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Museos de la Ciencia y Medio Ambiente 2015-02-17

Autor: Félix Ares
24 de agosto de 2009 MUY LARGO

Introducción

Cada museo de la ciencia tiene unos objetivos distintos y, por supuesto, yo no me atrevo a hablar en nombre de todos ellos. No obstante creo que no me equivocaré demasiado si digo que hay varios objetivos comunes. El primero es lograr que la ciencia se vea como algo que forma parte natural de nuestra cultura, no como algo ajeno hecho por «bichos raros». El segundo es intentar atraer alguna vocación entre los jóvenes que nos visitan y el tercero conseguir disminuir un poco el analfabetismo científico que hay en nuestra sociedad. 

Para lograrlo utilizamos distintos métodos que van desde exposiciones permanentes interactivas en las que «está prohibido no tocar», hasta charlas de divulgación expuestas por Premios Nobel o astronautas, pasando por conferencias, tertulias, fórums cinematográficos, teatro científico en directo, programas de radio, programas de televisión, páginas de Internet, libros, revistas, ...

Cara y Cruz de la Emoción

Hoy en día se oye hablar mucho de «emoción». Tal vez sea mi percepción y no sea verdad, pero me da la sensación de que esta palabra se ha empezado a utilizar muchísimo más desde que Goleman publicara su libro «La Inteligencia Emocional3». 

Cuando he sido el responsable de hacer alguna actividad siempre he pensado en utilizar la emoción como uno de los elementos que me ayudasen a enviar el mensaje. Por ejemplo, en un «Taller de la electricidad» en el que trabajábamos con máquinas que producían chispas, rayos y truenos (generadores de Van der Graaf, enormes bobinas de Tesla, escaleras de Jacob y tubos de descarga gaseosa) siempre utilizaba el miedo a las chispas y al ruido como elemento motivador. Tras bajar el nivel de la luz hasta casi apagarlo –para dar cierto aire de misterio– empezábamos a producir rayos con la bobina de Tesla. Antes de los rayos se oía un estruendo enorme y se veían pequeñas chispas. La tensión se «sentía» en el ambiente. Luego una explosión de rayos. Tras la tempestad la calma. Volvíamos a encender las luces y entonces, cuando estaban en plena tensión, les hacía ver lo que es la inducción, por qué aumentan los voltios en un juego de bobinas, por qué no pasa nada fuera de la «jaula de Faraday», ... y cuando la emoción empezaba a decrecer, entraba dentro de la jaula de Faraday con un guate metálico conectado a tierra. Poníamos otra vez el generador en marcha y hacía que un rayo saltase a mi mano. «No pasa nada» pues el guante metálico conduce las cargas a tierra». 

He utilizado la oscuridad, el ruido y los rayos como elementos para mantener la atención y con ello poder transmitir el mensaje de lo que es la electricidad. 

En los programas de planetario que he hecho he jugado con la gran potencia  que es la noche, las estrellas, la música, el silencio y las explosiones. 
Primero con una música suave apagar las luces y hacer que las estrellas se vayan viendo poco a poco. Hasta quedar a oscuras, tan sólo viendo las estrellas. La música se apagaba del todo. Hay pocas cosas tan dramáticas como la noche, las estrellas y un largo silencio tras la música. 

Tras contar la historia que tocase, normalmente siempre buscaba una disculpa para que hubiera una gran explosión de luz y de sonido (la explosión de una bola de fuego de San Telmo en un viaje; la explosión de una supernova en el firmamento, ...). La secuencia era: música, silencio, oscuridad total, un cierto brillo, explosión de luz y sonido. 

Emoción. 

Recuerdo que cuando se estrenó el programa «La Vía Láctea» en el planetario de Pamplona, hace ya dieciséis años, me llamó poderosamente la atención una secuencia interesantísima. Había varios elementos importantes. La cúpula de una iglesia se iba oscureciendo. Una persona dejaba oír el crujir de las hojas al caminar. Todo queda en negro. Los pasos cesan. La música también. De repente, un rayo. Toda la cúpula blanca. Unos segundos de espera y un enorme trueno. Y la cúpula se la iglesia se convierte en la esfera celeste. Allí están las estrellas. Y empieza sonido de lluvia; de gotas de agua. 

En aquel momento el personal el Planetario con muchos sprays de agua echaron unas gotitas sobre el publico asistente. 

Yo no sabía nada. Mi sorpresa fue total. 

Nunca lo olvidaré. Y aquel precioso cielo tampoco. 

De ese modo, acudiendo a las emociones, podemos introducir ciertos conceptos científicos. Y pienso que no hay ningún problema en hacerlo con temas como la electricidad o la astronomía donde la ciencia está muy madura y sabemos perfectamente lo que hay. Ese no es el caso de lo referente al Medio Ambiente. Se trata de un tema donde la ciencia no está madura y, sobre todo, se trata de un tema muy cargado emotivamente. Me atrevería a decir que demasiado cargado. Por lo que debemos pensar muy seriamente cual es el mensaje que queremos transmitir y cómo hacerlo, sin caer en banalidades, obviedades, mentiras o incorrecciones. 

Es muy fácil acudir a las emociones mostrando un panda con su carita de niño bueno y decir que hay que salvarlo, pero probablemente estemos desenfocando el problema y no seamos capaces de trasmitir la complejidad del fenómeno. También es muy fácil condenar a la energía nuclear porque nos acordamos de Hirosima y de Chernóbil. Una vez más, un tema demasiado complejo para dejarlo al albur de las emociones. 

