Ciencia 15

Comentarios intrascendentes a noticias científicas y técnicas de los últimos quince días (más o menos)
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UNA PALABRA VALE MÁS QUE MIL IMÁGENES 2015-02-27

Sigo buceando entre mis escritos antiguos. Lamentablemente algunos son irrecuperables, pues los escribí en procesadores de textos que usaban el código EBCDIC y entre conversión y conversión se ha perdido el contenido.

Acabo de encontrar este texto publicado en el boletín Tempus Legi de 1994 aproximadamente

Autor: F. Ares

No, no habéis leído mal, ni me he equi­vocado. Lo habitual es decir que una imagen vale más que mil palabras, y tal vez sea cierto. Pero en este momento he querido resaltar que también es verdad que una palabra vale más que mil imá­genes.

Pensad un momento en la palabra sinceridad. ¿Os atrevéis a hacer una, varias o incluso mil imágenes que sean capaces de explicar lo que es la sinceri­dad? El problema no es trivial. Para ayudaros os voy a contar una historia. Hace unos pocos miles de años, en el Lacio, vivían unas tribus que hablaban una lengua que era incapaz de expresar las cualidades abstractas, por ejemplo: sinceridad. Sin embargo sabían que en unos pueblos que estaban relativamente cercanos, a la otra orilla del mar Tirre­no, hablaban un idioma mucho más rico y capaz. Aquel idioma era el griego. Los habitantes del Lacio aprendieron que con palabras se podían expresar ideas muy complejas; aprendieron el concepto de sinceridad y quisieron ex­presarlo con sus palabras. Ellos eran simples campesinos, que sabían muy poco de grandes ideas y sutilezas lin­güísticas. Lo que si sabían, era que al recoger la miel de las colmenas si ésta tenía cera era blancuzca y semi-sólida; en cambio, si la recolectaban sin cera la miel era pura, transparente y líquida, una delicia de los dioses. La mejor miel era la miel sincera. De los griegos aprendieron a generalizar, y así inventa­ron que una frase limpia y pura, sin mentira, era una frase sincera. Un hom­bre que siempre decía la verdad era, por tanto, un hombre sincero. Y a la cuali­dad abstracta que implicaba no estar contaminado por la mentira la llamaron sinceridad.
¿Ahora, os atreveríais a hacer unos cuantos dibujos que significasen since­ridad? Por ejemplo, podríamos dibujar una historieta en la que un apicultor re­cogiera su miel y comprobase que era una miel sin cera. ¿Sería esa viñeta la sinceridad? Obviamente no. La sinceri­dad es mucho más. Es un concepto con un contenido semántico muy amplio y muy rico. La sinceridad es imposible expresarla con dibujos. Es una de esas palabras que valen más que mil imáge­nes.

Me atrevo a llamaros la atención so­bre varios aspectos de esta historia. El primero es que los latinos, que más tarde formaron el Imperio Romano, in­novaron. El segundo aspecto es que la innovación tuvo lugar paso a paso, no fue revolucionaria sino evolucionaria. Ellos podrían haber comprendido el concepto griego y darle un nombre to­talmente nuevo; pero no lo hicieron así, generalizaron algo que ya sabían.

El tercer aspecto, quizá el más im­portante, es que no tuvieron reparos en admitir que los griegos estaban más avanzados y en copiarles.

Cada día estamos en un entorno más competitivo en el que las empresas o evolucionan o mueren. En este momen­to la innovación es una necesidad. A mi me gustaría que este humilde boletín contribuyera de algún modo a ayu­darnos a innovar. Me gustaría llevar a vuestro ánimo que la innovación es cosa de todos. Inventar un nuevo producto supersofisticado para los clientes es in­novación, pero también lo es el truco que tu has descubierto para hacer tu tra­bajo más rápido o de más calidad. No hay innovación humilde, todas son im­portantes.

Pasar de sincera a sinceridad parece un pequeño paso, sin embrago repre­senta un avance decisivo sobre el len­guaje anterior. A partir de ese momento el Latín fue capaz de expresar ideas abstractas. No hay pasos pequeños, to­dos son importantes.

¿Qué hubiera ocurrido si a aquel sencillo apicultor al que se le ocurrió la idea de usar la palabra sin-cer[a]-idad la hubiera considerado indigna de decírsela a los demás? ¿Hubiera sido el Latín como fue? ¿Las lenguas romances hubieran sido como son? ¿La civiliza­ción occidental hubiera sido como es?

No hay innovaciones humildes.

Estaría encantado de que este modes­to boletín pudiera contribuir de algún modo a dar a conocer vuestras innova­ciones. No importa que sean revolucio­narias o evolucionarias. No importa que tengan su origen en otros sitios (los la­tinos copiaron de los griegos). No im­porta que parezcan humildes o preten­ciosas.

Por favor, si tienes alguna idea que pueda ayudarnos a todos a trabajar me­jor, haz que llegue hasta nosotros, se la daremos a conocer a tus compañeros.

Sé que algunos de vosotros no se atreven por que creen que no son capa­ces de expresar por escrito sus ideas a los demás. No os preocupéis; no hace falta ser Cervantes para escribir en este humilde boletín. Además, el equipo de redacción se ofrece a darle forma a tus ideas. O, si lo prefieres, la daremos a conocer de forma anónima.

De verdad, envíanos esa idea que tienes para que nuestro trabajo esté mejor hecho.

Te esperamos.

Un abrazo

Enviado por flexarorion a las 06:54 | 0 Comentarios | Enlace


Cuando el PC es el único camino 2015-02-23

[Publicado en el boletín Tempus Legi en 1994. Autor Félix Ares]

Cada mañana en África una gacela se despierta


Cada mañana en África una gacela se despierta
Sabe que tiene que correr más rápida que el más rápido león,
O será muerta.

Cada mañana en África, un león se despierta.
Sabe que debe correr más deprisa que la más lenta de las gacelas
O morirá de inanición.

No importa que seas león o gacela
¡Cuando el Sol se levanta por la mañana
Lo mejor que puedes hacer es correr!


Este poema fue escrito con un PC. No podría haberse escrito de ninguna otra forma. Lo escribió un hombre en la cama, haciendo parpadear sus ojos. Su nombre era Ed, y se estaba muriendo de Esclerosis Amiotrópica Lateral, también conocida como Enfermedad de Lou Gehrig. Estaba prisionero en su cuerpo; sus sentidos, memoria y capacidad mental estaban intactos, pero era incapaz del menor movimiento o de hacer el menor sonido. Tan sólo podía parpadear: abrir y cerrar los ojos.

Fue así, parpadeando, como escribió este poema. La pantalla del Computador Personal le iba mostrando letras, cuando llegaba a la que él quería, cerraba los ojos. Un sensor de infrarrojos instalado en su frente detectaba el movimiento y se lo transmitía al PC. Así, letra a letra, verso a verso fue parpadeando este poema.

A veces, el PC no es sólo una ayuda. A veces es el único camino.



F.A.

Enviado por flexarorion a las 21:23 | 0 Comentarios | Enlace


Fuego de más de 5 500 años 2015-02-23


Publicado en Diario Vasco. Big Bang el 4 de febrero de 2015

Prof. Dr. Félix Ares

En Australia la «Burning Mountain» lleva ardiendo más de cinco mil años

Cuando una mina de carbón se incendia y empieza a arder es muy difícil, por no decir imposible, que se apague. Arde y arde y arde hasta que el combustible se agota. Dependiendo del tamaño de la mina, el que el carbón se agote puede llevar miles de años. Se quema carbón, se produce dióxido de carbono, que contribuye al calentamiento global, y se emiten a la atmósfera elementos venenosos que normalmente hacen que los habitantes tengan que huir de sus alrededores.

Un ejemplo muy conocido es el pueblo de Centralia, en Pennsylvania, Estados Unidos. Está construido encima de una mina de carbón, que se explotaba desde mediados del siglo XIX. Una galería abandonada comenzó a usarse como basurero y en 1962 hubo un incendio que logró que una de las vetas de carbón comenzara a arder. El fuego se hizo imparable, poco a poco fue llegando a las casas del pueblo. Empezaron a emanar gases venenosos y el pueblo tuvo que ser abandonado. Hoy el fuego continúa.

En China había una mina ardiendo muy famosa, la de Rujigou, en la región de Ningxia en el norte de China. Por una discusión con el capataz, los mineros incendiaron la mina en el siglo XIX. Durante 180 años han ardido treinta millones de toneladas de carbón. De vez en cuando se intentaba su extinción pero nunca se logró, hasta el año 2007. Con un plan muy complejo que ha durado siete años, los bomberos han logrado apagarlo. Los gases que desprende son tan tóxicos que cada bombero no podía trabajar cerca del incendio más de diez minutos. Pero, por fin, se ha apagado.

Incendios de este tipo se han dado de vez en cuando en todos los continentes donde hay minas de carbón. Una de las más conocidas, en nuestra Europa, es la «Brennender Berg» en Alemania, que empezó a arder en 1688 y hoy sigue haciéndolo. El nombre alemán, traducido, significa «Montaña en llamas».

Australia es un continente exótico donde hay cosas muy especiales y otras más normales, pero proporciones gigantescas. También en las minas ardiendo Australia tiene un importante récord. Se trata de la «Burning Mountain» --Montaña Ardiente--, a 224 km al norte de Sydney. Las imágenes son impresionantes, una montaña que arde. Una montaña cuya luz se ve desde kilómetros de distancia. Pero ese no es el récord. Lo es que lleva ardiendo más de 5 500 años. Casi 6 000 años. Los primeros europeos en verlo, pensaron que el humo era volcánico. No fue hasta 1829 que el geólogo Wilton identificó el humo como procedente de carbón ardiendo. Seis mil años ardiendo.

Enviado por flexarorion a las 06:55 | 0 Comentarios | Enlace


Radio y astronomía. Mucho más allá de la radioastronomía 2015-02-22

Radio y astronomía
Mucho más allá de la radioastronomía

Prof- Dr. Félix Ares

Escrito para la revista de la asociación de radioaficionados de Donostia San Sebastián "SS DX group" en 1994. Inicialmente se escribió en un Mac y posteriormente se convirtió a Windows. En la conversión algunas cosas se perdieron, entre otras las marcas de párrafos sacados de texto, que ahora aparecen intermezclados y a la sensación de que se dicen dos veces las mismas cosas

El nacimiento de la radioastronomía.

Karl Janski estudió ingeniería de radio en la Universidad de Winconsin y al acabar, en 1928, entró a trabajar en los laboratorios de la Bell Telephone, la compañía que en su día fundara el inventor del teléfono: Graham Bell y que hoy es la todopoderosa AT&T. [En 1994 todavía se pensaba que Bell fue el invertor del teléfono, hay sabemos que fue Antoni Meucci]

Janski descubrió en 1932 una potente emisión de radio procedente del centro de la Vía Láctea. En 1931 Janski fue encargado de estudiar las causas de los ruidos parásitos que interferían habitualmente las comunicaciones radiofónicas. Como todos los radioaficionados sabemos, estos ruidos tienen diversos orígenes, entre los que cabe señalar las tormentas, los equipos eléctricos cercanos y los aviones. Además de éstos, Janski detectó una fuente de ruido débil que en un principio no pudo identificar. Llegaba de lo alto del cielo y se movía constantemente siguiendo un ciclo más o menos de un día. Primero pensó que se propagaba con el Sol, pero pronto se percató de que no era así y de que cada día se iba acercando a nuestra estrella aproximadamente a cuatro minutos diarios. Esa cantidad, cuatro minutos, es lo que se mueve cada día la bóveda celeste respecto al Sol. Estos hechos le llevaron a la conclusión de que el ruido de fondo procedía de la bóveda celeste y su origen estaba más allá del sistema solar. En la primavera de 1932 Janski había llegado a la conclusión de que los ruidos emanaban de un punto en la constelación de Sagitario, coincidiendo con la zona en la que los astrónomos Shapley y Oort habían situado el centro de nuestra Galaxia.

Janski había descubierto que en el centro de la Vía Láctea (ver recuadro) había fuertes emisores de radio que podían detectarse desde la Tierra. Así nació la radioastronomía.

Ilusionado por el descubrimiento de Janski, un joven radio-ingeniero estadounidense, Grote Reber, construyó en 1937, en el patio de su casa, el primer radiotelescopio. La antena que usó era un plato con un diámetro aproximado de 10 m. En 1938 empezó a recibir señales y durante varios años fue el único radioastrónomo existente en el mundo. Descubrió puntos en el cielo que emitían fuertes emisiones de radio y que no coincidían con las estrellas visibles; las llamó radioestrellas. Diez años después, el astrónomo Walter Baade identificó una de ellas con un par de galaxias que estaban colisionando. Las radioestrellas no eran estrellas sino galaxias completas que al chocar despedían ingentes cantidades de energía radioléctrica.

El radioaficionado Grote Reber fabricó el primer radiotelescopio del mundo en el patio de su casa.
A los 15 años Grote Reber ya era un gran aficionado a la radio. Algunas de las frases dichas más arriba seguro que nos son familiares a todos nosotros: radio, afición, antena en el patio de su casa. Una vez más, un aficionado hacía una gran contribución a la ciencia.El primer gran radiotelescopio profesional fue construido por A. C. Bernard Lovell en la hoy famosa Estación Experimental de Jodrell Bank. A partir de este momento, radio y astronomía se casaron tal vez para siempre.

Aunque la radioastronomía fuera la primera contribución de la radio a la astronomía no ha sido la única. Muy brevemente, y sin querer ser exhaustivo, voy a señalar algunas de sus otras contribuciones: mapas radar, detección de fondo de microondas, telescopios orbitales y fotografías desde naves espaciales.

El radar fotografía los planetas.

Charles Townes es el inventor del láser, un estupendo sistema de comunicaciones del que hablaré en otra ocasión. Láser es la sigla para "Light Amplification by Stimulated Emission of Radiation" (Amplificación de la luz por Emisión Estimulada de Radiación).

Como un antecedente del láser, Townes había estado trabajando en la amplificación de señales de microondas, y así, en 1953, había construido lo que llamó un máser (Microwave Amplification by Stimulated Emission of Radiation) que podríamos traducir por Amplificación de Microondas por Emisión Estimulada de Radiación. Al principio, los máseres se utilizaron para producir radiación de microondas, pero a finales de los años 50 se tuvo éxito en usarlos como poderosísimos amplificadores de señales muy débiles. En 1960, Townes y su equipo lograron detectar, mediante un máser, reflexiones de radar enviadas al planeta Venus. Ni que decir tiene que dicho rebote es enormemente débil.

Una señal de radar había sido enviada a Venus y su rebote recogido en la Tierra. Este fue un nuevo paso en el estudio del cosmos. Los máseres empezaron a usarse para amplificar las débiles señales redioeléctricas que venían del firmamento.

Mediante amplificadores Máser, en 1960 se detectaron señales de radar emitidas desde la Tierra y reflejadas en Venus [Esto iba en un párrafo separado en mitad del texto]

Conocer el periodo de rotación de Marte y de otros planetas es relativamente fácil haciéndolo visualmente; observando un detalle de su superficie y se mide cuánto tarda en volver a verse en la misma posición. Sin embargo Venus siempre está cubierto por un espeso manto de nubes, por lo que no es posible observar su superficie. El radar permitió saber su periodo de rotación y recientemente ha permitido trazar un mapa de la superficie del planeta, que es invisible para los telescopios ópticos.

Detección de la radiación de fondo de microondas.

Durante los años 1964 y 1965 Arno Penzias y Robert W. Wilson trabajaban con el radiotelescopio de Holmedel en New Jersey, sede de los Laboratorios Bell Telephone. Allí descubrieron que procedente de todos los lugares del universo con la misma potencia llegaba a su equipo una débil de señal de microondas, que no podían explicar. Estaban trabajando con longitudes de onda de 7,35 centímetros.
Calcularon que esta señal era equivalente a la que emitiría un cuerpo negro con una temperatura entre 2,5º y 4,5º Kelvin (ver recuadro); los datos no permitían aproximar más.

En la primavera de 1964 se detectó la radiación de microondas, emitida hace quince mil millones de años [esa era edad del universo más aproximada en 1994, hoy sabemos que es menor], en la gran explosión que dio origen al Universo. Sin saberlo, Penzias y Wilson habían descubierto los ecos de la Gran Explosión (el Big Bang). Estaban recibiendo señales que se habían producido en su nacimiento, hace unos quince mil millones de años.

En aquel momento todavía la idea del Big Bang no era nada más que una de las varias hipótesis que competían entre sí para explicar el origen del universo. Uno de los problemas con el que se encontraba era el justificar la abundancia de hidrógeno y helio y la escasez de componentes más pesados. La radiación de microondas detectada por ellos lo explicaba satisfactoriamente.

