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Sensaciones antiguas. Diario de vacaciones 2 2006-10-01




Ayer estaba en un supermercado y quise comprar una botella de Vermouth, o como se dice ahora, de vermú.
Había varias marcas. La de siempre (¿hace falta que les diga cuál es?). Pero la verdad es que a mi ese sabor me resulta muy dulzón. Quise probar otra cosa. Al lado había una botella, dicho sea de paso de las más baratas, con una etiqueta muy simple, con cierto aire retro. La compré. Hoy la he abierto y al probarla su sabor me ha llevado a tiempos antiguos.
Yo vivía en un pueblo al norte de León, a gran altura sobre el nivel del mar. A veces nos íbamos a la tienda del pueblo—sí, sí, no me he confundido: a la única tienda del pueblo—y comprábamos chucherías. Algunas veces—las menos—mi abuela me daba una peseta y con ella comprábamos un cuchurucho de aceitunas. El tendero hacía un cucurucho con papel de estraza y lo llenaba con aceitunas que sacaba de un gran barril de aceitunas con una cazo lleno de agujeros.
Durante mucho tiempo he buscado ese sabor y no lo he encontrado; he logrado comprar algo parecido, pero no aquel sabor. Y, atención, amigo lector, no estoy diciendo que ese sabor fuera maravilloso; tal vez fuera mucho peor que las actuales aceitunas gordas y lustrosas; pero yo buscaba no el mejor sabor sino aquel sabor.
A veces, muchas menos que la de la peseta con el cucurucho de aceitunas, mi abuelo, con otros señores iba a la tienda del pueblo y pedía un vermú y a pesar de que yo era menor de edad, me dejaba probarlo. En aquellos tiempos la idea de que a los niños de alcohol ni una gota, no formaba parte de las costumbres sociales. Yo probé—un simple traguito—aquel vermouth de grifo; probablemente de ínfima calidad. De ínfima calidad, pero era el sabor que yo buscaba.
Hoy, he abierto la botella barata de vermouth, de etiqueta retro, y me he echado un culito, como si todavía fuera aquel niño de un pueblo de León perdido en los montes. Y su sabor, sin ser idéntico, me ha recordado enormemente aquel viejo sabor, aquel añorado sabor, que me traía recuerdos de mi abuelo, de mi abuela, de mis padres, de un puente de troncos de madera que cruzaba el río, lleno de agujeros por los que se veía la corriente, de que al cruzarlo tarareaba la tabla de multiplicar: ocho por dos dieciséis, ocho por tres veinticuatro... Y he recordado mi vieja mi bicicleta, las huellas que todavía tengo en mi rodilla de aquella vez que me caí, con bicicleta y todo, sobre un alambre de espinos...
Y de repente me ha venido otro sabor a mi recuerdo; el sabor de las manzanas verdes que cogíamos de los árboles. Eran manzanas pequeñas y demasiado verdes; pero a mi me gustaba su acidez. Ese viejo sabor sabor lo recuperé hace años en el supermercado; se parecía mucho a las manzanas de la abuelita Smith, es decir la Grany Smith.

Hoy, a eso de las diez de la mañana, estaba en la playa, mirando al mar... Hacía calor, pero no demasiado: el viento estaba tranquilo; de repente, una ráfaga ha soplado y ha hecho moverse las ramas de los árboles... Me ha sonado a otoño. Incluso mi lengua ha recuperado un trozo del sabor de los viejos otoños. La brisa, pero sobre todo el sonido, olían a otoño.
A viejos otoños, llenos de gatos y de remolinos de polvo. Yo estaba sentado, con el culo en el suelo y la espalda en una pared encalada. Estaba mirando al sur y el sol me daba de frente. Tenía a mi gato Cenit encima de mi regazo. El sol me estaba adormeciendo. Entonces, hubo una brisa con olor a otoño, y en una esquina se formó un remolino de polvo. Un tornado en miniatura. Chiuuuuuuuuu. Un tornado en miniatura.
Me adormecí.
Olía a otoño.

Ahora, en la calle sólo hay sonidos lejanos; una pájaro canta, un perro ladra, pero es tan lejos que su voz llega suave, como una música de otoño.

Incluso el ruido de los coches, es extremadamente lejano; extremadamente otoñal.

Miro el termómetro, 26 grados. Todavía es verano; pero ya huele a otoño.

Una tarde de otoño, mi madre, y sus vecinas estaban sentadas a la puerta de nuestra casa; estaban charlando de sus cosas; pero sobre todo estaban huyendo del calor del interior de las casas. A las ocho de la noche, la habitaciones estaban recalentadas. Se estaba mucho mejor en la calle.
Un algo, tal vez un autillo, cantaba como un sapo encelado.