Me da la sensación de que en los temas de Medio Ambiente tenemos que disminuir la carga emotiva y eso puede hacer que el tema pierda atractivo. 

Pero no veo otra forma de hacerlo. 

La necesidad de una divulgación científica sobre el Medio Ambiente

Durante los últimos años se ha puesto de manifiesto con toda su crudeza que nuestro Medio Ambiente es mucho más frágil de lo que pensábamos. Lo que parecía imposible hace veinticinco años ha ocurrido: nuestras actividades son capaces de afectar toda la biosfera. Recuerdo que hace veinticinco años, cuando oí hablar por primera vez de este tema me pareció que los que daban las voces de alarma no eran otra cosa que «pájaros de mal agüero» que estaban viendo las orejas del lobo donde no había lobos. Ya vemos que estaba absolutamente equivocado. Nuestras actividades, sobre todo el quemar combustibles fósiles acumulados durante millones de años, es capaz de alterar el clima de la Tierra y al hacerlo somos capaces de modificar sus hábitat, perturbar la productividad de plantas y animales, etc. 

También había voces que nos hablaban del «pico del petróleo», del fin de las materias primas, pero yo siempre pensaba que la ciencia sería capaz de darnos soluciones. La realidad es mucho más dura que lo que yo pensaba. Estoy convencido de que la ciencia puede aportar alguna solución, pero nunca serán panaceas, serán pequeños avances y lamentablemente no estoy seguro de que lleguen a tiempo. Además, el tema no es solo científico, es un asunto político, financiero, social, ... Hay que poner de acuerdo y coordinar a millones de personas. 

Cuando hace unos meses el precio del barril de petróleo alcanzó casi los 150 dólares quedó claramente de manifiesto que habíamos llegado al «pico del petróleo» y que no teníamos una solución de reserva. La crisis del petróleo vino entremezclada con la falta de alimentos y su encarecimiento. Y, por los mismos motivos, muchas materias primas dispararon sus precios; por ejemplo el cobre o los nitratos.
 
Lo primero que necesitamos es tener un diagnóstico claro y ni siquiera eso tenemos. Acabo de decir que hemos alcanzado el «pico del petróleo», pero no todos están de acuerdo con ello. Algunos dicen que el precio alcanzado por el barril del petróleo es especulativo. Pero yo no veo muy bien cómo se puede especular con algo que no se puede almacenar. A mi me parece que la explicación es mucho más sencilla, el precio subió porque aumentó la demanda (China e India se incorporaron a la industrialización) y los pozos de petróleo de todo el mundo ya no son capaces de aumentar su oferta; de hecho ha disminuido4. La mayor producción de petróleo convencional se dio en mayo de 2005 y fue de 74 298 000 barriles diarios5. Si sube la demanda y baja la oferta, el precio sube. Pero, insisto, no todos están de acuerdo con este diagnóstico. Si no sabemos cuál es la enfermedad difícilmente podemos encontrar una cura. 

Una de nuestras obligaciones es poner eso de manifiesto: hay distintas opiniones y hay que ver sopesar cada una de ellas. Es muy difícil, pues no podemos dar certezas, tan sólo podemos aproximaciones. Es muy difícil pues debemos decir claramente que «no todas las opiniones son igualmente válidas». Hay opiniones de peso, las hay con menos peso y las hay completamente sin valor. 

La tendencia de los medios a dar igual relevancia a todas las opiniones es catastrófica. Simplemente, el admitir en igualdad de condiciones ideas de muy distinto peso hace que la de poco valor lo aumente. Un ejemplo. Cada vez que se habla de la telepatía, los medios –muy neutrales ellos– dejan hablar a los dos bandos: los que creen en ella y los que no creen. Y les dejan hablar el mismo tiempo. ¿De verdad esto tienen sentido? Hay un principio científico elemental que no se respeta. Se trata de que el que la carga de la prueba está en quien hace afirmaciones extraordinarias. Afirmaciones extraordinarias exigen pruebas extraordinarias. Al no haber pruebas publicadas en revistas científicas con arbitraje, la telepatía no deja de ser una creencia sin fundamento. Dedicar el mismo tiempo a los que creen y a los que no creen es dar demasiado valor a la supuesta telepatía. 

Quizá para verlo mejor haya que hacer una caricatura. ¿Qué les parecería a ustedes que en los medios se hiciera un debate sobre si 2 + 2 son 4 y dedicaran el mismo tiempo a los que dicen que es 5 que a los que dicen que es 4? 
 
Otro problema que surge en el tema del Medio Ambiente es que estamos ante problemas globales que exigen una solución global. Sin embargo nos encontramos con las tremendas dificultades en ponernos de acuerdo. Empezamos a vislumbrar que lo que es bueno para unos, es malo para otros y que algunas soluciones que pueden ser excelentes para unos perjudicarán a otros. No nos queda más remedio que tomar decisiones consensuadas y razonadas. Decisiones basadas en pruebas. Decisiones apoyadas por nuestros votos. La única solución razonable es la democrática; pero si afecta a todo el planeta debe ser una solución de democracia global, democracia para todo el planeta. ¿Un poco utópico, no? 

Los museos deben ayudar a crear un caldo de cultivo donde se entienda lo que son las pruebas y lo que no son. 

La divulgación científica de los temas de Medio Ambiente son muy difíciles por varios motivos; el primero es la gran carga emotiva que los suele acompañar; el segundo es la enorme dificultad de ver los procesos completos y no solo una pequeña parte de los mismos y, por fin, el tercero es la falta de una ciencia madura que nos permita hablar con pruebas. La mayor parte de las veces lo que tenemos es tan solo aproximado. 