Una vez más, la radio contribuía de un modo decisivo al avance de la astronomía.

COBE

Desde entonces, el modelo del Big Bang se ha ido consolidando y hoy en día es la hipótesis normalmente admitida por los astrofísicos. No obstante, hasta hace escasamente unos meses, dicha teoría tenía un punto débil, la radiación de microondas era demasiado uniforme en todas las partes del cielo. Si esta radiación fuera completamente homogénea no se explicaría el origen de las galaxias. La teoría necesitaba que la radiación de microondas fuera muy uniforme, pero no totalmente uniforme. Se necesitaba que la radiación tuviera unas pequeñas diferencias de temperatura.
Con los instrumentos terrestres era absolutamente imposible detectar estas diferencias. Las interferencias de la atmósfera eran muy superiores a las pequeñas desigualdades que eran necesarias para la teoría.

Para poder detectar variaciones tan minúsculas había que hacerlo desde fuera de la Tierra. Para ello se construyó un satélite que se hizo famoso hace unos meses: el COBE (Cosmic Background Explorer Satellite). La razón de su fama, que le llevó a los telediarios y a las primeras páginas de los periódicos, es que COBE había detectado la diferencia que era necesaria para explicar el origen de las galaxias, con lo que producía una fuerte consolidación de la teoría del Big Bang.
En este gran triunfo la radio ha jugado muchos papeles. En primer lugar se trataba de detectar emisiones de radio (microondas). En segundo lugar, los datos se tomaban en un satélite y se transmitían, vía radio, a la Tierra donde se analizaban.

Con el COBE llegamos a los dos últimos puntos de mi exposición.

Telescopios orbitales

Mayoritariamente, el conocimiento que tenemos del cosmos se lo debemos a las diversas señales electromagnéticas que nos llegan de los diferentes objetos celestes. La atmósfera que es transparente para ciertas frecuencias, por ejemplo las frecuencias de la luz visible, es totalmente opaca para otras frecuencias, por ejemplo al ultravioleta lejano. Incluso para la luz visible la atmósfera perturba la nitidez. Es bien sabido que la mayor limitación de los telescopios ópticos está en las perturbaciones que introduce el aire. Incluso en los mejores observatorios del mundo, situados en zonas muy altas y en las que el aire es muy estable, hay pequeñas turbulencias que hacen que la imagen que se ve por el telescopio sea inestable y borrosa.

Los telescopios orbitales nos permiten mirar al universo sin las perturbaciones de la atmósfera. La idea es simple, si la atmósfera es tan gran problema, lo mejor es poner telescopios fuera de ella. Ésa es la idea que hay tras los telescopios espaciales puestos en órbita. Por un lado son capaces de recibir en frecuencias imposibles desde la superficie, por ejemplo en ultravioleta, infrarrojo o rayos X. Por otro lado, dentro de la gama de frecuencias visibles, se elimina la perturbación atmosférica. Los satélites se ponen en órbita y se indica el lugar al que tienen que apuntar mediante telemando vía radio. Una vez que el telescopio apunta al lugar deseado, la imagen se transmite a la tierra vía radio.

Radio, radio, radio,, ... Hablando de satélites, la radio es fundamental.

Fotografías desde naves espaciales.

La investigación planetaria ha avanzado muchísimo gracias a las naves que se han enviado a recorrer el sistema solar. Los Mariner y los Viking a Marte, los Venera a Venus, los Apollo a la Luna, los Giotto, los Galileo, los Pioneer a diversos lugares, etc.

Todos ellos nos están enviando vía radio sus imágenes y sus medidas. Vía Radio les estamos indicando qué tienen que hacer e incluso les estamos cambiando sus rutas.

La radio se ha convertido por derecho propio en un elemento clave en la astronomía y astrofísica de nuestro tiempo. Tal como hemos visto, los aficionados han contribuido de forma decisiva. Sin duda seguirán haciéndolo. Espero que estas líneas os animen a conocer más y a interesaros en lo que la radioafición puede aportar a la astronomía en particular y a la ciencia en general.Hay algunos puntos en que la radioafición puede prestar una colaboración decisiva, por ejemplo, en la localización de trozos de asteroides que caigan a la Tierra. en la vigilancia de cometas. en una red de alerta rápida ante fenómenos astronómicos poco usuales, etc.

Me gustaría conocer vuestras ideas. ¿En que podemos colaborar los radioaficionados? Me comprometo a hacerlas llegar a los profesionales para su estudio y evaluación.

Un abrazo.


§


Recuadro

La Vía Lácteaen la inauguración del planetario de Pamplona*]

El día 26 de Noviembre de 1993 se inauguraba oficialmente el nuevo cen­tro de divulgación de la cultura.

Como todos sabéis, la concepción actual de un Planetario va mucho más allá de un lugar donde se puede ver una estupenda simulación del cielo nocturno. Hoy en día, la presentación de ciertos aspectos del firmamento se hace dentro de un extraordinario montaje audiovisual en el que intervienen diapositivas, películas, estrellas, poesía y una magnífica banda sonora. Todo ello se reproduce en soberbios equipos que logran que la imagen y el sonido te envuelvan completamente y llegues a sentirte parte inte­grante de ese universo que te están mostrando.La sesión inaugural del Planetario de Pamplona se ha hecho con un espectáculo ti­tulado Vía Láctea. En él se muestra el aspecto que tiene en el cielo nuestra galaxia; vemos estrellas y constelaciones que podemos apreciar desde San Sebastián, como Orión el cazador y su famoso cinturón, el triángulo del verano o Casiopea; pero tam­bién navegamos por regiones del firmamento que sólo se ven desde tierras australes como es la Cruz del Sur, en la que, sin duda, algunos de aquellos guipuzcoanos que iban con Elcano y Magallanes verían la Cruz de Santiago y en los momentos de desfa­llecimiento pensarían que el Santo les protegía en su loca aventura de dar la vuelta al mundo.

De las estrellas a Compostela.

Aprovechando que el camino de leche del cielo tiene un paralelo en la tierra, la ruta para ir a Santiago, disfrutamos de un pere­grinar por iglesias, ermitas, paisajes, músicas y poesías medievales. Desde Roncesvalles hasta Santiago de Compostela. Los árboles se metamorfosean en bóveda celeste, el invierno en verano, la noche en día, la oración gregoriana en música de las esferas; la deliciosa voz que recita una poesía se ve truncada por rayos y truenos, y la lluvia nos envuelve. Cae sobre nosotros, nos rodea. Nos sobrecogen los pasos negros de la noche. Amanece, y la pantalla/cúpula del Planetario se convierte en la única bó­veda de una de esas deliciosas iglesias, pequeñas, acogedoras que surcan El Camino; y llegamos a Santiago donde se transfigura en arquería de catedral.

Mirando al cielo, vemos la Vía Láctea. Mirando a la Tierra, un camino lleno de vida, de esperanzas, de iglesias, de hospitales, de pinturas, de poesías, de juegos, de sabores, de olores, de músicas y de culturas que se hibridan para dar nacimiento a ese concepto de Europa cuya última manifestación, por el momento, es la Unión Europea. Es ese camino que va desde el Ática hasta Santiago, cruzando valles e inviernos, llanu­ras y veranos, vaguadas y otoños, cañadas y primaveras, hasta llegar al Finisterre que es para el peregrino de la vida el haberse encontrado consigo mismo.

Con ser muy importante, la transmisión de un mensaje audiovisual no es lo único de un Planetario; hoy en día tan esencial o más son las actividades complementarias: ex­posiciones, conferencias, biblioteca, etc. Son auténticos palacios de cultura, donde se divulga el saber y donde ciencia y arte se dan la mano, demostrando que la vieja dico­tomía de cultura científica contra cultura artística no tiene sentido. La ciencia es arte y el arte es ciencia y ambos forman parte de la sabiduría humana. Ambos son parte de la cultura humanística. Damos la enhorabuena a nuestra ciudad hermana por haber tenido el acierto de construir un palacio del saber y también le damos la enhorabuena por ha­ber elegido como director a Javier Armentia, humanista renacentista, de visión amplia, que aúna entre sus inquietudes grandes parcelas del saber, desde la poesía hasta la astrofísica, pasando por la música y las matemáticas.

Os invito a que vayáis a ver la Vía Láctea; se pasa a las 18 horas de martes a vier­nes; los sábados a las 12, a las 18 y a las 19,30; los domingos a las 12. Los lunes el Planetario está cerrado. Cuesta 400 pesetas. Si vais en grupo y lo pedís con anticipa­ción, precios especiales (Teléfono: (948) 26 26 28)


Prof. Dr. Félix Ares


Recuadro opcional.

Vía Láctea Nombre: Galactos Kyklos Contenido: 100.000.000.000 de estrellas.Tipo. Galaxia espiral. Diámetro del disco: 100.000 años-luz. Espesor: 700 años-luz Edad: Unos 10.000.000.000 años

SOL Nombre: Helios Tipo: G2 V. Edad: Unos 5.000.000.000 años.Distancia al centro de la galaxia: 27.000 años-luz


Recuadro
Grados Kelvin. Temperatura absoluta.La temperatura no es nada más que la vibración de los átomos o moléculas. En una sustancia muy caliente, sus moléculas vibran muy deprisa, si bajamos su temperatura también disminuye su vibración; pero hay un momento en que las moléculas se quedan totalmente quietas. Esa es la temperatura más baja que puede alcanzarse, que por ello se suele llamar cero absoluto.En la escala de temperaturas Celsius, la que usamos habitualmente en nuestro país, se considera como cero la temperatura en la que el agua se congela.

El cero absoluto ocurre a los 273,18 º Celsius bajo cero, o -273,18º C. Se llaman grados Kelvin o temperatura absoluta a la escala que tiene su origen en el cero absoluto y que en todo lo demás es igual a la Celsius. La temperatura absoluta es igual a la Celsius restando 273,18º.

Por ejemplo, el cero absoluto es -273,18º Celsius o 0º K.Los 2,5º Kelvin de los que hablaba en el texto, son equivalente, por tanto a -270,68º Centígrados y los 4,5º K, son -268,68ºK

Enviado por flexarorion a las 22:56 | 0 Comentarios | Enlace


Trabajo en grupo: La revolución que me ha pillado por sorpresa 2015-02-22

Nota. Tal como había dicho en un post anterior, estos días ando recuperando escritos, antiguos. En este caso he encontrado uno sobre el Trabajo en Grupo de 1994. Estoy seguro de que se publicó en algún sitio, pero no recuerdo dónde.

MUY LARGO

Trabajo en grupo: La revolución que me ha pillado por sorpresa

Dr. Félix Ares

Escrito en 1994

El futuro me ha pillado por sorpresa.

Ahora hace treinta años que pasé mi primer programa de computador. Recuerdo como si fuera ayer mi conmoción cuando leí en el listado que mi programa tenía 150 errores. Y lo peor de todo era que el último mensaje decía algo que traduje por: “no puedo seguir dando errores pues se acabó mi memoria de errores”.

Aquellos eran los años gloriosos de la informática. Fue aquel año cuando IBM introdujo su famoso S/360 y su sistema operativo OS que hoy perviven en los grandes computadores de gestión.
La informática siempre ha evolucionado muy deprisa y las empresas que han sabido sacarle jugo han necesitado conjugar con exquisito cuidado novedad y producción diaria. Para ello, en los departamentos de “Organización e Informática” han necesitado tener personas con características muy variadas. Por un lado estaba el personal de explotación/producción con un trabajo totalmente reglamentado. Por otro lado, estaban los programadores que tenían que seguir unas estrictas normas, pero que disponían de una cierta libertad a la hora de decidir cómo implementar sus algoritmos. Más arriba teníamos a los analistas orgánicos que conocían perfectamente las posibilidades de sus sistemas informáticos y tenían bastante libertad para elegir el modo de realizar técnicamente las aplicaciones. En el nivel más alto estaban los analistas funcionales cuya misión principal era analizar lo que realizaban los diversos departamentos de las empresas y pensar en el modo de automatizarlo del mejor modo posible.

El analista funcional era, sin duda, una persona creativa, muy creativa. Los analistas funcionales, tanto si eran de Organización como si eran de Informática, siempre se han encontrado con que su labor era la de automatizar lo que ya se hacía en un cierto sector de la empresa. Por ejemplo, automatizaban la administración de créditos. Pero su capacidad para estudiar el proceso de arriba a abajo era muy limitada. Normalmente observaban cómo hacía su trabajo un determinado grupo y lo “mecanizaban”. Rara vez les permitían realizar algo que implicase a más de un departamento; prácticamente nunca, una “aplicación” que cruzase las fronteras de varias áreas funcionales y, por supuesto, jamás se atrevieron a analizar un proceso completo: diseño del producto, forma de llegar al cliente para ofrecérselo, información sobre sus características, argumentos de venta, contratación, recogida de datos de las motivaciones del cliente para su adquisición, ofertas de productos alternativos, venta, contratos, facturación, seguimiento de incidencias, análisis satisfacción del cliente después de la venta, posibilidades de compra de nuevos productos, captura de sugerencias e ideas ...

En parte, ello ha sido debido a que la tecnología no estaba lo suficientemente madura para permitir hacer estas cosas de un modo razonablemente sencillo. Por otro, estaba la gran tradición de los últimos 150 años que había llevado a las empresas a organizarse del modo actual, que había demostrado ser muy efectivo.

Dado que la empresa lo que solicitaba era especialistas en realizar aplicaciones para un departamento, ésas eran las características de las personas que contrataban. Pero, de repente ,todo se ha puesto patas arriba.

Hace unos días leía un pequeño trabajo de Joe Celko que se titulaba, “Todo lo que sabes es erróneo” [Celko-94i], que es representativo de lo que está ocurriendo en la interrelación informática/empresa.

En el mundillo informático ha sido tradicional pensar que la banca debía tener obligatoriamente un gran computador y que nunca podría llevar todos sus procesos en una Red de Área Local (ver recuadro) de pequeños ordenadores. Celko, en el trabajo mencionado, nos dice que varios bancos, muy dinámicos y avanzados han prescindido del gran ordenador y han informatizado todas sus aplicaciones con Redes de Área Local.

Lo más sorprendente son las razones que aduce para ello: el gran computador no proporciona funcionalidad suficiente. Por la misma razón el HFC está abandonando sus grandes computadores e instalando Redes [Booker-94ii].

La tecnología es capaz de romper las barreras funcionales, del tiempo y del espacio; además han surgido una serie de pensadores, entre los que hay que destacar a Hammer [Hammer 93iii] que ponen en entredicho la actual organización “burocrática” de las empresas. Hay que señalar que para Hammer burocrática no tiene un sentido peyorativo. Se trata simplemente del modo clásico de organización de las empresas.

La tecnología rompe las barreras del tiempo y del espacio.

No cabe ninguna duda de que las tecnologías de la información, telecomunicaciones e informática, han trastocado profundamente los hábitos empresariales y que todavía los van a trastocar mucho más.
Podría usar las próximas cien páginas a analizar algunos de los cambios que se van a produciriv; pero ello está totalmente fuera del alcance de este trabajo. No obstante sí quiero dar unos ejemplos que pongan de manifiesto las nuevas posibilidades de la tecnología.

La Inteligencia Artificial (Sistemas Expertos y Redes Neuronales) permiten diseminar la sabiduría de los expertos de la Compañía a todos los empleados. Los casos normales, usualmente el 80%, podrán resolverse sin necesidad de acudir al experto humano. Las ventajas son enormes: rapidez de respuesta frente al cliente; potenciación del empleado de “a pie”, que ve aumentadas sus competencias; menor pérdida de tiempo de los expertos, que ahora se dedican a tareas verdaderamente difíciles; se potencia el cumplimiento de las normas de un modo automático ...

Las Redes de Área Local, los productos de trabajo en grupo y los de flujo de documentos permiten trabajar en un proceso único a muchas personas simultáneamente. Quiero resaltar la última palabra: simultáneamente, pues pienso que en ella está la clave de la próxima gran revolución de la empresa. Las personas trabajan simultáneamente, en paralelo.

Hasta ahora los procesos clásicos de las empresas eran secuenciales. Alguien abría una carpeta con los datos y esa carpeta iba pasando de una persona a otra, de un departamento a otro y de un área funcional a otra. Hoy la tecnología nos permite eliminar la secuencialidad. En vez de introducir los documentos en una carpeta de papel, los mismos se capturan electrónicamente y, en ese mismo momento, ya están a disposición de quien tenga que intervenir. Además, hay mecanismos muy sencillos para saber en qué situación se encuentra cada proceso. Si alguien tiene que autorizar y es muy urgente, el computador le avisará por teléfono para que autorice con su firma electrónica, etc.
Los grandes desafíos para RRHH.