Cuidado que hay ropa tendida y las señoras cambiaron de tema de conversación. ¿Por qué, me pregunté, nos llaman ropa tendida? Cada vez que nos acercábamos, decían lo de hay ropa tendida.
Yo me imaginaba en la cuerda de tender, cogido por los hombros por una enorme pinza. Colgado como un trapo.

Colgado como un trapo. Cuando se secaba, a veces olía a Sol. Es un olor curioso. No soy capaz de definirlo. Sólo sé que cuando las sábanas se secaban en la cuerda que tendíamos en el prado, cuando llegaban a casa, olían a Sol.
El Sol tiene un olor agradable, mezcla de hierba y... y... ¿cómo lo diría yo?... Ya sé: y rayos de sol. Mezcla de hierba y rayos de Sol.

A veces, sobre todo en invierno, me gustaba comer rayos de sol. Miraba hacia el sol con los ojos cerrados. El calor en la cara me hacía sentirme bien. Abría la boca, y dejaba que los rayos entraran en ella. Luego la cerraba y los saboreaba. Los rayos de sol saben bien. Saben a invierno.

Recuerdo un invierno que las sábanas se congelaron en la cuerda. Al ir a cogerlas estaban totalmente rígidas. No obstante, había que llevarlas a casa y las llevamos. Al descolgarlas olían a hielo. Y al llevarlas a casa, y empezar a descongelarse, olían a invierno. A un invierno largo, en los que los chicos jugábamos en la nieve, y nos tirábamos bolas, y hacíamos muñecos, y tirábamos los gatos a la nieve cogiéndolos por el rabo y haciéndolos girar como si fueran una honda....
¡¡Miaaaaaaauu!
Los gatos caían en la nieve, pero apenas se hundían. Y los tirásemos como los tirásemos siempre caían de pié. ¡Malditos queridos gatos! ¡Siempre caían de pié!

Hay ropa tendida. Dicen que en la cueva de Peñacambrones hay una cabra de oro macizo dejada por los árabes.

Yo soñaba en entrar en la cueva y buscar la cabra. Me ilusionaba más la búsqueda que el encontrar la cabra.
Un día de primavera, junto con mi primo Rafa y mi prima Maritrueno—se llamaba Mariluz, pero nosotros la llamábamos Maritrueo, y ella se lo tomaba bien—, nos fuimos con nuestras bicicletas y unas velas a la cueva de Peñacambrones. Y empezamos a entrar en ella. Unos murciélagos salieron despavoridos. Y a nosotros nos asustaron; pero seguimos penetrando. Nos adentramos una enorme distancia—al menos veinte metros—y luego nos dio miedo y nos fuimos. Con el extraño y amargo sabor de no haber encontrado la cabra.
Después me hice espeleólogo y participé en el descubrimiento del yacimiento prehistórico de Segóbriga, y en la topografía de Sacecorvo, y fui una de las primeras personas que entró en la cueva de Peñalva... y fui uno de los que hicimos la topografía de las Médulas... Pero cada vez que entraba, siempre soñaba en una cabra de oro árabe.

Nunca encontré la cabra; pero en cierta ocasión, topografiando una cueva en Pedraza (Segovia), encontré la asincronía árabe... tiempos que se mezclan... tiempos que fluyen... tiempos que saben a tiempo.

El río Duratón tiene un nombre sonoro, que sabe a Egipto: Atón el Duradero ¿o era Atón el duro?
Eran las siete de la mañana. Yo estaba sentado al borde de los farallones del río Duratón. Estaba en las viejas ruinas de un templo de anacoretas. Debajo, el río Duratón corría con suavidad, sin estridencias. Un cuervo gritaba. Todo era soledad, con sabor a otoño. El Sol me daba en la cara, y los rayos entraban en mi boca, con sabor a otoño. Los sonidos eran suaves, apagados, con sabor a otoño.

Los anacoretas bajaban de su convento para coger agua del río. Bajaban en silencio. Ordenadamente. Sin decir mi una palabra. Tal vez las ensoñaciones no suenen.
Bajaban con sus cubos; cogían agua; subían; volvían a bajar... un pájaro gritaba, pero yo sólo veía que abría el pico... no había sonido, salvo el de las alas.
Entonces, a lo lejos, empezó a sonar un canto gregoriano. Los monjes andaban, se acercaban, cantaban al alba...

Al alba, al alba, al alba

Los monjes se transformaron en sacerdotes de Atón.