Para que se me entienda creo que lo mejor es poner unos ejemplos de lo que quiero decir. 

Carga emotiva. Si planteamos la pregunta de si tenemos que salvar al Panda, a la Ballena Jorobada, y guardar las semillas de los diferentes tipos de arroz, seguro que todo el mundo dirá que sí. Pero si les decimos que el dinero no es infinito y que tenemos que priorizar no sé cuál sería el orden en el que se pondrían esas tres cosas. Supongo que primero iría el panda debido a que los anillos en sus ojos le hacen aparecer como un cariñoso bebé, el segundo la Ballena Jorobada y el tercero el salvar el germoplasma del arroz. Sin embargo, si se mueren el panda y la ballena –siendo una pena y no deseable– el daño que se causa a la humanidad es mucho menor que si hay una enfermedad que ataque al arroz y tengamos que echar mano de viejas semillas que ya no se cultivan. Es decir, a mi me caben muy pocas dudas de que la prioridad está en el arroz. Sin embargo, me resulta muy difícil transmitirlo. Una prueba reciente la tengo en una charla que tuve con una compañera de trabajo. Al decir, lo que acabo de decir, y asegurar que tenemos que priorizar y dar a cada cosa un nivel distinto de importancia, me contesto «¿Es qué tenemos que elegir?». No creo que haga falta responder: ¡Claro que hay que elegir! Los medios de que disponemos son finitos y hay que priorizar. 

He hablado del arroz pero lo mismo podemos decir del trigo, la cebada, la avena o los plátanos. Al hablar de los platinos nos encontramos con otro problema, constituyen el alimento básico de muchos millones de personas, sin embrago no producen semillas. Todas las plantas que hay hoy en día proceden –casi con seguridad– de una planta que por alguna extraña mutación perdió sus semillas. Se ha propagado mediante esquejes. El resultado final es que casi todos los plátanos del mundo son clónicos. Es decir, que si hay una enfermedad que los ataque, ataca a todos. No hay casi diversidad genética. Digo «casi» pues en algunos centros de investigación del plátano han conseguido algunas semillas y ahora hay algunas variedades genéticamente diferentes.
 
¿Qué es más importante, dedicar dinero a conseguir nuevas variedades de plátano o a salvar al panda? 

Pocas dudas hay de que en este caso la carga emotiva impide la objetividad y su falta puede condenar a muerte a millones de personas. 

Visión parcial de los procesos. Los procesos relacionados con el Medio Ambiente suelen ser tremendamente complejos, con infinidad de implicaciones, lo que hace que tan solo veamos una parte de los mismos, sin ser capaces de ver la situación global. Un ejemplo pueden ser las centrales eólicas. Una pequeña parte del proceso es la de producir energía a partir del viento, que es gratis. Eso hace pensar que todo el proceso es gratis, cuando, obviamente, no lo es. Hacer los generadores consume energía, el mantenimiento consume energía, tienen una vida limitada y cuando hay que renovarlos se consume energía. Y, además, hay otro problema del que rara vez se habla, la energía eólica es imprevisible, lo que significa que es difícilmente gestionable. Sin embargo, las compañías eléctricas tienen que atender a la demanda, coincida o no con que el viento sople, lo que origina un hecho perverso. Para poder atender a la demanda de los usuarios incluso si el viento deja de soplar totalmente hay que tener centrales de otro tipo –normalmente de carbón, gas o de ciclo combinado– que están funcionando en un régimen de espera. No es el régimen óptimo. Esas centrales están consumiendo mucho más para poder atender a la eventualidad de que las eólicas dejen de producir. Es decir, que cuando vemos el proceso completo, ya no queda demasiado claro si el actual sistema de generadores eólicos contribuye a disminuir el consumo de combustibles fósiles o a aumentarlo2. Esa incapacidad de ver todo el proceso es la que nos lleva a equivocaciones mayúsculas. Otro ejemplo de esas equivocaciones mayúsculas es la de los biocombustibles. Se dijo que si hacíamos combustibles cultivando plantas, el CO2 que se producía al quemarlos era igual al que ellas habían extraído de la atmósfera y por tanto el balance era cero. ¡Idílico! Pero falso. Lo que no habían tenido en cuenta es que «la agricultura industrial moderna ha sido descrita como un sistema que utiliza la tierra para convertir petróleo en alimentos6» (Patric Hervie en el parlamento escoces). Es decir, la obtención de biocombustibles consume petróleo de muchas formas: en transporte, en abonos, en cultivo con maquinarias, en regadío, en cosechar, en transportar a destino, en transformar las plantas en biocombustible, ... ¿Cuál es el balance energético total? Depende de qué planta y dónde se cultive. Con caña de azúcar en Brasil parece que el cultivo es energéticamente rentable. Con maíz en Estados Unidos algunos cálculos dan que se consume más combustible que el que da y otro tanto ocurre con los cereales en Europa. Pero hay más meteduras de pata. Al no analizar el problema globalmente no se han dado cuenta de que muchos de los cultivos para hacer combustibles que utilizan en el primer mundo se han hecho usando las tierras que en el tercer mundo se usaban para conseguir alimentos. El resultado final ha sido la subida de los precios de los alimentos y del hambre de muchas personas. Además, por si todo esto fuera poco, se están desforestando grandes superficies para cultivar biocombustibles. ¡Mejor que nos lo pensemos de nuevo! 