Toda la tecnología descrita no sólo existe desde hace bastantes años sino que en estos momentos está completamente madura y a unos precios muy razonables. El mayor obstáculo para su implementación, como no podía ser de otro modo, son las personas.

Los cambios son demasiado profundos y estamos muy poco acostumbrados a manejarlos. Por ejemplo, las palabras que antes he recalcado, instantáneamente y paralelismo, son fáciles de entender; pero es mucho más difícil darse cuenta de que rompen los esquemas clásicos de la empresa. El instantáneamente rompe con la secuencialidad con la que se diseñaban los procesos habitualmente. Las cosas ya no ocurren secuencialmente, una detrás de la otra. Ahora, muchas tareas se pueden ejecutar a la vez, en paralelo.

Al decir paralelo también rompemos con otro de los grandes tabúes de la empresa, la “carpeta electrónica” pasa automáticamente a diversos departamentos y a diversas áreas funcionales. Las fronteras se diluyen.

Departamentos y áreas funcionales se diseñaron debido a que la tecnología no permitía otra cosa que la secuencialidad. Al romper con ella, también rompemos con la estructura clásica de la empresa.
Instantáneo y paralelismo parecían dos palabras inocentes, pero han resultado ser revolucionarias. Para muchos analistas, por ejemplo D&B “encierra[n] las mejores posibilidades de productividad que se ofrecen al usuario en la actualidadv”.

Para triunfar en las Nuevas Tecnologías el primer gran reto es que la alta dirección esté convencida de su importancia y apoye el cambio.

A continuación viene lo que en mi opinión son los otros grandes retos de RRHH:

1. Encontrar “analistas de procesos” capaces de pensar globalmente en el producto que se ofrece al cliente. En la palabra global está la clave. A diferencia del “analista funcional” del que hablaba más arriba, no se ocupa de una parte del proceso sino de todo él. Es un tema muy difícil que vuelve a romper con la estructura tradicional de las empresas. Hay que pensar el proceso como un todo, en la mejor forma de realizarlo con independencia de la actual estructura organizativa. Deben de ser “visionarios”, posibilitadores y motivadores.

2. Encontrar “implementadores de los procesos”, personas con grandes conocimientos de la tecnología que deciden cómo se debe hacer cada tarea del proceso. No se trata de informáticos que sepan programar, sino de personas con grandes conocimientos de todo lo que dan las diversas tecnologías para decidir cómo realizar cada tarea.

Quizá un ejemplo ayude a entender lo que quiero decir. El reconocimiento de la voz es una tecnología emergente, sumamente prometedora. Yo nunca había creído en ella, debido a que los computadores se equivocan demasiado frecuentemente y hacen que el diálogo con ellos sea realmente pesado y aburrido. Sin embargo, hace unas semanas me invitaron a dar una conferencia en un parque tecnológicovi y allí vi algo que me ha hecho cambiar de idea. No se trata de que la tecnología haya mejorado, ni mucho menos; se trata de un nuevo enfoque del problema y a una clara comprensión de lo que significa el trabajo en paralelo entre hombres y máquinas. La idea es así de sencilla: el cliente empieza a hablar con el computador, pero si éste tiene alguna dificultad para entender alguna palabra automática e instantáneamente pasa la frase que no comprende y todos los datos ya obtenidos a un operador humano. Lo hace tan rápido que prácticamente la persona no se da cuenta. Mi gran error había sido pensar que el dialogo tenía que ser o bien todo él con el computador o bien todo él con un ser humano. Nunca había pensado en un tratamiento híbrido en el que computadores y personas colaborasen en un diálogo verbal con el cliente.

Ése es el tipo de ideas que deben generar los “implementadores de los procesos”.

3. Hay que encontrar las personas que programen las diversas tareas. Son equivalentes a los programadores clásicos, aunque con conocimientos de los nuevos lenguajes informáticos. No pretendo extenderme mucho en este punto, pero sí quiero dar una pincelada. Las características de las nuevas tareas hacen que los programas también tengan que realizarse con subtareas en paralelo. Los programadores clásicos están muy acostumbrados a la secuencialidad y es posible que no todos se adapten bien a los nuevos sistemas de programaciónvii. Una tarea de RRHH es descubrir los que son válidos para lo nuevo y los que hay que dejar con lo clásico.

4. Una vez realizado el nuevo proceso hay que formar en su correcta utilización a los empleados de “a pie”. Lo más probable es que no sólo haya que enseñarles una nueva forma de hacer las cosas, ayudado por un computador; posiblemente su trabajo se vea enriquecido con más contacto con el cliente y mayor capacidad de toma de decisiones, por lo que habrá que adiestrarles en estas habilidades.

Si estamos hablando de media docena de personas la tarea es grande, pero fácilmente abordable. Si afecta a mil o más personas, la tarea puede ser titánica.

- - - - -

Para acabar quisiera hacer una reflexión final. No se trata de que las empresas vayan a adoptar estas tecnologías o no. Indudablemente las van a adoptar. El problema es cuándo. Mi consejo es que cuanto antes. Hasta ahora tenía mis dudas por la inmadurez de las tecnologías, hoy ya no las tengo: la tecnología está madura.

La gran labor de RRHH en estos momentos es encontrar las personas adecuadas para estas tareas y su mayor problema es que hay que descubrirlas buscando entre todas. De poco valen las titulaciones o el nivel alcanzado en la jerarquía Para el nuevo escenario hay pocas pistas que nos ayuden a evaluar quiénes son los mejores. ¿Los licenciados en Económicas?, ¿los informáticos?, ¿los técnicos de organización?, o, tal vez, ¿los artistas?, ¿los creativos?, ¿los que se han quedado en los puestos inferiores no por falta de capacidad sino por no gustarles seguir una normativa rígida? ...

No lo sé; pero de lo que estoy seguro es de que en nuestras empresas tenemos mucha gente válida que sólo espera que las descubramos.

Recuadro oblgatorio (Se habla de él en el texto)

INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Inteligencia Artificial (IA). Sistema de programar en el que se intenta capturar el modo de comportarse del ser humano. El mayor problema que tienen estos sistemas hoy en día es que carecen de “sentido común”; pero se han mostrado muy válidos en tareas complejas, como por ejemplo, en jugar al ajedrez. Hoy por hoy, no se puede permitir que sean estos programas quienes tomen las decisiones transcendentes, pero pueden ayudar muchísimo a que lo haga una persona.

Dentro de la IA hay dos tecnologías que han tenido éxito comercial. Se trata de los Sistemas Expertos y de las Redes Neuronales.

Sistemas Expertos. Se trata de unos programas de IA en los que se ha incluido el saber de los expertos de una o varias empresas, para que se comporten como lo harían ellos en diversas situaciones. Han demostrado su utilidad en muchos campos, por ejemplo en cómo apagar fuegos en barcos, o en cómo invertir los excesos de tesorería de una empresa. Usualmente funcionan muy bien en casos normales; pero hay que acudir al experto humano en los casos extraños. Hay muchísimos Sistemas Expertos en el mundo financiero: asesores de bolsa, arbitraje, concesión automática de créditos al consumo, etc.

Redes Neuronales. Son programas que aprenden de los ejemplos que se les suministran. Han demostrado su gran utilidad en muchos campos, entre otros, están siendo sumamente eficaces en el reconocimiento de caracteres, en la búsqueda de correlaciones y tendencias en grandes cantidades del datos y en otros muchos campos. Concretando un poco más, en el reconocimiento de caracteres hoy en día aciertan el 97% de los caracteres escritos mecánicamente con una calidad aceptable, sólo aciertan un 60% en los caracteres escritos a mano. En ningún caso llegan a la capacidad de reconocimiento del ser humano. En cuanto a la búsqueda de correlaciones entre datos superan a las personas ampliamente.


[*Recuadro opcional
REDES DE ÁREA LOCAL, TRABAJO EN GRUPO Y WORKFLOW*]

Redes de Área Local. Se trata de un conjunto de computadores unidos entre sí de tal forma que son capaces de compartir la información y los diferentes recursos. Por ejemplo, 20 personas pueden estar trabajando con su computador personal y tener una sola impresora de color de alta velocidad por la que sacan sus cartas.

Trabajo en grupo. Son programas que trabajan dentro de las Redes de Área Local que permiten que los miembros del grupo trabajen en conjunto, sin importar su ubicación física. Entre sus opciones más habituales se encuentran: correo electrónico que permite el intercambio de todo tipo de documentos incluyendo imágenes, sonidos y vídeo; procesadores de texto que permiten que varias personas trabajen sobre el mismo documento agendas electrónicas compartidas con las que se pueden planificar automáticamente las citas, etc.

Work Flow. La traducción literal es flujo de trabajos. Se trata de herramientas que funcionan encima de las de trabajo en grupo y que permiten dirigir el flujo de los documentos y acciones. Normalmente los documentos se capturan electrónicamente y se dirigen automáticamente a una o varias personas que deban trabajar sobe ellos (paralelismo). De acuerdo con ciertas respuestas, autorizaciones u ocurrencia de ciertos sucesos, los documentos siguen un curso u otro. En el mismo momento que una persona da por acabado su trabajo con el documento, éste se envía a la persona o personas siguientes que deben intervenir. Siempre hay un “dueño del proceso” que sabe en qué situación esta cada documento y que recibe alarmas del propio sistema cuando se están sobrepasando ciertos límites de tiempo o de otro tipo previamente establecidos. Por ejemplo, el abogado tenía un día para dar el visto bueno. En cuanto pasa un día le aparece la alarma correspondiente tanto al letrado como al “dueño del proceso”.
Las actuales herramientas funcionan muy bien y están permitiendo acortar drásticamente los tiempos de realización de muchos procesos. Por ejemplo, en algunos bancos se ha pasado de tardar tres meses en la concesión de un crédito hipotecario a media hora.

NOTAS

i [Celko-94] Joe Celko. Everything You Know Is Wrong. Datamation. January 21, 1994. P 80.

ii [Booker-94] Booker, Ellis. Bank launches major client/server overhaul. HFC invest M in conversion. Computerworld (US edition). February 7, 1994 p 1.

iii [Hammer-93] Hammer, Michael & Champy, James. Reengineering the Corporation. A Manifesto for Business Revolution. Como subtítulo dice: Forget what you know about how business should work - most of it is Wrong!. Harper Business. New York. 1993. 223 páginas.

iv Véase por ejemplo el trabajo de Ares, Félix y Garmendia, Carmen. El rol del trabajador social ante las nuevas tecnologías de la información. 30 de mayo de 1989. 333 páginas. Edición de los autores.

v Gamazo de la Rasilla, Enrique. Workflow: una tecnología de impacto revolucionario. Tribuna informática. 26 de enero de 994. Página 10. El autor es el director general de D&B Software de España.

vi Parque Tecnológico de Zamudio (Vizcaya). Jornadas sobre “Servidores de voz: Nuevos Sistemas de Atención y Captación de Clientes”. Día 25 de enero de 1994. Organizado por Robotiker.

vii Hace cinco años realicé una experiencia con mis alumnos del doctorado de la Facultad de Informática de San Sebastián. Como parte de la asignatura, traté de explicarles un lenguaje de programación no secuencial. Un lenguaje sencillo. Mi gran sorpresa fue constatar la gran dificultad que tenían mis estudiantes para visualizar que muchos procesos ocurrían en paralelo.

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Internet y las vacas locas 2015-02-20

Como habéis visto, estos días ando husmeando en mis escritos antiguos. Es increíble cómo se pierden las cosas y, sobre todo se pierden las referencias. No sé cuándo escribí esto y no sé dónde se ha publicado. Pero estimo que fue en 2006 y que se publicó en alguno de los periódicos del País Vasco con los que colaboraba entonces. Tiene el formato de mi columna Big Bang en el Diario Vasco, pero no estoy seguro

Internet y las vacas locas

El kuru fue durante muchos años un rompecabezas para médicos y antropólogos. Se trata de una enfermedad neurodegenerativa que afectaba a la tribu Fore que vive en Nueva Guinea. Lo extraño era que la mayoría de las víctimas eran mujeres, pero no sólo ellas, también había niños y ancianos. Ese hecho trajo de, cabeza a los investigadores, hasta que descubrieron que practicaban el canibalismo ritual, y que las mujeres y los varones que vivían con ellas, niños y ancianos, comían sus cerebros. Esa era la causa del contagio. Pero faltaba saber cuál era el agente infeccioso. La hipótesis de que se trataba de un virus que tardaba mucho en madurar estuvo vigente mucho tiempo. Sin embargo hoy sabemos que no existe ningún virus que produzca el kuru, ni ninguna bacteria. En sus síntomas, el kuru es una enfermedad muy parecida a la “enfermedad de las vacas locas” o su equivalente en seres humanos, la enfermedad de Creutzfeld-Jacob.

El kuru se transmitía porque los cerebros “infectados” contenían priones “enfermos”. No todos los priones son malos, de hecho son indispensable para el normal funcionamiento del cerebro. Sorprendentemente los priones “enfermos” y los priones “buenos” tienen una composición idéntica; están constituidos por los mismos aminoácidos en el mismo orden. ¿Cuál es, entonces, el problema? Es el plegamiento de los priones. Las proteínas son una larga cadena de aminoácidos unos detrás de otros. Pero si estuvieran en línea recta no funcionarían. Para que puedan realizar sus funciones deben estar plegadas, algo parecido a un hilo con el que hemos hecho una bolita enredándolo entre nuestros dedos. En la superficies de esa bolita hay entrantes y salientes, “montañas y valles”. Esa configuración “orográfica” es la que define las propiedades de las proteínas, y, por tanto, de los priones. Pues bien, los priones causantes del kuru están mal plegados, su orografía es errónea. Y lo que es más grave, son capaces de inducir plegamientos erróneos al acercarse a los priones “buenos”. Es decir, el defecto de los priones es capaz de transmitirse. Así se propaga el kuru y todas las demás enfermedades priónicas.

Conocer con exactitud cómo se pliegan las proteínas es la clave para poder combatir todas estas enfermedades. Hay algoritmos de computador que permiten predecir la forma en que se plegará una proteína conocidos sus componentes. Tener un buen conocimiento de todos los plegados posibles es fundamental. Pero hay un serio problema, estos algoritmos consumen muchísimo tiempo de computador. Muchísimo, más del que disponen la mayoría de los investigadores.

Un grupo de la Universidad de Stanford ha desarrollado una iniciativa muy interesante. Se trata de aprovechar los tiempo muertos de nuestros computadores personales, esos en los que aparece el salvapantallas, para estudiar los plegados de las proteínas. El proyecto se llama folding@home, que podríamos traducir como “plegando en casa”.

El que quiera ceder ese tiempo “inútil” de su computador para colaborar en la investigación debe conectarse a Internet, bajarse el salvapantallas y dejar que actúe.

Cuando me ausento un rato de mi despacho y al volver me encuentro en la pantalla de mi ordenador unas preciosas proteínas que se retuercen, siento que estoy colaborando en una excelente causa humanitaria. Me siento bien. Les invito a colaborar en una gran investigación científica, seguro que también se sentirán bien. (foldingathome.stanford.edu).


Félix Ares
Director de Miramón. KutxaEspacio de la Ciencia

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Arqueología molecular 2015-02-20

Columna Big Bang

Empezado a escribir el 110222
Para publicar el 110309 (Publicado en esa fecha)

Versión 1

Arqueología molecular


Nuevas técnicas de análisis químico están ayudando a los arqueólogos a entender el pasado

En el funeral del Rey Midas, en Anatolia occidental, se sirvieron lentejas picantes y estofado de oveja o cabra.



En el siglo XII los contactos con el mundo árabe permitieron que llegaran a Europa, sobre todo a las penínsulas ibérica e itálica, sus conocimientos astronómicos, las traducciones de Aristóteles y los avances médicos de Avicena. Pero también nos llegó la extraña creencia de que el polvo de momia servía para curar muchos males, úlceras, huesos rotos, epilepsia, dolor de muelas y también se creían que tenían poder afrodisíaco.

El médico del rey de Navarra, Gui de la Fontaine, hizo en 1564 un viaje a Alejandría donde descubrió que la demanda de momias era tan alta que lo que vendían los egipcios eran cadáveres modernos envejecidos. Lo curioso es que esas falsificaciones llegaron hasta los museos. Por ejemplo, en el museo Arqueológico Nacional hay expuesta una momia falsa. No engañan a nadie, a su lado hay una radiografía en la que se demuestra que no contiene un cadáver sino una tabla. ¡Una tabla! Pero en su momento cayeron en la trampa como también lo hicieron en el museo Darder de Banyoles donde hay otra falsa momia.