Los fieles con turbante llevaban una cabra de oro y se dirigían a la cueva de los siete altares.
Siete altares. ¿A qué siete dioses estaban dedicados los altares? ¿A qué siete sacerdotisas? ¿A qué siete frailes? ¿A qué siete sabios? ¿A qué siete maravillas del mundo?
Siete altares.
Siete cabras.


Olía otoño, olía a invierno, olía a otoño... yo sólo tenía siete años. ¿O eran diecisiete? ¿O eran 70?
La cabra de oro saltaba del altar, me tiraba al suelo y con lengua áspera me lamía cara.
La segunda cabra saltaba encima de mi hombro; sí, nos os sorprendáis, era una cabra enana, una cabra de angora o de Ankara.
Y el gato de angora soltaba sus pelos en todos los sofás de la casa. El gato de angora había destrozado todas las tapicerías cuando se afilaba sus uñas en el cuero. El gato de angora tenía una lana excelente, como las alpacas de Perú.

¿Por qué nunca he visto un jersey de gato de angora?

Estábamos en la postguerra y pasábamos hambre. El gato comía, aunque normalmente era él el que se encargaba de su propio sustento.
Pasábamos hambre.

Una noche mi abuelo dijo: este conejo estaba muy rico; ¿de dónde lo habéis sacado? Y mi abuela contesto: miaaauuuu. Nuestro gato de angora, mi gato de angora, nunca volvió a aparecer; nunca volvió a dejar sus pelos por encima de los sofás; nunca volvió a arañar la tapicería de las sillas...

Un día, cerca de Navidad, tuvimos una gran fiesta. Mi tío había atropellado una liebre—ah, no os lo he dicho, mi tío conducía un camión de los de la obra, de los que estaban haciendo el pantano--, y la traía a casa. Los mayores la guisaron y nos la comimos. Hablaron no-sé-qué de que la liebres crecían en los cementerios comiendo los cadáveres. Eran supersticiones de pueblo; pero la liebre estaba buena. Es otro de mis sabores perdidos; desde entonces nunca he vuelto a comer liebre. ¿Ya no hay liebres? ¿La he visto en la carta pero esa imagen de un animal comiendo cadáveres no he podido superarla, aunque no sea consciente de ello? ¿Qui lo ça?

Entonces me dijeron que la diferencia entre el gato y el conejo estaba en los huesos de las extremidades. Las del gato eran menos sólidas, tenían más hueco en el interior,... ¿O era al revés? La verdad es que no me acuerdo, pero sí sé que los mayores sabían diferenciar los huesos de gato de los huesos de conejo, incluso en el plato, después de estofado.

Ahora como bastante conejo; tiene poco colesterol y el mío está por las nubes.

Y me enteré de que los auténticos conaiseurs preferían la carne de gato a la de conejo.

Mi madre cazó un lagarto; era muy grande. Lo guisaron con salsa, como si fuera pechuga de pollo. Yo no quise probarlo; me daba un cierto repelús la idea de comer un reptil. Mi madre y mi abuela se lo comieron y dijeron que se parecía mucho al pollo. No sé si será verdad; aunque sí sé que la carne de rana, tiene un cierto aire de familia.

A los niños no nos dejaban cruzar más allá del puente del canal pues hay culebras que pueden picaros. La verdad es que una vez, que acompañaba a mi abuela y a mi madre a por leña al montecillo, vi una serpiente; me quedé paralizado. Lo soñé varias veces. Una serpiente se me acercaba y yo me quedaba paralizado; no podía ni correr, ni gritar. Simplemente me quedaba allí quieto mirando a la serpiente. Seguro que los freudianos le dan una interpretación sexual. La serpiente es la imagen de la madre... o la del padre... o... La verdad es que no creo en el psicoanálisis y para mí está muy claro que simplemente recordaba el terror que me produjo encontrarme frente a frente con una culebra, que, probablemente, estaba más asustada que yo.

Mi madre, que era la lanzada, cogió un palo y mató a la serpiente. Aquella noche, de cena, mi abuelo y mi padre, comieron una cosa alargada, de carne blanca, muy blanda, de un aspecto muy suculento; pero que recordaba enormemente a trozos de serpiente. Una anguila Hoy el pescatero ha traído de León anguilas.

Anguilas, serpientes, congrios, angulas...

A mi abuela no le gustaba guisar. A mi no me gustaban las alubias. Y ella, nunca me las hacía. Yo prefería estar en casa e mi abuela que en la de mis padres. En mi casa me hacían comer lo que no me gustaba. Mi abuela, sólo me daba lo que gustaba: tostada de pan de centeno con aceite de oliva y un poco de azúcar, sopa de cocido,... pero nunca me daba judías.

