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En los transatlánticos iban señoritas que enseñaban las telas y los diseños a las clientes. Tomaban medidas, las transmitían por «telegrafía sin hilos» y cuando llegaban a destino los vestidos están ya hechos y dispuestos para su uso.
No cabe duda de que toda nueva tecnología induce un montón de nuevas ideas. Repasando las revistas de 1910, para ver qué se hacía hace un siglo, me he encontrado con una noticia que me ha parecido muy ingeniosa.
Un modista de Londres, cuyo nombre no he logrado averiguar, llegó a un acuerdo con varias compañías navieras para que en los barcos transatlánticos fueran señoritas que enseñaran las telas y los diseños a las posibles clientes. Si éstas estaban de acuerdo, se tomaban todas las medidas necesarias para la realización del traje y al llegar a su destino tenían las prendas esperándolas en su hotel. Supongo que de ese modo podrían ir con menos equipaje.
Una curiosa utilización práctica de tal sistema ocurrió en mayo de 1910. Varias pasajeras inglesas embarcaron con tumbo a Nueva York. La muerte de Eduardo VII de Inglaterra ocurrió el 6 de mayo de 1910 cuando ellas estaban en alta mar. Hablaron con las señoritas del modista, eligieron telas negras, y al llegar a Nueva York tenían sus vestidos de luto listos para usar.
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