Para descubrir la falsedad, en los dos casos se ha acudido a la radiografía; pero ésta no es la única ayuda que prestan las ciencias duras a la arqueología. Hoy es muy habitual utilizar el método del carbono-14 para evaluar la edad de los restos arqueológicos orgánicos –por ejemplo, la tela de una momia, o los restos de cenizas de un fuego de una cueva habitada hace miles de años–. Los dueños de los restos muchas veces han sido muy reacios a permitir a los científicos hacer sus pruebas pues la mayor parte de las veces exigían grandes trozos del material y casi todas ellas –con la excepción de los rayos X y alguna más– eran destructivas. Pero eso está cambiando a velocidades increíbles. Hoy, una ínfima parte de un resto de una momia, una millonésimas de gramo, permite conocer si tenía alguna enfermedad hereditaria, si era hijo de quien se dice, etc. Pero no se trata tan solo de momias, por ejemplo, en la famosa tumba del Rey Midas, en Anatolia occidental, había restos de pan en jarras, que en aquellos tiempos se usaban a modo de cuchara, por lo que en ellos quedaban residuos de la comida. Utilizando las modernas técnicas de análisis se ha llegado a descubrir que en su fiesta funeraria se sirvieron lentejas picantes y estofado de oveja o cabra.

Basta con lo que contiene un poro de una jarra de barro para saber si ha contenido vino, cerveza u otra cosa. La bioquímica se ha convertido en una herramienta indispensable de la arqueología.

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150 Aniversario de «El origen de las especies 2015-02-19

Publicado en el Diario Vasco el 24 de noviembre de 2009

El día 24 de noviembre de hace 150 años se ponía a la venta el libro de Darwin «El origen de las especies»
 
El día 24 de noviembre de hace 150 años se ponía a la venta el libro de Darwin «El origen de las especies». Uno de los libros más influyentes de la historia de la ciencia. El biólogo Theodosius G. Dobzhansky, uno de los creadores de la síntesis moderna del darwinismo decía que «Nada en biología tiene sentido si no es a la luz de la evolución». Llevaba toda la razón.
 
Es un libro que se ha sido claramente superado.  No obstante, la idea básica de «El origen de las especies» sigue siendo perfectamente válida, a saber: que el mecanismo principal que utiliza la naturaleza para dar origen a nuevas especies es que los hijos son ligeramente diferentes de sus padres y que la «selección natural» hace que se reproduzcan más los individuos que estén mejor adaptados al medio, aunque hay que dejar claro que este no es el único mecanismo evolutivo.
 
Con la «teoría de la evolución» hay muchos malos entendidos. El primero deriva de la palabra «teoría». Muchos piensan que «teoría» es equivalente a «supuesto», a cosa sin demostrar, y eso no es cierto. En ciencia “teoría” es el mayor estatus que puede tener idea. Como toda buena teoría científica ha sido predictiva y sus predicciones se han verificado.
 
El segundo malentendido es que la idea de la evolución es de Darwin, que antes de él nadie había pensado en que las especies procedían unas de otras, lo que no es cierto. La idea de la evolución de las especies viene de lejos. Por ejemplo, Anaximandro de Mileto (aprox. -650, -645) ya habla de que unas especies proceden de otras con un razonamiento impecable que podemos suscribir hoy en día. En el siglo XVIII hubo muchos pensadores “evolucionistas” por ejemplo Maupertuis, Lamarck, el abuelo de Darwin,…
 
La gran idea de Darwin y de Alfred Russell Wallace, pues los dos la pensaron a la vez, es que la responsabilidad de la evolución era de la selección natural.
 
El tercer malentendido es que las iglesias cristianas se pusieron en contra de la evolución. Es cierto que hubo muchos eclesiásticos que se pusieron en contra, como hubo muchos científicos que lo hicieron; pero también es cierto que hubo bastantes que estuvieron a favor. Por ejemplo, el eclesiástico Charles Kingsley afirma que la selección natural se trata de «una concepción igualmente noble de Dios». Él consideraba que era tan aceptable para el anglicanismo aceptar un creador que hizo las especies tal como son hoy como que inició el proceso de la evolución. Otros sacerdotes, como Baden Powell, llegan a decir que  creer en milagros es una forma de ateísmo, ya que éstos rompen con las leyes divinas, mientras que el darwinismo las respeta.
 
Celebremos la aparición de un libro que ha dado coherencia a la biología y ha permitido que avance hasta donde está hoy en día.
 
 

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Homo coquus 2015-02-19

Publicado Diario Vasco el 28 de septiembre de 2009.

[Nota para maquetación: por convención científica todo los nombres de especies se ponen en cursiva. El género (Homo) con mayúscula y la especie (sapiens) en minúsculas]
 
Así que sería interesante poner el título en cursivas:
 
Homo coquus

Cocinar fue el impulso evolutivo que nos permitió tener cerebros más grandes y más tiempo libre

 
Recientemente se ha publicado un libro que se titula «In Catching Fire: How Cooking Made Us Human: que podríamos traducir algo así como Capturando el fuego: Cómo Cocinar Nos Hizo Humanos».
 
Defiende la idea de que cocinar fue el impulso evolutivo que nos permitió tener cerebros más grandes y más tiempo libre. Tradicionalmente se pensaba que la razón para ello era el cambio de la dieta vegetariana a la carnívora. La carne –se decía– permite mayor aporte de calorías con menos esfuerzo y ello llevó a una disminución del tamaño del intestino, dientes y mandíbulas, bajada de la faringe, etc.
 
El paso a una dieta carnívora tuvo que jugar un papel importante, pero el autor del libro, el primatólogo Richard Wrangham, profesor de antropología de la Universidad de Harvard y director de un proyecto de estudio de los Chimpancés en Kibale, Uganda, nos explica que se necesita algo más y que ese algo es el cocinar.
 
Nos cuenta que él ha dado carne cruda sin preparar a varios chimpancés y que tienen que dedicar muchísimo tiempo a masticarla. Al hacer un estudio del tiempo empleado y las calorías que han ingerido resulta que es equivalente a comer frutas no demasiado nutritivas, a pesar de que los chimpancés que tienen mandíbulas y dientes mucho más robustos que los nuestros. Por tanto, su conclusión es que debe haber algo más.
 
Hace 2,5 millones de años los antecesores del ser humano se parecían mucho a los chimpancés; de hecho los llamamos Australopitecos, donde pitecos significa mono. En ese momento aparece un nuevo antecesor, el Homo habilis. Lo llamamos homo porque ya no hay duda del parecido con nosotros. Su nombre índica que era hábil y lo sabemos porque se han encontrado muchas herramientas y algunas de ellas servían para arrancar la carne de los huesos. Eran carnívoros. La nueva dieta probablemente fue uno de los cambios más importantes entre el Australopitecos y el Homo.
 
El siguiente gran salto es el paso del Homo habilis alHomo erectus, ya muy parecido a nosotros. La transición ocurrió hace entre 1,8 y 1,9 millones de años. Wrangham nos dice que es ahí donde debemos situar el cocinado de los alimentos que permite absorber más nutrientes y disminuir el trabajo del sistema digestivo. Hasta hace muy poco se consideraba que las calorías ingeridas en un producto crudo y en otro cocinado son las mismas; sin embargo Wrangham menciona algunos experimentos que demuestran lo contrario. Por ejemplo, un estudio belga comprueba que si comemos huevos crudos aprovechamos entre el 55 y el 64% del mismo, pero si los cocemos aprovechamos el 94%. La diferencia no es pequeña.
 
Si estudios posteriores lo confirman demostrarían que más que Homo sapiens somos Homo coquus (coquus=cocinero).
 
 

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Conferencia Ateneo para el día 14 de noviembre de 2010 2015-02-18


Conferenciante: Félix Ares

Máquinas pensantes

Cuando nacieron los ordenadores se les dio el nombre de «cerebros electrónicos». En ese nombre estaba implícita la idea de que tenían cierta inteligencia. El ser humano siempre había soñado con esclavos mecánicos que le ayudasen en su trabajo. A esta categoría pertenecen los trípodes de Vulcano o los objetos que se animan gracias a un sortilegio cuyo ejemplo más conocido es el «aprendiz de brujo» que aparece por primera vez en la obra Philopseudés de Luciano de Samosata y llega a Walt Disney a través de Goethe y de Paul Dukas, el gólem de las leyendas medievales y hebrea o el «hombre de madera» de Juanelo que caminaba por las calles de Toledo.

Los ordenadores y los robots introducían una novedad; por primera vez dejaban de ser leyenda, ahora teníamos objetos que eran capaces de hacer cosas que si las hicieran los humanos diríamos que son inteligentes. Por ejemplo, resolver ecuaciones diferenciales, diagnosticar una enfermedad, conducir un coche en medio del tremendo tráfico de una ciudad moderna o de encontrar una mina de molibdeno que había pasado desapercibida para los geólogos. Es más, empiezan a aparecer las máquinas que aprenden de la experiencia. No se programan, aprenden.

En este momento surge un hecho curioso. Los humanos empezamos a hacer trampa y decimos que todo eso que hacen las máquinas no es inteligencia, que tan solo es una «imitación», que no es lo auténtico. Cada vez las máquinas llegan a más reductos que antes pensábamos que estaban reservados a los humanos y entonces empezamos a decir que aquello no era «de verdad» inteligencia. Cada nuevo paso que dan las máquinas decimos que eso no es inteligencia, que la inteligencia es otra cosa. Pero ya nos quedan menos escondrijos donde refugiarnos para decir que somos «inteligentes» y ellas [las máquinas] no. Ahora decimos que no pueden hacer poesía – ¿o sí pueden?– y sobre todo que no pueden sentir emociones, que nunca serán capaces de amar. Emociones, amor... Palabras cuyo contenido es muy difícil de definir y de acotar... Nos defendemos con la vaguedad. ¿Qué ocurrirá cuando definamos estrictamente qué es la emoción y veamos que las máquinas son capaces de tenerla? La respuesta es obvia, habrá alguna cosa que nosotros seamos capaces de hacer y las maquinas no y diremos que eso es la inteligencia.

Poniendo los pies en la tierra, ¿qué técnica hay detrás de los sistemas que conducen un coche por San Francisco?, ¿cómo se logra que los programas aprendan? Y sobre todo: ¿En qué nos pueden ayudar las máquinas inteligentes?

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Museos de la Ciencia y Medio Ambiente 2015-02-17

Autor: Félix Ares
24 de agosto de 2009 MUY LARGO

Introducción

Cada museo de la ciencia tiene unos objetivos distintos y, por supuesto, yo no me atrevo a hablar en nombre de todos ellos. No obstante creo que no me equivocaré demasiado si digo que hay varios objetivos comunes. El primero es lograr que la ciencia se vea como algo que forma parte natural de nuestra cultura, no como algo ajeno hecho por «bichos raros». El segundo es intentar atraer alguna vocación entre los jóvenes que nos visitan y el tercero conseguir disminuir un poco el analfabetismo científico que hay en nuestra sociedad. 

Para lograrlo utilizamos distintos métodos que van desde exposiciones permanentes interactivas en las que «está prohibido no tocar», hasta charlas de divulgación expuestas por Premios Nobel o astronautas, pasando por conferencias, tertulias, fórums cinematográficos, teatro científico en directo, programas de radio, programas de televisión, páginas de Internet, libros, revistas, ...

Cara y Cruz de la Emoción

Hoy en día se oye hablar mucho de «emoción». Tal vez sea mi percepción y no sea verdad, pero me da la sensación de que esta palabra se ha empezado a utilizar muchísimo más desde que Goleman publicara su libro «La Inteligencia Emocional3». 

Cuando he sido el responsable de hacer alguna actividad siempre he pensado en utilizar la emoción como uno de los elementos que me ayudasen a enviar el mensaje. Por ejemplo, en un «Taller de la electricidad» en el que trabajábamos con máquinas que producían chispas, rayos y truenos (generadores de Van der Graaf, enormes bobinas de Tesla, escaleras de Jacob y tubos de descarga gaseosa) siempre utilizaba el miedo a las chispas y al ruido como elemento motivador. Tras bajar el nivel de la luz hasta casi apagarlo –para dar cierto aire de misterio– empezábamos a producir rayos con la bobina de Tesla. Antes de los rayos se oía un estruendo enorme y se veían pequeñas chispas. La tensión se «sentía» en el ambiente. Luego una explosión de rayos. Tras la tempestad la calma. Volvíamos a encender las luces y entonces, cuando estaban en plena tensión, les hacía ver lo que es la inducción, por qué aumentan los voltios en un juego de bobinas, por qué no pasa nada fuera de la «jaula de Faraday», ... y cuando la emoción empezaba a decrecer, entraba dentro de la jaula de Faraday con un guate metálico conectado a tierra. Poníamos otra vez el generador en marcha y hacía que un rayo saltase a mi mano. «No pasa nada» pues el guante metálico conduce las cargas a tierra». 

He utilizado la oscuridad, el ruido y los rayos como elementos para mantener la atención y con ello poder transmitir el mensaje de lo que es la electricidad. 

En los programas de planetario que he hecho he jugado con la gran potencia  que es la noche, las estrellas, la música, el silencio y las explosiones. 
Primero con una música suave apagar las luces y hacer que las estrellas se vayan viendo poco a poco. Hasta quedar a oscuras, tan sólo viendo las estrellas. La música se apagaba del todo. Hay pocas cosas tan dramáticas como la noche, las estrellas y un largo silencio tras la música. 

Tras contar la historia que tocase, normalmente siempre buscaba una disculpa para que hubiera una gran explosión de luz y de sonido (la explosión de una bola de fuego de San Telmo en un viaje; la explosión de una supernova en el firmamento, ...). La secuencia era: música, silencio, oscuridad total, un cierto brillo, explosión de luz y sonido. 

Emoción. 

Recuerdo que cuando se estrenó el programa «La Vía Láctea» en el planetario de Pamplona, hace ya dieciséis años, me llamó poderosamente la atención una secuencia interesantísima. Había varios elementos importantes. La cúpula de una iglesia se iba oscureciendo. Una persona dejaba oír el crujir de las hojas al caminar. Todo queda en negro. Los pasos cesan. La música también. De repente, un rayo. Toda la cúpula blanca. Unos segundos de espera y un enorme trueno. Y la cúpula se la iglesia se convierte en la esfera celeste. Allí están las estrellas. Y empieza sonido de lluvia; de gotas de agua. 

En aquel momento el personal el Planetario con muchos sprays de agua echaron unas gotitas sobre el publico asistente. 

Yo no sabía nada. Mi sorpresa fue total. 

Nunca lo olvidaré. Y aquel precioso cielo tampoco. 

De ese modo, acudiendo a las emociones, podemos introducir ciertos conceptos científicos. Y pienso que no hay ningún problema en hacerlo con temas como la electricidad o la astronomía donde la ciencia está muy madura y sabemos perfectamente lo que hay. Ese no es el caso de lo referente al Medio Ambiente. Se trata de un tema donde la ciencia no está madura y, sobre todo, se trata de un tema muy cargado emotivamente. Me atrevería a decir que demasiado cargado. Por lo que debemos pensar muy seriamente cual es el mensaje que queremos transmitir y cómo hacerlo, sin caer en banalidades, obviedades, mentiras o incorrecciones. 

Es muy fácil acudir a las emociones mostrando un panda con su carita de niño bueno y decir que hay que salvarlo, pero probablemente estemos desenfocando el problema y no seamos capaces de trasmitir la complejidad del fenómeno. También es muy fácil condenar a la energía nuclear porque nos acordamos de Hirosima y de Chernóbil. Una vez más, un tema demasiado complejo para dejarlo al albur de las emociones. 

Me da la sensación de que en los temas de Medio Ambiente tenemos que disminuir la carga emotiva y eso puede hacer que el tema pierda atractivo. 

Pero no veo otra forma de hacerlo. 

La necesidad de una divulgación científica sobre el Medio Ambiente

Durante los últimos años se ha puesto de manifiesto con toda su crudeza que nuestro Medio Ambiente es mucho más frágil de lo que pensábamos. Lo que parecía imposible hace veinticinco años ha ocurrido: nuestras actividades son capaces de afectar toda la biosfera. Recuerdo que hace veinticinco años, cuando oí hablar por primera vez de este tema me pareció que los que daban las voces de alarma no eran otra cosa que «pájaros de mal agüero» que estaban viendo las orejas del lobo donde no había lobos. Ya vemos que estaba absolutamente equivocado. Nuestras actividades, sobre todo el quemar combustibles fósiles acumulados durante millones de años, es capaz de alterar el clima de la Tierra y al hacerlo somos capaces de modificar sus hábitat, perturbar la productividad de plantas y animales, etc. 