Pero no trato de que nos flagelemos como habitantes del primer mundo. Trato de que se vea que no basta analizar un detalle del proceso (al arder el CO2 se quema el CO2 que antes se había obtenido de la atmósfera) sino todo el proceso, lo que es mucho más difícil. 

Para cerrar el circuito, tenemos el «efecto rebote» también conocido como «paradoja de Jevons» que, siguiendo a Wikipedia dice que «a medida que el perfeccionamiento tecnológico aumenta la eficiencia con la que se usa un recurso, es más probable un aumento del consumo de dicho recurso que una disminución1. Concretamente, la paradoja de Jevons implica que la introducción de tecnologías con mayor eficiencia energética pueden, a la postre, aumentar el consumo total de energía2». Esto lo vamos a ver con los diodos de iluminación LED. Consumen mucho menos, estoy seguro de que eso va a producir que se pongan muchas más luces y a la larga, se consumirá más.

Falta de una ciencia madura.

El tercer factor es el de la falta de una ciencia madura para podernos basar en pruebas y no en especulaciones. 

En los casos de la electricidad y de la astronomía de los que hablaba al principio, son ciencias maduras. Hay consenso entre los científicos de lo que sabemos. Por tanto, podemos acudir (mejor dicho, debemos) a un reduccionismo para hacerlo más digerible. Uno de los aspectos de la ciencia es disminuir la complejidad de la realidad, mediante modelos reduccionistas. No se trata de una palabra mala sino de una de las bases de la ciencia. En los modelos se reflejan los aspectos básicos y fundamentales y se dejan de lado los que no aportan algo al modelo. Por ejemplo, decimos que V=IR (Voltios = Intensidad x Resistencia), sin comentar las dificultades de la medida y no insistimos en cuestiones como la temperatura o la presencia de un campo magnético, que de hecho cambian la resistencia. Al pasar una corriente por un conductor este se calienta y entonces cambia su resistencia. Por tanto, la ecuación tendríamos que escribirla como una función del tiempo... Eso sería más real pero introduciría una complejidad que lo haría menos efectivo que el modelo reduccionista. 

Pero cuando estamos ante una ciencia inmadura, el reducir la complejidad es muy difícil pues no sabemos lo que es fundamental, lo que son errores de medida, lo que es accidental... 

Para complicar todavía más las cosas, no solo se trata de una ciencia inmadura; es que también es una ciencia, casi por definición, que debe contemplar muchos factores muy complejos, muchos de los cuales ni son ciencia ni es previsible que lo sea en los próximos años, tales como los aspectos políticos. 

Medio Ambiente, energía y materias primas no son nada más que diferentes caras de un mismo fenómeno. Por tanto, permitidme que hable un momento de energía.

¿Nucleares si o no? Me resulta increíble que a día de hoy todavía no haya un consenso sobre lo que hay que hacer. 

Todavía me preocupa más que la mayoría de nuestros políticos –los que toman las decisiones por nosotros– se basa en intuiciones (emociones), no sean capaces de ver los procesos completos y desconfíen de la metodología de la ciencia.
 
Debemos lograr hacer una política basada en pruebas y consensuada democrática y, en muchos casos, globalmente. Pero esto que es muy fácil de decir es tremendamente difícil de hacer. 

¿Qué deberíamos hacer? 

Supongo que en las líneas anteriores he dado unas pinceladas de la dificultad que hay para introducir los temas de Medio Ambiente en los museos de la ciencia sin caer en la simpleza. La pregunta obvia es: ¿y qué podemos hacer? 

Creo que debemos tratar de que los visitantes de nuestros museos aprendan algo de lo que implica la prueba, que sepan diferenciar el grano de la paja.
 
Una primera tarea muy importante es que aprendan lo que es la ciencia. Tratar de que lleguen a entender que la ciencia es un método que nos aproxima a la realidad. Que la realidad nunca se alcanza pero que es la mejor forma de aproximarnos a ella. Hay que dejar muy claro que dentro del método hay varios puntos esenciales como son la necesidad de publicar en revistas con arbitraje para someterse a la crítica de los pares y la necesidad de repetir los experimentos. 

Este punto me parece esencial en el tema que nos ocupa pues es habitual oír en los medios cosas como «un científico de la organización ecologista X ha llegado a la conclusión de que los transgénicos de la multinacional Y ha producido...». Debemos transmitir con toda claridad que los científicos se equivocan, sean de una organización ecologista o no, y que el método científico minimiza las equivocaciones, que por eso la opinión de un científico sea de un grupo ecologista o Premio Nobel no vale nada si no va acompañada de la crítica y de los experimentos.
 
Las verdades absolutas no existen, pero el relativismo cultural es una estupidez. Alguna vez me he encontrado con que al decir que las verdades absolutas no existen mis oyentes han interpretado como que todas las ideas tienen algo de buenas. Es decir, han caído en un relativismo cultural con el que no estoy en absoluto de acuerdo. 

He oído hasta la saciedad el que «pues los científico también se equivocan» y muchas veces me han sacado a colación lo de que antes el aceite de oliva era malo y que ahora es bueno. Me cuesta horrores explicarles que eso es la ciencia. La ciencia evoluciona. Y que, además, el ejemplo que me están poniendo es falso. El consenso científico lo que dijo es que comer grasas aumentaba el colesterol, lo que es cierto, y después afinó y dividió las grasas en dos tipos, unas buenas y otras malas. Es decir, que la ciencia no se equivocó. La ciencia se refinó. 

Por otra parte, si se hubiera equivocado no pasaría absolutamente nada, la ciencia se equivoca. 

