, y, en cambio, que ésta la produzca en el momento que se desee de un modo seguro y además sin necesidad de interrumpir su servicio normal.

Se ven claramente, por lo tanto, las dos partes de esta solución: por un lado, el problema resuelto de otros modos, el mando d distancia, y por otro, lo verdaderamente nuevo é ingenioso, el dar seguridad á la disposición, suprimiendo las explosiones que pudieran
producir causas ajenas á la voluntad del que las manda, bien sean fortuitas por los elementos atmosféricos o producidas por el enemigo.

El aparato que logra esto, tiene dos posiciones, que se pueden llamar, respectivamente, de seguro y de fuego.

La primera posición ó de seguro, permite dejar preparado el aparato con varios días de anticipación, con la absoluta garantía de que sólo lo puede hacer funcionar la estación propia. Para pasar de esta posición á la siguiente, de fuego, hay que hacer manipulaciones sucesivas en un orden determinado y dentro de plazo de tiempo sumamente corto, transcurrido el cual sin hacer exactamente las señales dispuestas, el aparato vuelve por sí mismo á la posición primitiva; hay, pues, que conocer la clave, que consiste en una conmutación de ondas, variando sucesivamente las que pueden hacer funcionar el aparato por la entrada en acción de diferentes bobinas de autoinducción; y además el límite de tiempo en que hay que realizarla es una dificultad más, que impide que una estación enemiga logre producir la explosión. Hay medio de asegurarse del buen funcionamiento del aparato, haciéndole emitir ondas de comprobación en cualquier momento que se desee.

A la posición de fuego se debe pasar poco antes del momento en que haya de verificarse la explosión, pero bien entendido que si se retrasa después ésta por cualquier causa, no disminuyen las garantías de seguridad, pues de no dar fuego diez segundos después de preparar el mecanismo, vuelve éste automáticamente á su posición de seguridad. Esta vuelta á cero se produce con un aparato de relojería muy sencillo: en el primitivo aparato de ensayo se empleó la máquina de un modestísimo despertador. La antena se coloca en condiciones de práctica invisibilidad.

Tal es la síntesis de lo realizado hasta ahora, continuándose los ensayos con más elementos, hasta perfeccionar la solución lograda, que ya con lo hecho se puede asegurar que es práctica. Vean nuestros lectores que la parte nueva de estos trabajos, no es meramente adjetiva, sino que de ella depende su eficacia militar, hasta tal punto que todo sistema que pueda estar á merced de la voluntad del enemigo ó de las contingencias del azar, por bien resuellos que tenga los demás extremos, no es de aplicación á ningún fin guerrero. (Ibérica).

JOAQUÍN DE LA LLAVE,
Capitán de Ingenieros.

Enviado por flexarorion a las 08:48 | 0 Comentarios | Enlace


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