También había voces que nos hablaban del «pico del petróleo», del fin de las materias primas, pero yo siempre pensaba que la ciencia sería capaz de darnos soluciones. La realidad es mucho más dura que lo que yo pensaba. Estoy convencido de que la ciencia puede aportar alguna solución, pero nunca serán panaceas, serán pequeños avances y lamentablemente no estoy seguro de que lleguen a tiempo. Además, el tema no es solo científico, es un asunto político, financiero, social, ... Hay que poner de acuerdo y coordinar a millones de personas. 

Cuando hace unos meses el precio del barril de petróleo alcanzó casi los 150 dólares quedó claramente de manifiesto que habíamos llegado al «pico del petróleo» y que no teníamos una solución de reserva. La crisis del petróleo vino entremezclada con la falta de alimentos y su encarecimiento. Y, por los mismos motivos, muchas materias primas dispararon sus precios; por ejemplo el cobre o los nitratos.
 
Lo primero que necesitamos es tener un diagnóstico claro y ni siquiera eso tenemos. Acabo de decir que hemos alcanzado el «pico del petróleo», pero no todos están de acuerdo con ello. Algunos dicen que el precio alcanzado por el barril del petróleo es especulativo. Pero yo no veo muy bien cómo se puede especular con algo que no se puede almacenar. A mi me parece que la explicación es mucho más sencilla, el precio subió porque aumentó la demanda (China e India se incorporaron a la industrialización) y los pozos de petróleo de todo el mundo ya no son capaces de aumentar su oferta; de hecho ha disminuido4. La mayor producción de petróleo convencional se dio en mayo de 2005 y fue de 74 298 000 barriles diarios5. Si sube la demanda y baja la oferta, el precio sube. Pero, insisto, no todos están de acuerdo con este diagnóstico. Si no sabemos cuál es la enfermedad difícilmente podemos encontrar una cura. 

Una de nuestras obligaciones es poner eso de manifiesto: hay distintas opiniones y hay que ver sopesar cada una de ellas. Es muy difícil, pues no podemos dar certezas, tan sólo podemos aproximaciones. Es muy difícil pues debemos decir claramente que «no todas las opiniones son igualmente válidas». Hay opiniones de peso, las hay con menos peso y las hay completamente sin valor. 

La tendencia de los medios a dar igual relevancia a todas las opiniones es catastrófica. Simplemente, el admitir en igualdad de condiciones ideas de muy distinto peso hace que la de poco valor lo aumente. Un ejemplo. Cada vez que se habla de la telepatía, los medios –muy neutrales ellos– dejan hablar a los dos bandos: los que creen en ella y los que no creen. Y les dejan hablar el mismo tiempo. ¿De verdad esto tienen sentido? Hay un principio científico elemental que no se respeta. Se trata de que el que la carga de la prueba está en quien hace afirmaciones extraordinarias. Afirmaciones extraordinarias exigen pruebas extraordinarias. Al no haber pruebas publicadas en revistas científicas con arbitraje, la telepatía no deja de ser una creencia sin fundamento. Dedicar el mismo tiempo a los que creen y a los que no creen es dar demasiado valor a la supuesta telepatía. 

Quizá para verlo mejor haya que hacer una caricatura. ¿Qué les parecería a ustedes que en los medios se hiciera un debate sobre si 2 + 2 son 4 y dedicaran el mismo tiempo a los que dicen que es 5 que a los que dicen que es 4? 
 
Otro problema que surge en el tema del Medio Ambiente es que estamos ante problemas globales que exigen una solución global. Sin embargo nos encontramos con las tremendas dificultades en ponernos de acuerdo. Empezamos a vislumbrar que lo que es bueno para unos, es malo para otros y que algunas soluciones que pueden ser excelentes para unos perjudicarán a otros. No nos queda más remedio que tomar decisiones consensuadas y razonadas. Decisiones basadas en pruebas. Decisiones apoyadas por nuestros votos. La única solución razonable es la democrática; pero si afecta a todo el planeta debe ser una solución de democracia global, democracia para todo el planeta. ¿Un poco utópico, no? 

Los museos deben ayudar a crear un caldo de cultivo donde se entienda lo que son las pruebas y lo que no son. 

La divulgación científica de los temas de Medio Ambiente son muy difíciles por varios motivos; el primero es la gran carga emotiva que los suele acompañar; el segundo es la enorme dificultad de ver los procesos completos y no solo una pequeña parte de los mismos y, por fin, el tercero es la falta de una ciencia madura que nos permita hablar con pruebas. La mayor parte de las veces lo que tenemos es tan solo aproximado. 

Para que se me entienda creo que lo mejor es poner unos ejemplos de lo que quiero decir. 

Carga emotiva. Si planteamos la pregunta de si tenemos que salvar al Panda, a la Ballena Jorobada, y guardar las semillas de los diferentes tipos de arroz, seguro que todo el mundo dirá que sí. Pero si les decimos que el dinero no es infinito y que tenemos que priorizar no sé cuál sería el orden en el que se pondrían esas tres cosas. Supongo que primero iría el panda debido a que los anillos en sus ojos le hacen aparecer como un cariñoso bebé, el segundo la Ballena Jorobada y el tercero el salvar el germoplasma del arroz. Sin embargo, si se mueren el panda y la ballena –siendo una pena y no deseable– el daño que se causa a la humanidad es mucho menor que si hay una enfermedad que ataque al arroz y tengamos que echar mano de viejas semillas que ya no se cultivan. Es decir, a mi me caben muy pocas dudas de que la prioridad está en el arroz. Sin embargo, me resulta muy difícil transmitirlo. Una prueba reciente la tengo en una charla que tuve con una compañera de trabajo. Al decir, lo que acabo de decir, y asegurar que tenemos que priorizar y dar a cada cosa un nivel distinto de importancia, me contesto «¿Es qué tenemos que elegir?». No creo que haga falta responder: ¡Claro que hay que elegir! Los medios de que disponemos son finitos y hay que priorizar. 

He hablado del arroz pero lo mismo podemos decir del trigo, la cebada, la avena o los plátanos. Al hablar de los platinos nos encontramos con otro problema, constituyen el alimento básico de muchos millones de personas, sin embrago no producen semillas. Todas las plantas que hay hoy en día proceden –casi con seguridad– de una planta que por alguna extraña mutación perdió sus semillas. Se ha propagado mediante esquejes. El resultado final es que casi todos los plátanos del mundo son clónicos. Es decir, que si hay una enfermedad que los ataque, ataca a todos. No hay casi diversidad genética. Digo «casi» pues en algunos centros de investigación del plátano han conseguido algunas semillas y ahora hay algunas variedades genéticamente diferentes.
 
¿Qué es más importante, dedicar dinero a conseguir nuevas variedades de plátano o a salvar al panda? 

Pocas dudas hay de que en este caso la carga emotiva impide la objetividad y su falta puede condenar a muerte a millones de personas. 

Visión parcial de los procesos. Los procesos relacionados con el Medio Ambiente suelen ser tremendamente complejos, con infinidad de implicaciones, lo que hace que tan solo veamos una parte de los mismos, sin ser capaces de ver la situación global. Un ejemplo pueden ser las centrales eólicas. Una pequeña parte del proceso es la de producir energía a partir del viento, que es gratis. Eso hace pensar que todo el proceso es gratis, cuando, obviamente, no lo es. Hacer los generadores consume energía, el mantenimiento consume energía, tienen una vida limitada y cuando hay que renovarlos se consume energía. Y, además, hay otro problema del que rara vez se habla, la energía eólica es imprevisible, lo que significa que es difícilmente gestionable. Sin embargo, las compañías eléctricas tienen que atender a la demanda, coincida o no con que el viento sople, lo que origina un hecho perverso. Para poder atender a la demanda de los usuarios incluso si el viento deja de soplar totalmente hay que tener centrales de otro tipo –normalmente de carbón, gas o de ciclo combinado– que están funcionando en un régimen de espera. No es el régimen óptimo. Esas centrales están consumiendo mucho más para poder atender a la eventualidad de que las eólicas dejen de producir. Es decir, que cuando vemos el proceso completo, ya no queda demasiado claro si el actual sistema de generadores eólicos contribuye a disminuir el consumo de combustibles fósiles o a aumentarlo2. Esa incapacidad de ver todo el proceso es la que nos lleva a equivocaciones mayúsculas. Otro ejemplo de esas equivocaciones mayúsculas es la de los biocombustibles. Se dijo que si hacíamos combustibles cultivando plantas, el CO2 que se producía al quemarlos era igual al que ellas habían extraído de la atmósfera y por tanto el balance era cero. ¡Idílico! Pero falso. Lo que no habían tenido en cuenta es que «la agricultura industrial moderna ha sido descrita como un sistema que utiliza la tierra para convertir petróleo en alimentos6» (Patric Hervie en el parlamento escoces). Es decir, la obtención de biocombustibles consume petróleo de muchas formas: en transporte, en abonos, en cultivo con maquinarias, en regadío, en cosechar, en transportar a destino, en transformar las plantas en biocombustible, ... ¿Cuál es el balance energético total? Depende de qué planta y dónde se cultive. Con caña de azúcar en Brasil parece que el cultivo es energéticamente rentable. Con maíz en Estados Unidos algunos cálculos dan que se consume más combustible que el que da y otro tanto ocurre con los cereales en Europa. Pero hay más meteduras de pata. Al no analizar el problema globalmente no se han dado cuenta de que muchos de los cultivos para hacer combustibles que utilizan en el primer mundo se han hecho usando las tierras que en el tercer mundo se usaban para conseguir alimentos. El resultado final ha sido la subida de los precios de los alimentos y del hambre de muchas personas. Además, por si todo esto fuera poco, se están desforestando grandes superficies para cultivar biocombustibles. ¡Mejor que nos lo pensemos de nuevo! 

Pero no trato de que nos flagelemos como habitantes del primer mundo. Trato de que se vea que no basta analizar un detalle del proceso (al arder el CO2 se quema el CO2 que antes se había obtenido de la atmósfera) sino todo el proceso, lo que es mucho más difícil. 

Para cerrar el circuito, tenemos el «efecto rebote» también conocido como «paradoja de Jevons» que, siguiendo a Wikipedia dice que «a medida que el perfeccionamiento tecnológico aumenta la eficiencia con la que se usa un recurso, es más probable un aumento del consumo de dicho recurso que una disminución1. Concretamente, la paradoja de Jevons implica que la introducción de tecnologías con mayor eficiencia energética pueden, a la postre, aumentar el consumo total de energía2». Esto lo vamos a ver con los diodos de iluminación LED. Consumen mucho menos, estoy seguro de que eso va a producir que se pongan muchas más luces y a la larga, se consumirá más.

Falta de una ciencia madura.

El tercer factor es el de la falta de una ciencia madura para podernos basar en pruebas y no en especulaciones. 

En los casos de la electricidad y de la astronomía de los que hablaba al principio, son ciencias maduras. Hay consenso entre los científicos de lo que sabemos. Por tanto, podemos acudir (mejor dicho, debemos) a un reduccionismo para hacerlo más digerible. Uno de los aspectos de la ciencia es disminuir la complejidad de la realidad, mediante modelos reduccionistas. No se trata de una palabra mala sino de una de las bases de la ciencia. En los modelos se reflejan los aspectos básicos y fundamentales y se dejan de lado los que no aportan algo al modelo. Por ejemplo, decimos que V=IR (Voltios = Intensidad x Resistencia), sin comentar las dificultades de la medida y no insistimos en cuestiones como la temperatura o la presencia de un campo magnético, que de hecho cambian la resistencia. Al pasar una corriente por un conductor este se calienta y entonces cambia su resistencia. Por tanto, la ecuación tendríamos que escribirla como una función del tiempo... Eso sería más real pero introduciría una complejidad que lo haría menos efectivo que el modelo reduccionista. 

Pero cuando estamos ante una ciencia inmadura, el reducir la complejidad es muy difícil pues no sabemos lo que es fundamental, lo que son errores de medida, lo que es accidental... 

Para complicar todavía más las cosas, no solo se trata de una ciencia inmadura; es que también es una ciencia, casi por definición, que debe contemplar muchos factores muy complejos, muchos de los cuales ni son ciencia ni es previsible que lo sea en los próximos años, tales como los aspectos políticos. 

Medio Ambiente, energía y materias primas no son nada más que diferentes caras de un mismo fenómeno. Por tanto, permitidme que hable un momento de energía.

¿Nucleares si o no? Me resulta increíble que a día de hoy todavía no haya un consenso sobre lo que hay que hacer. 

Todavía me preocupa más que la mayoría de nuestros políticos –los que toman las decisiones por nosotros– se basa en intuiciones (emociones), no sean capaces de ver los procesos completos y desconfíen de la metodología de la ciencia.
 
Debemos lograr hacer una política basada en pruebas y consensuada democrática y, en muchos casos, globalmente. Pero esto que es muy fácil de decir es tremendamente difícil de hacer. 

¿Qué deberíamos hacer? 

Supongo que en las líneas anteriores he dado unas pinceladas de la dificultad que hay para introducir los temas de Medio Ambiente en los museos de la ciencia sin caer en la simpleza. La pregunta obvia es: ¿y qué podemos hacer? 

Creo que debemos tratar de que los visitantes de nuestros museos aprendan algo de lo que implica la prueba, que sepan diferenciar el grano de la paja.
 
Una primera tarea muy importante es que aprendan lo que es la ciencia. Tratar de que lleguen a entender que la ciencia es un método que nos aproxima a la realidad. Que la realidad nunca se alcanza pero que es la mejor forma de aproximarnos a ella. Hay que dejar muy claro que dentro del método hay varios puntos esenciales como son la necesidad de publicar en revistas con arbitraje para someterse a la crítica de los pares y la necesidad de repetir los experimentos. 

Este punto me parece esencial en el tema que nos ocupa pues es habitual oír en los medios cosas como «un científico de la organización ecologista X ha llegado a la conclusión de que los transgénicos de la multinacional Y ha producido...». Debemos transmitir con toda claridad que los científicos se equivocan, sean de una organización ecologista o no, y que el método científico minimiza las equivocaciones, que por eso la opinión de un científico sea de un grupo ecologista o Premio Nobel no vale nada si no va acompañada de la crítica y de los experimentos.
 
Las verdades absolutas no existen, pero el relativismo cultural es una estupidez. Alguna vez me he encontrado con que al decir que las verdades absolutas no existen mis oyentes han interpretado como que todas las ideas tienen algo de buenas. Es decir, han caído en un relativismo cultural con el que no estoy en absoluto de acuerdo. 

He oído hasta la saciedad el que «pues los científico también se equivocan» y muchas veces me han sacado a colación lo de que antes el aceite de oliva era malo y que ahora es bueno. Me cuesta horrores explicarles que eso es la ciencia. La ciencia evoluciona. Y que, además, el ejemplo que me están poniendo es falso. El consenso científico lo que dijo es que comer grasas aumentaba el colesterol, lo que es cierto, y después afinó y dividió las grasas en dos tipos, unas buenas y otras malas. Es decir, que la ciencia no se equivocó. La ciencia se refinó. 

Por otra parte, si se hubiera equivocado no pasaría absolutamente nada, la ciencia se equivoca. 

Lo que me resulta muy difícil de transmitir es que si la ciencia –con toda una metodología para evitarlo– se equivoca, cualquier otra cosa se equivoca mucho más y, por lo tanto, el sentido común nos debería decir que tendríamos que hacer caso a lo que esta dice. 

Tenemos que convencer a nuestros visitantes de que aunque todas las personas son respetables, no todas las ideas son respetables y que hay una gradación de credibilidad. No es lo mismo un artículo publicado en la revista de «Los amigos de las lagartijas z» que en Science o Nature. 

Hay varios científicos que dicen que el cambio climático no es antropogénico y sus argumentos son de peso. No son ni trivialidades, ni charlatanería. Pero debemos explicar a nuestros visitantes que la ciencia es en gran parte consenso. Si la mayor parte de los que han estudiado el tema están de acuerdo en que hay una componente antropogénica en el cambio climático, lo más razonable es pensar que es así, aunque haya voces en contra. Voces que son tremendamente positivas, pues van a obligar a refinar los argumentos y, en última instancia, a lo mejor son los que llevan razón. Nunca se sabe. Pero debemos actuar de acuerdo con el consenso de la mayoría científica.
 
Por otra parte, hay que explicar la red de acontecimientos que confluyen en una hipótesis. En el cambio climático, no se trata tan solo de unos detalles en unas pocos sitios, o de correlaciones entre temperatura y CO2. Se trata de toda una cadena de hechos diversos que confluyen en el mismo sitio: disminuyen los glaciares, la línea de nieve en el Kilimanjaro se eleva, aumentan las temperaturas medias, sube el nivel del agua, disminuye el tamaño de las ovejas del norte de UK, hay más CO2, metano y otros gases de efecto invernadero en la atmósfera, ... 