Lo que me resulta muy difícil de transmitir es que si la ciencia –con toda una metodología para evitarlo– se equivoca, cualquier otra cosa se equivoca mucho más y, por lo tanto, el sentido común nos debería decir que tendríamos que hacer caso a lo que esta dice. 

Tenemos que convencer a nuestros visitantes de que aunque todas las personas son respetables, no todas las ideas son respetables y que hay una gradación de credibilidad. No es lo mismo un artículo publicado en la revista de «Los amigos de las lagartijas z» que en Science o Nature. 

Hay varios científicos que dicen que el cambio climático no es antropogénico y sus argumentos son de peso. No son ni trivialidades, ni charlatanería. Pero debemos explicar a nuestros visitantes que la ciencia es en gran parte consenso. Si la mayor parte de los que han estudiado el tema están de acuerdo en que hay una componente antropogénica en el cambio climático, lo más razonable es pensar que es así, aunque haya voces en contra. Voces que son tremendamente positivas, pues van a obligar a refinar los argumentos y, en última instancia, a lo mejor son los que llevan razón. Nunca se sabe. Pero debemos actuar de acuerdo con el consenso de la mayoría científica.
 
Por otra parte, hay que explicar la red de acontecimientos que confluyen en una hipótesis. En el cambio climático, no se trata tan solo de unos detalles en unas pocos sitios, o de correlaciones entre temperatura y CO2. Se trata de toda una cadena de hechos diversos que confluyen en el mismo sitio: disminuyen los glaciares, la línea de nieve en el Kilimanjaro se eleva, aumentan las temperaturas medias, sube el nivel del agua, disminuye el tamaño de las ovejas del norte de UK, hay más CO2, metano y otros gases de efecto invernadero en la atmósfera, ... 

Cuando la red se hace muy densa, la hipótesis se hace muy sólida. Y esa es la actual situación con este tema.  
 
Las decisiones deben basarse en pruebas.

Esto ya lo había dicho, el problema es que muchas veces no sabemos muy bien cuál es la prueba, sobre todo en temas complejos como el que nos ocupa, y cuando hay opiniones contrapuestas muchas veces nos lleva a la paralización. Esto lo hemos vivido recientemente. Como no era seguro que el cambio climático era de origen antropogénico, no hacíamos nada. Pero a pesar de que no era seguro las pruebas apuntaban a que había más posibilidades de ser cierto que de ser falso, por tanto lo coherente es hacer aquello que es más probable. O dicho de otro modo, las decisiones deben basarse en las mejores pruebas de que dispongamos en cada momento, aún a sabiendas de que hay una cierta posibilidad de que nos equivoquemos
 
Las dudas no deben paralizarnos.

Como corolario a lo anterior se desprende que las dudas no deben paralizarnos. Hay que actuar. Lo que puede ocurrir es que dependiendo del nivel de incertidumbre las decisiones pueden ser unas u otras. 

El riesgo cero no existe.

Este es otro hecho que es muy difícil de transmitir a la sociedad. A todo le pedimos la seguridad absoluta, sin darnos cuenta de que 1) La seguridad absoluta no existe. 2) Demasiada seguridad lleva a encarecimiento de los productos/acciones. 3) la seguridad absoluta lleva a la paralización total: ante la duda, no hacemos nada.

En el debate medioambiental es muy habitual escuchar la idea de «riesgo cero». Por poner un ejemplo, los transgénicos. Muchas personas no los admitirán «hasta que no hay ningún riesgo». Decir eso, y decir que no a los transgénicos es lo mismo.
 
Es evidente que no podemos dejar temas como los transgénicos al albur de unas empresas cuyo objetivo último es exclusivamente el beneficio. Ni podemos hacerlo ni lo hacemos. En casi todos los países hay unas leyes y unas agencias de control que se encargan de que los productos que salen al mercado sean «razonablemente» seguros.
 
Lo emotivo, lo humano, es pensar en que el riesgo debe ser cero. Con casi todos los inventos de la humanidad ha habido momentos en que se ha pensado que el riesgo era excesivo. Por ejemplo, cuando se hicieron los primeros trenes se dijo que ningún cuerpo humano podría aguantar ir a aquella enorme velocidad de 17 km/h. Cuando se pusieron los primeros teléfonos públicos se dijo que serían un foco de infecciones tremendo.
 
Hoy nos resulta evidente que aquellos miedos estaban injustificados, pero no somos conscientes de que estamos haciendo lo mismo con las nuevas tecnologías: transgénicos, nucleares, hornos de microondas, teléfonos móviles, redes Wifi, líneas de alta tensión, ... 

Debemos explicar muy claramente que riesgo cero es igual a paralización. Y debemos explicar que el nivel de riesgo que estamos dispuestos a asumir debemos decidirlo democrática y racionalmente; sin dejarnos llevar por emociones. 

Y vuelve a salir el tema de la emoción. 

Eliminar la emoción.

Tal como veíamos en el párrafo anterior, la emoción, tan querida de algunos gurús empresariales es mala consejera para tomar decisiones razonables. Debemos formar en la idea de los debates deben ser fríos y objetivos y basarse en datos. Pero esto es muy difícil de hacer. 

Una idea que alguna vez se me ha ocurrido es usar la emoción para eliminar la emoción. O dicho de otro modo, utilizar la emoción para conseguir transmitir ideas más objetivas. 