Un día, mi abuela guisó para mi abuelo unas estupendas alubias pintas con chorizo, tocino y oreja de cerdo. Un extraordinario. Pero se confundió de bote y en vez de echarle sal, le echó azúcar. Mi abuelo se lo comió sin decir nada. Mi abuela, que se había dado cuenta muy tarde, le miraba con curiosidad. ¿Se comerá las alubias con azúcar? ¿Me dirá algo?

Mi abuelo se las comió.

¿Qué te han parecido las alubias?
Muy ricas. Y eran muy dulces.

Mi abuelo murió hace treinta años, y mi abuela sigue enamorada de él.

Llovía. Las gotas chocaban contra los cristales. Yo seguía los surcos que formaban. A veces iban hacia la derecha, otras veces iban hacia la izquierda. Cuando soplaba el viento todas iban en su dirección.

Los cristales se empañaban. En la cocina quemábamos carbón. Era caro, pero era necesario en el duro invierno.

Hubo una enorme nevada. La nieve llegaba a mitad de la puerta. Los mayores hicieron un camino que iba desde casa hasta el corral de los conejos y de las gallinas y hasta la cochiquera de los cerdos. Quitaban la nieve del centro y la echaban a los lados del camino. Yo ayudaba con mi propia pala. Aquel camino era terrorífico, era como un inmenso túnel; más alto que yo... pero era muy luminoso. Todo era blanco. Incluso la atmósfera era blanquecina.

Recuerdo que di de comer a los conejos. Teníamos hierba almacenada. Los conejos huelen a conejo, a alfalfa machacada y a pis.

Mi padre nos sacó una foto a mi y a mi primo Rafa cada uno con un conejo en los brazos. Estábamos en una cueva de carámbanos que se habían hecho más allá del puente del canal. En la zona prohibida; la verdad es que la cueva la habíamos descubierto traspasando la frontera prohibida; pero cuando les dijimos que había una preciosa cueva toda de carámbanos; mi padre cogió la máquina y nos llevó a la cueva. Nos sacó la foto. Y todavía la tengo. Mi primo Rafa, los conejos, los carámbanos,...

Los carámbanos me fascinaban. Me acostaba y a la mañana siguiente todo el tejado de la casa estaba rodeado de carámbanos; tal vez de medio metro de longitud.
Muchas veces los arranqué y los chupé. Sabían a invierno.

¿Cómo se formaban los carámbanos? ¿Por qué? Lo descubrí cuarenta años más tarde en un libro de Perelman.

Eran carámbanos transparentes, muy limpios, con sabor a sol y a invierno. Con olor a invierno. Con calor de invierno.

¿Se podría hacer una lupa con un carámbano? Mi padre me había regalado una lente biconvexa y con ella hacía fuego. Cogía hierba seca, apuntaba el foco de la lente, y la hierba ardía. El carámbano era un cilindro, ¿también concentraría la luz del sol? Lo intenté varias veces, pero fue inútil. Nunca lo conseguí. Pero se me pusieron las manos frías y después me salieron sabañones.

Los sabañones saben a invierno, pero huelen a picor. No me gustan.

Calentaba mis manos en el fuego. Un día cogí los huevos de la clueca y me los llevé a casa. Los tuve cerca del horno durante muchos días. Una vez vi que un huevo se movía. Al día siguiente, algo golpeaba la cáscara por dentro. Muy pronto salió un pollito. Y poco después, de otro huevo, salía otro. Eran birriosos; totalmente mojados, daban pena los pobres. Se quedaron quietos en un rincón hasta secarse. Entonces sus plumas se inflaron y las cosas delgadas y esmirriadas, se transformaron en dos bolas de plumas amarillas. Dos bolas que gritaban, y que comían los granos que les daba. Los llevé al gallinero y allí crecieron con los demás.
¡Qué curioso! Los pollos recién nacidos huelen a birria... y pocas horas después huelen a alegría, a juventud, a vida.

Enviado por flexarorion a las 16:32 | 3 Comentarios | Enlace


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Comentarios

1
De: Anónimo Fecha: 2006-10-02 23:38

Gracias por compartir esos hermosos recuerdos. Estuve ahí y sentí lo mismo que ese niño, y me hizo rememorar mis propios e intensos recuerdos de niñez.



2
De: Anónimo Fecha: 2006-10-03 09:33

Me ha gustado mucho tu relato.

Gracias.



3
De: naturopata Fecha: 2006-10-04 18:28

El pueblo, las meriendas de pan mojado en vino y azucar, las vacas sucias y los cerdos limpios (su cochiquera está más limpia que el establo), el noble perro, los huraños gatos, la perdiz con piojos en las orejas...

Me encanta tu blog, y esto ha sido una agradable sorpresa.



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