Cuando la red se hace muy densa, la hipótesis se hace muy sólida. Y esa es la actual situación con este tema.  
 
Las decisiones deben basarse en pruebas.

Esto ya lo había dicho, el problema es que muchas veces no sabemos muy bien cuál es la prueba, sobre todo en temas complejos como el que nos ocupa, y cuando hay opiniones contrapuestas muchas veces nos lleva a la paralización. Esto lo hemos vivido recientemente. Como no era seguro que el cambio climático era de origen antropogénico, no hacíamos nada. Pero a pesar de que no era seguro las pruebas apuntaban a que había más posibilidades de ser cierto que de ser falso, por tanto lo coherente es hacer aquello que es más probable. O dicho de otro modo, las decisiones deben basarse en las mejores pruebas de que dispongamos en cada momento, aún a sabiendas de que hay una cierta posibilidad de que nos equivoquemos
 
Las dudas no deben paralizarnos.

Como corolario a lo anterior se desprende que las dudas no deben paralizarnos. Hay que actuar. Lo que puede ocurrir es que dependiendo del nivel de incertidumbre las decisiones pueden ser unas u otras. 

El riesgo cero no existe.

Este es otro hecho que es muy difícil de transmitir a la sociedad. A todo le pedimos la seguridad absoluta, sin darnos cuenta de que 1) La seguridad absoluta no existe. 2) Demasiada seguridad lleva a encarecimiento de los productos/acciones. 3) la seguridad absoluta lleva a la paralización total: ante la duda, no hacemos nada.

En el debate medioambiental es muy habitual escuchar la idea de «riesgo cero». Por poner un ejemplo, los transgénicos. Muchas personas no los admitirán «hasta que no hay ningún riesgo». Decir eso, y decir que no a los transgénicos es lo mismo.
 
Es evidente que no podemos dejar temas como los transgénicos al albur de unas empresas cuyo objetivo último es exclusivamente el beneficio. Ni podemos hacerlo ni lo hacemos. En casi todos los países hay unas leyes y unas agencias de control que se encargan de que los productos que salen al mercado sean «razonablemente» seguros.
 
Lo emotivo, lo humano, es pensar en que el riesgo debe ser cero. Con casi todos los inventos de la humanidad ha habido momentos en que se ha pensado que el riesgo era excesivo. Por ejemplo, cuando se hicieron los primeros trenes se dijo que ningún cuerpo humano podría aguantar ir a aquella enorme velocidad de 17 km/h. Cuando se pusieron los primeros teléfonos públicos se dijo que serían un foco de infecciones tremendo.
 
Hoy nos resulta evidente que aquellos miedos estaban injustificados, pero no somos conscientes de que estamos haciendo lo mismo con las nuevas tecnologías: transgénicos, nucleares, hornos de microondas, teléfonos móviles, redes Wifi, líneas de alta tensión, ... 

Debemos explicar muy claramente que riesgo cero es igual a paralización. Y debemos explicar que el nivel de riesgo que estamos dispuestos a asumir debemos decidirlo democrática y racionalmente; sin dejarnos llevar por emociones. 

Y vuelve a salir el tema de la emoción. 

Eliminar la emoción.

Tal como veíamos en el párrafo anterior, la emoción, tan querida de algunos gurús empresariales es mala consejera para tomar decisiones razonables. Debemos formar en la idea de los debates deben ser fríos y objetivos y basarse en datos. Pero esto es muy difícil de hacer. 

Una idea que alguna vez se me ha ocurrido es usar la emoción para eliminar la emoción. O dicho de otro modo, utilizar la emoción para conseguir transmitir ideas más objetivas. 

Por ejemplo, estoy un poco cansado de la llamada a arcadias que nunca existieron. «Qué bien que comían nuestros abuelos», «tenían salud», «el siglo XX ha sido un desastre», ... No me cabe la menor duda de que en el siglo XX hemos hecho barbaridades importantes, pero eso no debe llevarnos a olvidarnos de sus logros.
 
En cierta ocasión se me ocurrió hablar de que aunque los anestésicos, como el gas de la risa, empezaron a usarse en siglo XIX, realmente su difusión en los quirófanos es del siglo XX. Y les ponía una diapositiva mostrando el taller de un dentista sacando una muela ¡sin anestesia! 

Les hacía pensar en el dolor. La emoción creada era fuerte. 

Después les hablaba de que una vez operado, no había antibióticos y la panoplia de desinfectantes era tremendamente limitada. Les contaba que la mayor parte de los muertos en duelos no lo eran por el corte de la espada sino por las infecciones. 

Les hacía pensar en infecciones.

Esa carga emocional me servía para poner de manifiesto los grandes avances en medicina que ha producido el siglo XX. Una de las consecuencias de los avances en medicina ha sido el cambio climático. ¡Sorpresa! ¿Qué tienen que ver los avances en medicina con el cambio climático? La respuesta es sencilla: en 1900 había 1 700 millones de habitantes, hoy nos estamos acercando a los 7 000. Ello ha sido posible gracias a que la ciencia y la tecnología han proporcionado una vida media más larga, y han logrado que se produzcan alimentos para todos. Sin la Revolución Verde hoy la población del mundo sería la mitad. Sin los frigoríficos que permiten conservar alimentos y transportarlos de un lado a otro, la población sería mucho menor... 

7 000 millones de habitantes contaminan mucho. Incluso con tecnologías lo más limpias posibles. Es imposible, no hay recursos suficientes, para que todos los habitantes del planeta consumieran lo que una persona media de Europa. 

Y después la pregunta emotiva: ¿Y por qué ellos –los menos favorecidos– deben consumir menos que nosotros? 
 
La ciencia puede encontrar soluciones pero necesita tiempo y dinero.

Otro mensaje que intento transmitir es que la ciencia es capaz de encontrar soluciones a muchos de los problemas, pero la ciencia no es magia. La ciencia necesita tiempo y recursos. Y, sobre todo, la ciencia necesita que se la escuche, pero de eso hablaré en otro apartado. 

Recuerdo que en el año 2002 se hundió el petrolero Prestige en las costas gallegas y que yo fui allí con un equipo de kutxaEspacio para hacer un vídeo y hablar lo más objetivamente posible de lo que había ocurrido, sus consecuencias, si iba a influir en Guipúzcoa o no, y cuáles serían las soluciones. 

Recuerdo que hablando con un científico del Instituto Español de Oceanografía de Vigo se mostraba muy enfadado. Ahora los políticos quieren una solución inmediata. Me están llamando a todas para que hagamos algo. Y entonces dijo la frase con la que he encabezado este aparatado: No se dan cuenta de que la ciencia claro que puede buscar soluciones; pero la ciencia necesita tiempo y recursos. Ni lo puede hacer inmediatamente, ni lo puede hacer sin recursos. 

Así de simple. La ciencia puede estudiar el problema y puede apuntar soluciones, pero necesita tiempo y recursos y, por mi cuenta añado otra cosa: y necesita que se le haga caso. De nada sirve que haya un cierto consenso científico en que las pruebas que se exigen a los transgénicos –por poner un ejemplo– son suficientes si después los políticos los prohíben. 

Aquí nos encontramos con un problema de credibilidad. La ciencia ha perdido credibilidad. Y al hacerlo no solo ha perdido la ciencia, hemos perdido todos. 

He estado en debates televisivos donde me han dicho que los culpables de todos los males los tiene la ciencia y la tecnología, que son intrínsecamente malas. 

Lo malo no es que lo digan algunas personas; lo malo es que sea una creencia generalizada. 

Algunos grupos ecologistas están usando la ciencia del peor modo posible. Si los artículos dicen lo que los quieren oír, son buenos; si los artículos dicen lo contrario es que «están vendidos a las multinacionales», y quien dice a las multinacionales dice a «los poderes fácticos» sea eso lo que sea. 

Es el viejo truco del «cara gano yo, cruz pierdes tú». 

Soy de los que están convencidos de que la ciencia y la técnica pueden aportar soluciones, pero para ello se necesita tiempo, dinero y credibilidad. Dinero y credibilidad van de la mano. Si la ciencia tiene prestigio conseguirá dinero, sino no. 

Por eso me parece muy importante explicar lo que es la ciencia y cómo se llegan a los consensos científicos. Explicar que los científicos son como los demás humanos, con sus pasiones, sus filias y sus fobias. Y tenemos que lograr que allá alguna institución científica que tenga credibilidad para hablar del Medio Ambiente. 

Recientemente se ha celebrado el cuadragésimo aniversario de que los humanos pusiéramos un pie en la Luna. Y me ha puesto muy triste descubrir que hay un gran porcentaje de personas que creen que aquello fue un montaje. En mi encuesta particular entre mis conocidos llega casi al 50%. Me preocupa, no por el hecho en si de haber pisado o no la Luna; me preocupa porque por detrás lo que esconde es una desconfianza total en el sistema tecno-científico. Es algo así como afirmar que la ciencia es corrupta y persiguen fines inconfesables por definición. 

O cambiamos esa percepción u ocurrirán dos cosas. La primera es que no lograremos encontrar soluciones por falta de fondos o por falta de vocaciones científicas. La segunda es que aunque encontremos las soluciones no se aplicarán. 

E incluso hay un tercer problema, que se crean que la solución existe pero que hay una conspiración de silencio. De eso quiero hablar ahora. 

El secretismo oficial. Las teorías conspiranoicas.

Suelo usar el servicio del taxi muy a menudo y, además, tengo un pequeño grupo de taxistas que son los que me suelen llevar a todas partes. Recientemente, uno de los taxistas, que me conoce y sabe que me dedico a la divulgación y que me ha visto en la tele y oído por la radio, me preguntó sobre los coches de hidrógeno. Me explicó que ya había algunos taxis en Donosti[3] con él.

Le di mi opinión, que grosso modo es que a mi me gusta mucho más la idea de tener coches totalmente eléctricos. 

Seguimos hablando y entre los muchos que salieron uno de ellos fue el del famoso «coche del agua» y me dijo algo así como que en cuanto las petroleras quieran, sacaran el coche de agua, que ahora lo tienen retenido para evitar arruinarse al no vender petróleo. 

Una vez más, el que lo diga una persona no es demasiado preocupante. Lo preocupante es que hay un porcentaje no despreciable de la población que cree lo mismo. Cree en gobiernos secretos y en conspiraciones para sacarnos el dinero.
 
Lo peor de todo es que creen que la solución existe, pero que no la quieren sacar. Es decir, no se necesita dinero para investigación pues la solución ya existe y no queremos ser marionetas de los que nos mandan. 

La postura es tremendamente peligrosa, pues podemos paralizar toda la investigación. 

Es muy importante que eduquemos en que la ciencia se publica, incluso que vean que las patentes lo que hacen es publicar los descubrimientos. No solo protegen al autor de que otros copien sus ideas, también protege a la sociedad para que una buena idea no se pierda

Esto me lleva a otra reflexión. Temas intrascendentes y aparente inofensivos como que en un programa de televisión defiendan que los ovnis nos visitan, pero que «los gobiernos» nos lo ocultan, vuelve a tener importancia no porque crean en extraterrestres o no, sino por la desconfianza que introduce en el sistema.
 
Yo me pregunto: ¿Por qué querrían los gobiernos ocultar que vienen naves extraterrestres? 

Faltan modelos a seguir. Estimuladores de vocaciones.

Habitualmente el cine y la televisión muestran al científico como un friki retraído, con gafas, solitario y al que le va mal con las relaciones sociales y mucho peor en los amoríos.
 
Esa es una imagen tremendamente negativa que hace que los jóvenes ni siquiera piensen en una carrera de ciencias. 

Creo que es nuestra obligación cambiar esa imagen. Mostrar al científico como una persona normal, con relaciones normales y amores normales. 

En ese sentido, recientemente, en un colegio, el profesor, amigo mío, llevó a un joven investigador, de los de éxito, que trabaja en un centro investigador en Alemania, para que contase a su clase lo que era un científico. Fue a dar su charla en un coche potente, es joven, bien parecido, sin gafas, simpático, y al salir vino a recogerle su esposa que es una mujer muy guapa. Me decía el profesor que, al margen de lo que dijo, que lo hizo muy bien, lo más positivo había sido que los alumnos vieron que era una persona de éxito, que conducía un coche potente y que tenía una mujer guapa. 
Por supuesto, que si hubiera sido una mujer científico, la situación paralela hubiera sido igual de válida.
 
Pienso que organizar charlas y conferencias con jóvenes investigadores de éxito es una de las mejores formas de eliminar la imagen negativa del investigador y conseguir vocaciones para el Medio Ambiente. 

En vez de dar un pez, enseñar a pescar.

Presentar las herramientas para pensar críticamente. 

A pesar de las dificultades, podemos tratar de hacer una lista de lo que tiene alguna base en los temas del Medio Ambiente y de lo que no la tiene. Pero con eso lograríamos que los alumnos (visitantes) supieran lo que hoy se basa en pruebas, pero no lograríamos nada respecto a las nuevas pseudociencias medioambientales que surgen día a día. 

Hacer la lista sería equivalente a darles un pez, cuando lo que de verdad necesitan es que les enseñemos a pescar. Dotarles de unas herramientas que les permitan diferenciar la ciencia de la pseudociencia. 

Hacer un examen detallado de las herramientas para pensar críticamente se sale del objetivo de este trabajo; simplemente quiero dar unas pinceladas. 

[]1. ¿Quién hace la afirmación? ¿Dónde se ha publicado? ¿Es una revista con arbitraje?*] No creo que haga falta incidir en lo que esto significa, pero sí quiero destacar el hecho de que la mayor parte de las veces los medios se dirigen a asociaciones ecologistas muy populares. Debemos dejar claro que esas asociaciones muchas veces no son nada más que fanáticos carentes de toda base científica. Hay que insistir en lo ya dicho, la ciencia –las pruebas– no son lo que diga un científico; es necesario la publicación en revistas con arbitraje, son necesarias las réplicas y son necesarias las experiencias de falsación o de validación. Lo demás son palabrería. Y quizá no estuviera de más destacar el hecho de que muchas asociaciones ecologistas, con la mejor voluntad del mundo, caen en la idea básica del fascismo, que el fin justifica los medios. «No dejo salir un tren con residuos nucleares porque yo creo (es mi verdad) que son malos para el medio ambiente». Creo que hay dejar muy claro que una cosa son las manifestaciones legales para defender una idea y otra absolutamente distinta saltarse la ley porque estamos en posesión de la verdad y «lo que hacemos es justo».

[]2. Pensamiento anacrónico.*] Uno de los rasgos de las pseudociencias es el pensamiento anacrónico. Una de las manifestaciones más claras es la de lo «natural». Es asociar lo «natural» a «bueno». Es bastante obvio que natural, lo que se dice natural prácticamente no queda nada. El ser humano ha modificado todo. Para empezar todo lo que comemos es el producto de selección artificial. La agricultura fue esencialmente una selección de las mejores semillas. Hablar de lo natural como lo bueno, o de agriculturas antiguas —dándoles un nombre nuevo— como las deseables es un pensamiento anacrónico.

3. Justificación por coleccionismo. No se buscan las ideas profundas que justifican un pensamiento, simplemente se coleccionan ejemplos. Es obvio, que yo puedo coleccionar ejemplos de lo que quiera: que las centrales nucleares son excelentes o que son el diablo.

4. Hipótesis irrefutables. Si las hipótesis que se nos plantean son irrefutables, es decir, no hay ninguna experiencia capaz de rechazarlas, estamos ante un caso de fe sin pruebas. En nuestro caso el temor a los transgénicos no tiene ninguna prueba. Es miedo irracional. Irrefutable.

5. La pseudociencia no envejece. Pasan los años y lo que se dice es lo mismo. No hay un ápice de cambio. Eso nos debe hacer sospechar de que estamos ante una creencia sin pruebas. La ciencia de verdad evoluciona.

6. Pensamiento anacrónico. Ideas antiguas. Por ejemplo, gran parte de las ideas de lo buena que es la naturaleza no son nada más que religiones animistas recicladas. Por ejemplo, cuando se habla de lo malo que son los transgénicos se olvidan de que la naturaleza ha estado haciendo transgénesis durante toda la evolución. Hoy sabemos que el trasvase horizontal de genes entre especies (muchas veces por infecciones de retrovirus) son lo habitual y no la excepción4.

7. Justificación en teorías conspiranoicas. «Las multinacionales ocultan el motor de agua». «Las multinacionales saben que es malo pero lo único que quieren es ganar dinero».

8. ..
 
La paradoja de Jevons.