Por ejemplo, estoy un poco cansado de la llamada a arcadias que nunca existieron. «Qué bien que comían nuestros abuelos», «tenían salud», «el siglo XX ha sido un desastre», ... No me cabe la menor duda de que en el siglo XX hemos hecho barbaridades importantes, pero eso no debe llevarnos a olvidarnos de sus logros.
 
En cierta ocasión se me ocurrió hablar de que aunque los anestésicos, como el gas de la risa, empezaron a usarse en siglo XIX, realmente su difusión en los quirófanos es del siglo XX. Y les ponía una diapositiva mostrando el taller de un dentista sacando una muela ¡sin anestesia! 

Les hacía pensar en el dolor. La emoción creada era fuerte. 

Después les hablaba de que una vez operado, no había antibióticos y la panoplia de desinfectantes era tremendamente limitada. Les contaba que la mayor parte de los muertos en duelos no lo eran por el corte de la espada sino por las infecciones. 

Les hacía pensar en infecciones.

Esa carga emocional me servía para poner de manifiesto los grandes avances en medicina que ha producido el siglo XX. Una de las consecuencias de los avances en medicina ha sido el cambio climático. ¡Sorpresa! ¿Qué tienen que ver los avances en medicina con el cambio climático? La respuesta es sencilla: en 1900 había 1 700 millones de habitantes, hoy nos estamos acercando a los 7 000. Ello ha sido posible gracias a que la ciencia y la tecnología han proporcionado una vida media más larga, y han logrado que se produzcan alimentos para todos. Sin la Revolución Verde hoy la población del mundo sería la mitad. Sin los frigoríficos que permiten conservar alimentos y transportarlos de un lado a otro, la población sería mucho menor... 

7 000 millones de habitantes contaminan mucho. Incluso con tecnologías lo más limpias posibles. Es imposible, no hay recursos suficientes, para que todos los habitantes del planeta consumieran lo que una persona media de Europa. 

Y después la pregunta emotiva: ¿Y por qué ellos –los menos favorecidos– deben consumir menos que nosotros? 
 
La ciencia puede encontrar soluciones pero necesita tiempo y dinero.

Otro mensaje que intento transmitir es que la ciencia es capaz de encontrar soluciones a muchos de los problemas, pero la ciencia no es magia. La ciencia necesita tiempo y recursos. Y, sobre todo, la ciencia necesita que se la escuche, pero de eso hablaré en otro apartado. 

Recuerdo que en el año 2002 se hundió el petrolero Prestige en las costas gallegas y que yo fui allí con un equipo de kutxaEspacio para hacer un vídeo y hablar lo más objetivamente posible de lo que había ocurrido, sus consecuencias, si iba a influir en Guipúzcoa o no, y cuáles serían las soluciones. 

Recuerdo que hablando con un científico del Instituto Español de Oceanografía de Vigo se mostraba muy enfadado. Ahora los políticos quieren una solución inmediata. Me están llamando a todas para que hagamos algo. Y entonces dijo la frase con la que he encabezado este aparatado: No se dan cuenta de que la ciencia claro que puede buscar soluciones; pero la ciencia necesita tiempo y recursos. Ni lo puede hacer inmediatamente, ni lo puede hacer sin recursos. 

Así de simple. La ciencia puede estudiar el problema y puede apuntar soluciones, pero necesita tiempo y recursos y, por mi cuenta añado otra cosa: y necesita que se le haga caso. De nada sirve que haya un cierto consenso científico en que las pruebas que se exigen a los transgénicos –por poner un ejemplo– son suficientes si después los políticos los prohíben. 

Aquí nos encontramos con un problema de credibilidad. La ciencia ha perdido credibilidad. Y al hacerlo no solo ha perdido la ciencia, hemos perdido todos. 

He estado en debates televisivos donde me han dicho que los culpables de todos los males los tiene la ciencia y la tecnología, que son intrínsecamente malas. 

Lo malo no es que lo digan algunas personas; lo malo es que sea una creencia generalizada. 

Algunos grupos ecologistas están usando la ciencia del peor modo posible. Si los artículos dicen lo que los quieren oír, son buenos; si los artículos dicen lo contrario es que «están vendidos a las multinacionales», y quien dice a las multinacionales dice a «los poderes fácticos» sea eso lo que sea. 

Es el viejo truco del «cara gano yo, cruz pierdes tú». 

Soy de los que están convencidos de que la ciencia y la técnica pueden aportar soluciones, pero para ello se necesita tiempo, dinero y credibilidad. Dinero y credibilidad van de la mano. Si la ciencia tiene prestigio conseguirá dinero, sino no. 

Por eso me parece muy importante explicar lo que es la ciencia y cómo se llegan a los consensos científicos. Explicar que los científicos son como los demás humanos, con sus pasiones, sus filias y sus fobias. Y tenemos que lograr que allá alguna institución científica que tenga credibilidad para hablar del Medio Ambiente. 

Recientemente se ha celebrado el cuadragésimo aniversario de que los humanos pusiéramos un pie en la Luna. Y me ha puesto muy triste descubrir que hay un gran porcentaje de personas que creen que aquello fue un montaje. En mi encuesta particular entre mis conocidos llega casi al 50%. Me preocupa, no por el hecho en si de haber pisado o no la Luna; me preocupa porque por detrás lo que esconde es una desconfianza total en el sistema tecno-científico. Es algo así como afirmar que la ciencia es corrupta y persiguen fines inconfesables por definición. 

O cambiamos esa percepción u ocurrirán dos cosas. La primera es que no lograremos encontrar soluciones por falta de fondos o por falta de vocaciones científicas. La segunda es que aunque encontremos las soluciones no se aplicarán. 

E incluso hay un tercer problema, que se crean que la solución existe pero que hay una conspiración de silencio. De eso quiero hablar ahora. 

El secretismo oficial. Las teorías conspiranoicas.

Suelo usar el servicio del taxi muy a menudo y, además, tengo un pequeño grupo de taxistas que son los que me suelen llevar a todas partes. Recientemente, uno de los taxistas, que me conoce y sabe que me dedico a la divulgación y que me ha visto en la tele y oído por la radio, me preguntó sobre los coches de hidrógeno. Me explicó que ya había algunos taxis en Donosti[3] con él.

Le di mi opinión, que grosso modo es que a mi me gusta mucho más la idea de tener coches totalmente eléctricos. 

Seguimos hablando y entre los muchos que salieron uno de ellos fue el del famoso «coche del agua» y me dijo algo así como que en cuanto las petroleras quieran, sacaran el coche de agua, que ahora lo tienen retenido para evitar arruinarse al no vender petróleo. 

Una vez más, el que lo diga una persona no es demasiado preocupante. Lo preocupante es que hay un porcentaje no despreciable de la población que cree lo mismo. Cree en gobiernos secretos y en conspiraciones para sacarnos el dinero.
 
Lo peor de todo es que creen que la solución existe, pero que no la quieren sacar. Es decir, no se necesita dinero para investigación pues la solución ya existe y no queremos ser marionetas de los que nos mandan. 

La postura es tremendamente peligrosa, pues podemos paralizar toda la investigación. 

Es muy importante que eduquemos en que la ciencia se publica, incluso que vean que las patentes lo que hacen es publicar los descubrimientos. No solo protegen al autor de que otros copien sus ideas, también protege a la sociedad para que una buena idea no se pierda

Esto me lleva a otra reflexión. Temas intrascendentes y aparente inofensivos como que en un programa de televisión defiendan que los ovnis nos visitan, pero que «los gobiernos» nos lo ocultan, vuelve a tener importancia no porque crean en extraterrestres o no, sino por la desconfianza que introduce en el sistema.
 
Yo me pregunto: ¿Por qué querrían los gobiernos ocultar que vienen naves extraterrestres? 

Faltan modelos a seguir. Estimuladores de vocaciones.

Habitualmente el cine y la televisión muestran al científico como un friki retraído, con gafas, solitario y al que le va mal con las relaciones sociales y mucho peor en los amoríos.
 
Esa es una imagen tremendamente negativa que hace que los jóvenes ni siquiera piensen en una carrera de ciencias. 

Creo que es nuestra obligación cambiar esa imagen. Mostrar al científico como una persona normal, con relaciones normales y amores normales. 

En ese sentido, recientemente, en un colegio, el profesor, amigo mío, llevó a un joven investigador, de los de éxito, que trabaja en un centro investigador en Alemania, para que contase a su clase lo que era un científico. Fue a dar su charla en un coche potente, es joven, bien parecido, sin gafas, simpático, y al salir vino a recogerle su esposa que es una mujer muy guapa. Me decía el profesor que, al margen de lo que dijo, que lo hizo muy bien, lo más positivo había sido que los alumnos vieron que era una persona de éxito, que conducía un coche potente y que tenía una mujer guapa. 
Por supuesto, que si hubiera sido una mujer científico, la situación paralela hubiera sido igual de válida.
 
Pienso que organizar charlas y conferencias con jóvenes investigadores de éxito es una de las mejores formas de eliminar la imagen negativa del investigador y conseguir vocaciones para el Medio Ambiente. 

En vez de dar un pez, enseñar a pescar.

Presentar las herramientas para pensar críticamente. 

A pesar de las dificultades, podemos tratar de hacer una lista de lo que tiene alguna base en los temas del Medio Ambiente y de lo que no la tiene. Pero con eso lograríamos que los alumnos (visitantes) supieran lo que hoy se basa en pruebas, pero no lograríamos nada respecto a las nuevas pseudociencias medioambientales que surgen día a día. 

Hacer la lista sería equivalente a darles un pez, cuando lo que de verdad necesitan es que les enseñemos a pescar. Dotarles de unas herramientas que les permitan diferenciar la ciencia de la pseudociencia. 

Hacer un examen detallado de las herramientas para pensar críticamente se sale del objetivo de este trabajo; simplemente quiero dar unas pinceladas. 

[]1. ¿Quién hace la afirmación? ¿Dónde se ha publicado? ¿Es una revista con arbitraje?*] No creo que haga falta incidir en lo que esto significa, pero sí quiero destacar el hecho de que la mayor parte de las veces los medios se dirigen a asociaciones ecologistas muy populares. Debemos dejar claro que esas asociaciones muchas veces no son nada más que fanáticos carentes de toda base científica. Hay que insistir en lo ya dicho, la ciencia –las pruebas– no son lo que diga un científico; es necesario la publicación en revistas con arbitraje, son necesarias las réplicas y son necesarias las experiencias de falsación o de validación. Lo demás son palabrería. Y quizá no estuviera de más destacar el hecho de que muchas asociaciones ecologistas, con la mejor voluntad del mundo, caen en la idea básica del fascismo, que el fin justifica los medios. «No dejo salir un tren con residuos nucleares porque yo creo (es mi verdad) que son malos para el medio ambiente». Creo que hay dejar muy claro que una cosa son las manifestaciones legales para defender una idea y otra absolutamente distinta saltarse la ley porque estamos en posesión de la verdad y «lo que hacemos es justo».