Extraigo la definición de la Wikipedia: «La paradoja de Jevons, denominada así por su descubridor, William Stanley Jevons, afirma que a medida que el perfeccionamiento tecnológico aumenta la eficiencia con la que se usa un recurso, lo más probable es que aumente el consumo de dicho recurso, antes que disminuya. Concretamente, la paradoja de Jevons implica que la introducción de tecnologías con mayor eficiencia energética pueden, a la postre, aumentar el consumo total de energía». 

Esta paradoja es terrorífica pues lo que nos está diciendo es que los esfuerzos por disminuir el consumo energético se va a traducir en un aumento del mismo. 

Le he dado mil vueltas a esta paradoja, par ver como podemos librarnos de ella y la verdad es que cuanto más pienso en ella más correcta y terrorífica me parece; pues en el fondo lo que está diciendo es que el problema energético no tiene como solución una mejora de las tecnologías, lo que nos lleva a pensar que la única solución es un cambio de modelo social; pero ¿quién le pone el cascabel al gato? 

Observaciones finales
 
Nuestro museo no está dedicado al Medio Ambiente como tal, pero como una institución dedicada a la divulgación de la ciencia, ese tema siempre ha estado muy presente. 

Por ejemplo, tuvimos unos experimentos relacionados con el ciclo del agua y la necesidad de aprovecharla; bombillas de bajo consumo, ... En estos momentos tenemos uno relacionado con las células de combustible. Hemos tenido exposiciones temporales sobre el agua y su ahorro. Además, estamos realizando una nueva exposición permanente dedicada a la energía y Medio Ambiente. 

Por otra parte, un museo interactivo de la ciencia es mucho más que un lugar con un montón de «módulos interactivos», también forman parte del mismo la divulgación en los medios –radio, televisión, prensa y blogs– y con cursos de verano, conferencias, talleres, charlas y tertulias científicas. Nuestra actividad ha sido muy intensa en todas esas formas de comunicarnos con el público y en todos hemos dedicado parte de nuestro tiempo a explicar los avances de lo que era bueno para el Medio Ambiente y en concienciar de que hay que cuidar el planeta e ir hacia una economía más sostenible.
 
Nuestras intervenciones en los medios, con temas de divulgación, han superado las quinientas intervenciones/año y en ellas un 10% aproximadamente estaban dedicados a temas energéticos y de Medio Ambiente. 

Hemos colaborado habitualmente en Radio Nacional (RN1 y RN5), Onda Cero (cadena nacional y Euskadi), Radio Popular de San Sebastián, Radio Vitoria, Radio Donosti, Diario Vasco, Teledonosti, Localia, Hogar Útil, Canal 6 Navarra, ETB, Heraldo de Aragón, blog Diario Vasco, página web Elhuyar... 

Bibliografía 

La teoría de Hubbert sobre el pico del petróleo. http://es.wikipedia.org/wiki/Asociaci%C3%B3n_para_el_Estudio_del_Pico_del_Petr%C3%B3leo_y_del_Gas
Lozano Leyva, Manuel. Nucleares, ¿por qué no?.Editorial Debate. Barcelona 2009
Goleman, Daniel. La inteligencia emocional. Kairos. 1996
http://es.wikipedia.org/wiki/Teoría_del_pico_de_Hubbert
http://www.crisisenergetica.org/article.php?story=20080123084041120&query=2005
http://www.crisisenergetica.org/ficheros/boletin_ASPO_junio_2008.pdf  

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Tierra Bola de Nieve 2015-02-17


Publicado en el Diario Vasco. Big Bang el 28 de enero de 2015

*[La aparición de los animales complejos hace 715 millones de años pudo congelar la Tierra*]

Hace 715 millones de años la Tierra empezó a congelarse hasta convertirse en «una bola de nieve». La temperatura media en el ecuador era de veinte grados bajo cero. Así estuvo 120 millones de años. Cuando la Tierra volvió a ser un lugar cálido, la vida animal había cambiado considerablemente. Antes, el animal más complejo que había era la esponja, que como todos podemos apreciar, es sumamente simple. Después aparecen animales más complejos, que reciben el nombre de biota del periodo Ediacárico, que son formas de animales tubulares «sésiles», que viven arraigados en un punto concreto, algo similar a lo que pasa con los mejillones, se mueven de jóvenes, pero terminan fijándose a una roca de la que no se mueven en toda su vida.
La aparición de los animales complejos tras la glaciación global, ha producido hipótesis muy distintas. Por ejemplo, Boyle nos dice que tras la congelación, los únicos lugares donde podía subsistir la vida era en fumarolas del fondo del mar, que son espacios muy limitados. Esa limitación obligó a la convivencia y a la cooperación. De esa cooperación surgen las células animales. Células que colaboran y trabajan en sociedad. Esencialmente, un animal es un conjunto de células que trabajan en común. Según Boyle, la congelación produjo en las células el altruismo necesario para la vida animal.

Es sugerente que la colaboración surgiera de un estado de inmensa precariedad. Pero no todo el mundo está de acuerdo. Hay otro grupo de geólogos que dice lo contrario: que fue la aparición de los animales complejos los que produjeron la glaciación global. La Tierra se convirtió en un carámbano debido a los animales. Butterfield da muchos argumentos en favor de esta última idea, pero detallarlos todos sería excesivo para esta columna. Básicamente todas las ideas tienen algo en común: los nuevos animales microscópicos tienen una concha que necesita CO2 para fabricarse. Absorben CO2 de la atmósfera y a su muerte sus esqueletos lo llevan al fondo del mar. De la atmósfera al fondo del mar. El CO2 atmosférico disminuye y esa es la catástrofe: disminuye el efecto invernadero y la Tierra se congela.

Los niveles de CO2 de aquella época eran similares a los de hoy, pero el Sol brillaba un 6% menos por lo que, para lograr la misma temperatura media, se necesitaba mucho más CO2 que el actual.
Es paradójico que una disminución del CO2, al que hoy atribuimos todos los males del cambio climático, fuera el responsable de una Tierra congelada.

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La divulgación científica, clave para la democracia del siglo XXI 2015-02-12



(Texto de una conferencia que impartí a lo largo del año 2009): TEXTO MUY LARGO.

Prof. Dr. Félix Ares



LHC o el fin del mundo

La extraña sigla LHC significa Large Hadron Collider, es decir: Gran Colisionador de Hadrones. El nombre es extraño pues las palabras hadrón y colisionador no son habituales. No se utilizan en el lenguaje del día a día. Colisionador, podemos intuir que se trata de algo que produce colisiones. Lo intuimos y acertamos. En cuanto la palabra hadrón ya es más complicada, ¿tendrá que ver con «ladrón»?, «Gran Colisionador de Ladrones»? No, no parece que tenga mucho sentido. Entonces empezamos a recordar cosas que nos contaban en el colegio: electrón, protón, neutrón. Las partículas que forman un átomo, todas terminan en «ón» y dos de ellas terminan en «rón». ¿Hadrón tendrá que ver con las partículas subatómicas? Sí. Así es. Se llaman hadrones a un grupo de partículas subatómicas, entre las que se encuentran los protones que, recordemos, son las partículas con carga eléctrica positiva que forman parte del núcleo de cualquier átomo.

Ya empezamos a intuir que el Gran Colisionador de Hadrones se refiere a una gran máquina que hace chocar entre sí (colisionar) partículas subatómicas; por ejemplo protones.

En la primera quincena de septiembre de 2008 la mayor parte de las personas del mundo oyeron hablar del Gran Colisionador de Hadrones, una enorme máquina que se ha construido cerca de Ginebra, en la frontera entre Suiza y Francia. Se trata de un túnel circular de 27 km de circunferencia con el que se van a hacer chocar entre sí protones lanzados a velocidades próximas a la de la luz. Se trata de la mayor máquina jamás construida. Y resulta que su objetivo es teórico, no tiene una utilidad práctica inmediata. Con ella se pretende entender mejor la física de partículas subatómicas. Y más concretamente, se pretende buscar una partícula que se llama «bosón de Higgs». Una partícula que según la teoría más extendida sobre la composición de la materia es la responsable de la masa de los átomos.

Es sorprendente que un tema tan tremendamente teórico, de repente se hiciera popular. ¿Por qué? El día 10 de septiembre de 2008 se iba a poner en marcha por primera vez. Los protones darían sus primeras vueltas a lo largo de la circunferencia del LHC. Pero esa no podía ser la razón, pues un año antes, concretamente en mayo de 2007, había habido un primer intento, que fracasó por una fallo en uno de los pernos de sujeción, y la noticia, aunque fue publicada por los periódicos, apenas tuvo impacto en el público. ¿Cuál era la diferencia entre la prueba del 2007 y la del 2008? Por desgracia, la diferencia era que en esta ocasión los periodistas habían escuchado a un científico, el único entre decenas de miles, que decía que uno de los resultados de la colisión de los protones podría ser nada menos que el fin del mundo. Este científico, insisto que uno entre decenas de miles, decía que un resultado de la colisión sería la creación de un agujero negro que «chuparía» toda la tierra.

Los titulares de la prensa se hicieron eco de las declaraciones de ese científico. He elegido unos pocos, al azar.

El periódico «El Morro Cotudo, el diario ciudadano de Arica Parinacota» titulaba: «Vea el fin el mundo en directo y por Internet».
«Cadena Global.com de Caracas titulaba: «¿Se acabará el mundo el miércoles?».
«ExOnline»: «Experimento científico podría ocasionar el fin del mundo».
«Rioja2.com»: «¿El fin del mundo?».

Hoy es bastante habitual que la versión electrónica de los periódicos permitan que los lectores opinen. Esto me permitió «husmear» en diversos periódicos y los comentarios que leí eran más o menos así:

Casi un 50% despotricaba científicos y decían:

«¿Si no están seguros por qué lo hacen?»
«El peligro es inmenso»
«¿Quiénes se creen que son?»
«¿Por qué tirar el dinero, con el hambre que hay?»

Entre los que no estaban en contra los comentarios eran de este tipo:

«¿Y esto para qué sirve?»
«Caprichos de científicos que no sirven para nada»

Solamente unos pocos mensajes decían lo que la gran mayoría de los científicos pensaban: que no había ningún peligro, y lo hacían con dos argumentos básicos; el primero es «histórico»: continuamente nuestra atmósfera está siendo bombardeada por partículas de altísima energía que nos llegan en los rayos cósmicos. Algunas de esas partículas, no muchas, chocan con velocidades superiores a las que van a chocar en el LHC y el fin del mundo no ha ocurrido. Por lo tanto, no hay ningún motivo para pensar que ahora va a ocurrir otra osa. El segundo argumento se refería al famoso «agujero negro». Para la mayor parte de la gente el agujero negro tiene un cierto atractivo, pero se le considera algo así como un aspirador de masa que chupa todo lo que hay a su alrededor. Los científicos el CERN (Laboratorio Europeo de Física de Partículas), responsable del proyecto, decían que sí, que es posible que en las colisiones se creara un miniagujero negro; pero que inmediatamente se evaporaría, por un tema de mecánica cuántica que se llama radiación de Hawkins.

En los periódicos que admitían la valoración de los mensajes por parte de los lectores, estos últimos mensajes (los que explicaban el pensamiento científico) fueron tremendamente mal valorados.

Inmediatamente a mí me vino una pregunta: Si ese día se hubiera sometido a votación
¿Se habría hecho el LHC? Para mí la respuesta es clara, los votos habrían dicho que no. Lo que me lleva a un montón de reflexiones. La primera es que el dinero para hacer el LHC ha salido de los bolsillos de los ciudadanos, parte de él de mi bolsillo, y como tal quiero tener derecho a decidir sobre qué se hace con él. Es decir, estoy a favor de que los ciudadanos digan a qué dedican su dinero. Pero la segunda reflexión es más triste: si los ciudadanos son los que controlan lo que se investiga casi con seguridad que no se habría construido el LHC; pero si vamos a la historia casi con seguridad que no se hubieran lanzado satélites artificiales, no se habría investigado sobre el láser, ...

¿Y a qué habríamos dedicado el dinero? Por lo que leo en los foros de los periódicos estoy convencido de que la ciudadanía se decantaría por investigar sobre temas claramente seudocientíficos, como son el famoso «motor de agua», la «fusión fría», la acupuntura o la homeopatía...

Soy un usuario habitual de taxi y tengo un puñado de taxistas que me llevan habitualmente en largos viajes; por ejemplo desde San Sebastián a Cuenca. En esos viajes se habla de todo. Y uno de los temas habituales con ellos es el motor de agua, y siempre surge la misma idea: «la multinacionales lo tienen oculto para que no nos beneficiemos. Para vendernos petróleo». Hay una versión más suave que lo que dice es que las petroleras ya tienen a punto el sustituto del petróleo pero que no quieren sacarlo para seguir vendiendo su producto.

En cuanto a la acupuntura o la homeopatía; basta que en una de mis conferencias hable de homeopatía para que varias manos se levanten para intervenir airadamente: «Pues diga usted lo que diga a mi me funciona». «A ver si se entera usted de los artículos científicos que demuestran que funciona». «Usted dice que es "efecto placebo" pero también funciona con niños y con animales que no se dejan sugestionar»... El tema de esta charla es la divulgación científica, no la homeopatía así que no voy a insistir en el hecho de que los principios de la homeopatía son absurdos, una magia simpática sin sentido y que en tests doblemente ciegos nunca ha funcionado.

Así que tengo un enorme dilema. Por un lado, como demócrata, creo que es la ciudadanía, el que paga sus impuestos, el que debe dirigir lo que se investiga. Por otro lado, como investigador, estoy convencido de que la mayor parte de los grandes descubrimientos que han cambiado, para mejor, nuestras vidas nunca se habrían subvencionado con un sistema en el que los ciudadanos votasen directamente qué investigar. ¿Qué podemos hacer?

Buscando las raíces del problema

Es obvio que lo que tenemos que hacer es encontrar las causas del problema. Y creo que no descubriré ningún secreto a nadie si digo que la causa principal, aunque no la única, es el desconocimiento de estos temas: 1) Ideas básicas de ciencia. 2) Cómo funciona la ciencia. 3) Diferenciar lo que es ciencia de lo que no lo es.

A continuación voy a dar unas pinceladas de cada uno de esos puntos. No se trata de definir con exactitud cada uno de ellos sino de poner unos ejemplos que ayuden a entender lo que quiero decir.

1. Ideas básicas de ciencia. Por ejemplo: la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Al quemar gasolina, se oxida y al se desprende la energía de sus enlaces químicos. Pero el agua no arde. ¿Dónde está la energía en el agua? El motor de agua se viene abajo como un castillo de naipes. Obviamente, el agua, como toda masa, es un concentrado de energía, de acuerdo con la famosa ecuación de Einstein E=mc2. Pero para obtener energía de la masa se necesita o bien un reacción de fisión o bien una de fusión. Pero no creo que estemos hablando de eso cuando se habla del motor de agua.
2. ¿Cómo funciona la ciencia? Se pregunta a la naturaleza mediante experimentos y ésta responde. Para saber si el experimento se ha realizado adecuadamente debe publicarse, para someterse a escrutinio de los que saben (los pares) y alguien debe repetirlo. La opinión de una sola persona, por sabia que sea, no vale nada. Lo que es relevante es el consenso que se obtiene por acumulación de experimentos. Si no hay ninguna forma de hacer un experimento que demuestre que la hipótesis es incorrecta, eso no es ciencia. Bajo estos parámetros, la homeopatía se viene abajo inmediatamente.
3. Diferenciar ciencia de lo que no lo es. La ciencia es un método de trabajo. Los que no se someten al método no hacen ciencia, aunque lo parezca. La oposición a los alimentos transgénicos, por ejemplo, es más visceral que otra cosa. Se habla de que son malísimos, el demonio en persona, pero ¿dónde están las pruebas de sus maldades? Como pasa casi con todo, habrá transgénicos malos y habrá transgénicos buenos. Se podrán fabricar transgénicos beneficiosos y transgénicos perjudiciales. Lo que es difícil de digerir es que se prohíba una tecnología altamente prometedora simplemente porque «podría» ser malísima. Evidentemente, no podemos permitir que cada cual haga lo que le de la gana. Hay que exigir una serie de garantías que minimicen los riesgos y si nos los vamos a comer hay que exigir pruebas de que son inocuos. Lo que debemos hacer es definir qué pruebas debemos exigir para permitir que se utilicen organismos modificados genéticamente. Y tendremos que tener distintos niveles de exigencia para distintos organismos. Por ejemplo, tendremos que tener un nivel de exigencia para animales de granja, tendremos otro para plantas con autopolinización, otra para plantas con polinización cruzada, ... otra para plantas que vamos a dedicar a la fabricación de combustibles, otra para aceptar productos transgénicos como alimentos para animales, y otra para aceptarlos como alimentos para los humanos. Pero, obviamente, una cosa es definir los criterios para aceptarlos y otra muy distinta demonizarlos y no aceptarlos bajo ningún concepto; eso no es ciencia.