[]2. Pensamiento anacrónico.*] Uno de los rasgos de las pseudociencias es el pensamiento anacrónico. Una de las manifestaciones más claras es la de lo «natural». Es asociar lo «natural» a «bueno». Es bastante obvio que natural, lo que se dice natural prácticamente no queda nada. El ser humano ha modificado todo. Para empezar todo lo que comemos es el producto de selección artificial. La agricultura fue esencialmente una selección de las mejores semillas. Hablar de lo natural como lo bueno, o de agriculturas antiguas —dándoles un nombre nuevo— como las deseables es un pensamiento anacrónico.

3. Justificación por coleccionismo. No se buscan las ideas profundas que justifican un pensamiento, simplemente se coleccionan ejemplos. Es obvio, que yo puedo coleccionar ejemplos de lo que quiera: que las centrales nucleares son excelentes o que son el diablo.

4. Hipótesis irrefutables. Si las hipótesis que se nos plantean son irrefutables, es decir, no hay ninguna experiencia capaz de rechazarlas, estamos ante un caso de fe sin pruebas. En nuestro caso el temor a los transgénicos no tiene ninguna prueba. Es miedo irracional. Irrefutable.

5. La pseudociencia no envejece. Pasan los años y lo que se dice es lo mismo. No hay un ápice de cambio. Eso nos debe hacer sospechar de que estamos ante una creencia sin pruebas. La ciencia de verdad evoluciona.

6. Pensamiento anacrónico. Ideas antiguas. Por ejemplo, gran parte de las ideas de lo buena que es la naturaleza no son nada más que religiones animistas recicladas. Por ejemplo, cuando se habla de lo malo que son los transgénicos se olvidan de que la naturaleza ha estado haciendo transgénesis durante toda la evolución. Hoy sabemos que el trasvase horizontal de genes entre especies (muchas veces por infecciones de retrovirus) son lo habitual y no la excepción4.

7. Justificación en teorías conspiranoicas. «Las multinacionales ocultan el motor de agua». «Las multinacionales saben que es malo pero lo único que quieren es ganar dinero».

8. ..
 
La paradoja de Jevons.

Extraigo la definición de la Wikipedia: «La paradoja de Jevons, denominada así por su descubridor, William Stanley Jevons, afirma que a medida que el perfeccionamiento tecnológico aumenta la eficiencia con la que se usa un recurso, lo más probable es que aumente el consumo de dicho recurso, antes que disminuya. Concretamente, la paradoja de Jevons implica que la introducción de tecnologías con mayor eficiencia energética pueden, a la postre, aumentar el consumo total de energía». 

Esta paradoja es terrorífica pues lo que nos está diciendo es que los esfuerzos por disminuir el consumo energético se va a traducir en un aumento del mismo. 

Le he dado mil vueltas a esta paradoja, par ver como podemos librarnos de ella y la verdad es que cuanto más pienso en ella más correcta y terrorífica me parece; pues en el fondo lo que está diciendo es que el problema energético no tiene como solución una mejora de las tecnologías, lo que nos lleva a pensar que la única solución es un cambio de modelo social; pero ¿quién le pone el cascabel al gato? 

Observaciones finales
 
Nuestro museo no está dedicado al Medio Ambiente como tal, pero como una institución dedicada a la divulgación de la ciencia, ese tema siempre ha estado muy presente. 

Por ejemplo, tuvimos unos experimentos relacionados con el ciclo del agua y la necesidad de aprovecharla; bombillas de bajo consumo, ... En estos momentos tenemos uno relacionado con las células de combustible. Hemos tenido exposiciones temporales sobre el agua y su ahorro. Además, estamos realizando una nueva exposición permanente dedicada a la energía y Medio Ambiente. 

Por otra parte, un museo interactivo de la ciencia es mucho más que un lugar con un montón de «módulos interactivos», también forman parte del mismo la divulgación en los medios –radio, televisión, prensa y blogs– y con cursos de verano, conferencias, talleres, charlas y tertulias científicas. Nuestra actividad ha sido muy intensa en todas esas formas de comunicarnos con el público y en todos hemos dedicado parte de nuestro tiempo a explicar los avances de lo que era bueno para el Medio Ambiente y en concienciar de que hay que cuidar el planeta e ir hacia una economía más sostenible.
 
Nuestras intervenciones en los medios, con temas de divulgación, han superado las quinientas intervenciones/año y en ellas un 10% aproximadamente estaban dedicados a temas energéticos y de Medio Ambiente. 

Hemos colaborado habitualmente en Radio Nacional (RN1 y RN5), Onda Cero (cadena nacional y Euskadi), Radio Popular de San Sebastián, Radio Vitoria, Radio Donosti, Diario Vasco, Teledonosti, Localia, Hogar Útil, Canal 6 Navarra, ETB, Heraldo de Aragón, blog Diario Vasco, página web Elhuyar... 

Bibliografía 

La teoría de Hubbert sobre el pico del petróleo. http://es.wikipedia.org/wiki/Asociaci%C3%B3n_para_el_Estudio_del_Pico_del_Petr%C3%B3leo_y_del_Gas
Lozano Leyva, Manuel. Nucleares, ¿por qué no?.Editorial Debate. Barcelona 2009
Goleman, Daniel. La inteligencia emocional. Kairos. 1996
http://es.wikipedia.org/wiki/Teoría_del_pico_de_Hubbert
http://www.crisisenergetica.org/article.php?story=20080123084041120&query=2005
http://www.crisisenergetica.org/ficheros/boletin_ASPO_junio_2008.pdf  

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