¿Tiene importancia el problema?

Cabe la posibilidad de que estemos exagerando y que el tema no tenga importancia. Tal vez yo haya buscado ejemplos extremos, casi una caricatura, para apoyar mis tesis; pero que en el mundo real todo funcione de un modo razonablemente adecuado.

Sinceramente, el problema tiene importancia. Y no sólo por los ejemplos citados. Hoy en día, nuestra vida se basa en el desarrollo científico y técnico. Nuestro bienestar, nuestros puestos de trabajo, nuestra diversión, la duración de nuestra vida, la calidad de la misma, los alimentos que comemos, ... todos son productos del desarrollo científico-tecnológico.

Podríamos pensar que en nuestra vida cotidiana nunca, o casi nunca, tenemos que hacer uso de nuestra capacidad democrática de decidir en temas científico-técnicos, por lo que el problema es irrelevante. Y no es así, como voy a tratar de demostrar.

Decisiones personales (democracia familiar)

En primer lugar tenemos una capacidad de decisión familiar. Veamos unos ejemplos. Uno de ellos ya lo hemos tratado. ¿Compramos alimentos que tengan transgénicos o no? ¿En qué nos basamos para tomar nuestra decisión? ¿Sabemos lo que son los transgénicos y qué pruebas se han realizado o simplemente hemos oído que una ONG (Nota final 1) de gran fama, muy vociferante y con un enorme presupuesto publicitario, dice que no son buenos? ¿Hemos verificado que lo que dice la dicha ONG en otras fuentes?

Otra decisión personal. Vemos por la tele que los nuevos coches consumen mucha menos gasolina y que, por tanto, son más respetuosos con el medio ambiente. Así que, como tenemos conciencia ecológica, decidimos cambiar de coche. Realmente todavía nos podía durar dos o tres años más, pero lo cambiamos para ser solidario con el medio ambiente. ¿Haremos lo correcto?

El gran físico Enrico Fermi en sus clases solía pedir a los alumnos lo que ahora se conoce como «problemas de Fermi». Se trataba de plantear alguna pregunta aparentemente irresoluble, o soluble con un gasto inmenso, y pedir a sus alumnos que buscasen una respuesta aproximada mediante suposiciones razonables. Él opinaba, y es cierto, que la mayor parte de las veces, unas aproximaciones valorarían un parámetro por exceso y otras lo harían por defecto, de modo que los errores se compensarían y la respuesta final nos daría una visión clara de lo que ocurría. Entre sus problemas más famosos están saber el número de afinadores de pianos en la ciudad de Chicago o cuántos milímetros se desgastan los neumáticos en un coche cada mil kilómetros.

Aparentemente son problemas de difícil solución. Sin embargo, con unas simples hipótesis razonables los resultados son correctos. Por ejemplo, los neumáticos. Medimos la profundidad del dibujo en uno nuevo. Luego medimos la profundidad en uno desgastado y preguntamos a su dueño los kilómetros que ha hecho desde el último cambio. Con eso podemos estimar el desgaste de ese neumático. Si lo hacemos con varios coches y hallamos la media, tendremos un valor aproximado.

Recientemente, en un curso de verano de la Universidad Rey Juan Carlos, mi contribución al curso consistió en hacer varios de estos «problemas de Fermi», y uno de ellos fue el del cambio de coche. Con una simple hoja de cálculo fui preguntando a los alumnos, por datos de consumo, precio, kilómetros al año, ...

Hicimos dos planteamientos. En uno de ellos un ciudadano concienciado cambiaba de coche por uno más ecológico cada cinco años y asumíamos que la mejora en eficiencia era el 5%. En otro caso, el ciudadano «no concienciado» hacía durar su coche diez años. Y calculamos la energía consumida en cincuenta años por uno y otro. ¿El resultado? El «no ecológico» gastaba cerca del 50% de la energía que gastaba el «ecológico». ¿La explicación? ¿Cómo es posible que con coches que consumen menos se gaste más? Hay que tener en cuenta la energía gastada en la fabricación del coche. El coche consume al circular; pero también consume mucho al ser fabricado, y el costo energético de la fabricación suele ser olvidado. Más o menos a nosotros nos salió que la fabricación de un coche medio cuesta veinticinco millones de vatios-hora y encontramos en Internet datos que decían lo mismo. Al introducir este factor resulta que lo más ecológico, para un ciudadano que hace unos 10 000 km año, es retrasar la compra del coche lo más posible. Para un taxista, el resultado podría ser el contrario.

Con toda nuestra buena fe, podemos tomar decisiones que consiguen lo contrario de lo que queremos. ¿Qué ha fallado? En este caso que nos hemos dejado llevar por una publicidad que incide solamente en parte del problema: el consumo de gasolina al rodar y no hemos tenido en cuenta todo el proceso, incluyendo la fabricación del vehículo. También hay que señalar que nadie vela porque la publicidad no sea engañosa. Es más, nuestros políticos también han caído en la trampa como demuestra el «plan Renove». Dicho plan puede tener sentido para reactivar la economía, para aumentar la seguridad, ... pero no tiene sentido en una de las razones por la que nos lo han «vendido»: disminuir las emisiones de CO2 a la atmósfera.

Otro ejemplo. Tenemos una gripe y podemos ir al médico de toda la vida o al que se ha puesto de moda últimamente, al homeópata, «que es más natural». Pues la «medicina oficial» es muy intrusiva y causa graves efectos secundarios.

Tal como he apuntado más arriba, no hay ningún estudio publicado por revistas con árbitros, salvo en las propias que publican los homeópatas, que haya demostrado que la homeopatía funciona. No obstante ha tenido un gran éxito mediático. Fundamentalmente porque se confunde la «medicina» homeopática con la natural, y más concretamente con las «hierbas». Ni que decir tiene que la homeopatía nada tiene que ver con las hierbas medicinales. Las «diluciones» homeopáticas, como se ha demostrado infinidad de veces, no tienen producto activo. Por tanto, es difícil que hagan daño pero también es dudoso que hagan algo positivo. Mejor dicho, no es dudoso; con toda seguridad que si no hay elemento activo no pueden hacer nada.

Para mí lo más sorprendente no son los clientes, son los médicos homeópatas. Han pasado por una universidad donde les han enseñado la medicina basada en pruebas. Y ellos acuden a una filosofía mística, con doscientos años de edad y, recuerdo a mis oyentes, que hace doscientos años no se sabía nada de los virus, ni de las bacterias, ni de los priones. Es decir, hace doscientos años se sabía muy poco de medicina. Entiendo que los enfermos no sepan nada de esto, pero no es fácil encontrar una explicación a la ignorancia de los médicos homeópatas. Tal vez sea que en las facultades de medicina se les enseña técnicas de curar y no se les informa de lo que es la ciencia. Si se les informara de ello sabrían que las pruebas doblemente ciego (o técnicas adecuadas de aleatorización) son indispensables para saber si un medicamento es útil o no. Y si no es útil, no se autoriza. ¡Ah, se me olvidaba! Para los que nos son médicos: en nuestra legislación (y la de muchos países) los «medicamentos» homeopáticos no cumplen la legislación de medicamentos; se consideran alimentos. Si se considerasen medicamentos nunca llegarían a las farmacias por no haber demostrado su eficacia.

Otro tanto podríamos decir de otras «curas milagrosas»: ir al brujo de Coslada, o al limpiador de colon francés, ...

¿Ponemos bombillas de bajo consumo o no? ¿Y si vamos a las de bajo consumo a cuáles a las fluorescentes compactas o a los de LEDs? Las fluorescentes consumen menos energía y, por lo tanto, emiten menos CO2 que las de incandescencia, incluyendo en ambos casos la energía que se gasta en su fabricación, pero dentro llevan un poco --muy poco-- vapor de mercurio que es un metal pesado tóxico. De hecho, en nuestro país se han retirado los termómetros clínicos de mercurio, por tener dicho metal. Las LEDs consumen mucho menos que las fluorescentes y dentro no tienen gases tóxicos pero hoy por hoy son muy caras...

¿Compramos una televisión plana de LCD o de plasma o continuamos con la de tubos de rayos catódicos? ¿Cuál consume menos y es más respetuosa con el medio ambiente? Por favor, cuando hagan sus cálculos tengan en cuenta la vida media útil y lo que se consume en la fabricación de la propia televisión.

¿Qué es mejor un ventilador o un equipo de aire acondicionado? ¿Qué frigorífico compramos? ¿Lavamos los platos a mano o con un lavavajillas?

¿Los alimentos calentados con un horno de microondas son menos saludables que los calentados eléctricamente? ¿Es bueno poner un ozonizador en el baño?...

Los ejemplos se pueden multiplicar. Vemos que en nuestra vida cotidiana tenemos que realizar elecciones que tienen que ver con la ciencia y con la tecnología.

Democracia de portal

Muchas veces en la comunidad de vecinos debemos tomar decisiones que tienen que ver con la ciencia y tecnología. Por ejemplo, una empresa de telecomunicaciones nos pide permiso para instalar una antena de telefonía móvil. Enseguida alguien dice que son muy malas para la salud, que causan cáncer y dolores de cabeza y que tenemos que negarnos.

A partir de ese momento toda argumentación es inútil. «Hay un estudio científico que dice que son malísimas».

Como es casi todo en esta vida hay opiniones contradictorias. Hay estudios que dicen que las antenas producen dolencias y los hay que dicen lo contrario. Lo que hay que tener en cuenta es el consenso científico. La abrumadora mayoría de los científicos, lo que significa la mayoría abrumadora de los estudios, dicen que no hay pruebas de que las antenas, con los límites de potencia establecidos, causen ningún problema de salud. Hay alguno que dice lo contrario. Subrayo alguno frente a cientos.

Es inútil decir que los informes que dicen lo contrario se refieren a dosis altísimas y a células in vitro, no a seres humanos reales haciendo una vida real.

Normalmente se argumenta a favor de las antenas con fotones y mecánica cuántica, argumentos totalmente correctos pero que no son fáciles de digerir por el gran público. A mí me gusta más el argumento histórico. Poco después de que Marconi lograra hacer una comunicación de radio entre América y Europa, algunos barcos de pasajeros adoptaron la «telegrafía sin hilos» como sistema de seguridad. Y así nació la figura del radiotelegrafista, que ha estado con nosotros durante casi un siglo.

En los barcos se instalaron emisoras de radio de una potencia enorme. Los radiotelegrafistas no solo pasaban sus horas de trabajo cerca del emisor, sino que solían dormir a su lado. Con el nacimiento de la aviación ocurrió lo mismo: el oficial de comunicaciones se hizo habitual. Recordemos que los aviones intercontinentales, como los barcos, deben poder hablar a miles de kilómetros de distancia de los centros de control y que, por tanto, la potencia de emisión tiene que ser muy alta. Y cuando apareció el radar los radaristas recibían parte de la señal (el radar emite en aproximadamente las mismas frecuencias que los móviles). Los técnicos de las emisoras comerciales de radio vivían en casas cercanas a las antenas...

Estamos hablando de personas que pasaban la mayor parte de su vida al lado de emisoras de radio que emitían potencias inmensas, incluso en la banda de los teléfonos móviles. Recordemos que las emisoras de «telegrafía sin hilos» mandaba «pulsos» que se traducen en emisión en un amplísimo margen de frecuencias. Y no se pasaban un día o dos; se pasaban toda la vida. Recientemente se ha jubilado un radiotelegrafista amigo mío que estuvo cuarenta años en la emisora de un barco. ¡Cuarenta años!

Nadie ha detectado ninguna enfermedad especial en los «radiotelegrafistas». Tras cuarenta años, nada.

Es decir, yo en mi casa no tendría ningún inconveniente en que me pusieran una antena de telefonía móvil, siempre que me pagasen adecuadamente por las servidumbres creadas: alimentación de la antena, subida de técnicos, y dado que los demás tienen miedo y que, probablemente, el precio de mi piso disminuya por ello, me compensen razonablemente.

Algo similar podemos decir de las redes Wifi. Lo que antes se limitaba a los teléfonos móviles, hoy se ha extendido a las redes inalámbricas de ordenadores (las redes Wifi). Ya empieza a haber un movimiento en contra de los «routers» Wifi en colegios, hospitales, etc. Y nosotros, como padres, debemos decidir democráticamente si en nuestros colegios admitimos redes Wifi o no.

Lo mismo dicho para telefonía móvil es válido para Wifi, con una gran ventaja para Wifi: las potencias de emisión son menores.

Otro tema que se nos puede plantear es si instalamos un sistema para calentar agua sanitaria con el calor del Sol. ¿Sabemos si es rentable ecológicamente? La respuesta es que sí lo es.

También se nos puede plantear poner paneles fotovoltaicos. Es decir paneles que transforman la luz del Sol directamente en electricidad. ¿Sabemos si es rentable ecológicamente? ¿Qué votaremos? Mi respuesta es un poco complicada, si nuestra casa está aislada o con una conexión a la red muy defectuosa, es una buena solución. Si nuestra casa está en una zona con acceso a una buena red, hoy por hoy es dudoso su rendimiento ecológico. Me explico, probablemente se gaste más energía en la fabricación del sistema que la que se ahorra. En el sistema incluyo tanto las células fotovoltaicas, como los elementos de transformación y de almacenamiento. Observen que he dicho «hoy por hoy», estoy absolutamente convencido de que en no mucho tiempo el rendimiento de las células solares aumentará, las baterías durarán más y tendrán más capacidad de carga y empezarán a ser rentables ecológicamente.[Nota esto está escrito en 2009]

Un vecino nos plantea que existe un sistema de calefacción geotérmico. Se basa en que la temperatura de la tierra aumenta con la profundidad. Aprovechándose de ese hecho se pueden poner tuberías alrededor del edificio en las profundidades y de ese modo calentar el agua. ¿Es correcto? ¿Ahorraremos energía?

Lo importante no es mi respuesta, lo importante es que nos demos cuenta de que en la vida de una comunidad debemos tomar decisiones que implican temas científico-técnicos.


Democracia científica en ayuntamientos

El municipio ha decidido instalar una incineradora y decide someterlo al voto de los ciudadanos, ¿qué debemos votar? ¿Son tan malas (producen dioxinas) como dicen algunos, o son tan inocuas como dicen otros?

¿Debemos construir un tranvía o no?

Tenemos escasez de agua y hay que encontrar una solución. ¿Una desaladora? ¿Recoger el agua fecal, tratarla y reusarla en regadío? ¿Hacemos un esfuerzo por mejorar las conducciones para que tengan muchas menos pérdidas?...

¿Cambiamos las luces de Navidad que hoy son incandescentes por las nuevas bombillas LEDs que consumen menos?

¿Cambiamos todas las farolas para conseguir una iluminación más uniforme, que consuma menos y que no se gaste mandándola al cielo, lo que no sólo es un despilfarro sino que, además, producen una contaminación lumínica mala para los animales, para las plantas, para el sueño de los seres humanos y que nos ha hecho perder la belleza del cielo nocturno? ¿Cómo deberían ser esas farolas?

Una vez más los ejemplos de decisiones en los ayuntamientos relacionadas con la ciencia-técnica son habituales. Muchos de ellos se consultan a los ciudadanos y otros muchos deberían someterse a consulta.

Lo mismo podríamos decir en los niveles provinciales y autonómicos, pero no voy a insistir en ello. Vamos directamente a la Gran Ciencia.

Democracia en la Gran Ciencia

Hay grandes temas de investigación que son importantes porque pueden cambiar el mundo de arriba abajo y sobre las que tendríamos que poder opinar. Algunos de los ejemplos ya han salido, por ejemplo los transgénicos. Su potencial es enorme; entre otras cosas puede producir un aumento de las cosechas similar al que logró la «Revolución Verde». Pero en el momento que se habla de genes empiezan a surgir los miedos; frases en en las que aparece la palabra «Frankenstein», o «jugar a ser dioses», «no suficientemente comprendido»,... son habituales.

Si los transgénicos van en los alimentos, los ciudadanos tenemos un cierto poder de decisión directo: si no los queremos, no compramos los productos que los llevan. Pero tenemos poca capacidad de influencia si se trata de prohibir su cultivo en un país, o lo contrario, en acelerarlos porque consideramos que los miedos son infundados.

¿Qué deberíamos hacer? Está claro que nuestro poder está en nuestros votos. Hay que leerse el programa electoral de los diversos partidos y votar a aquellos que se decidan claramente por nuestra opción en este y otros temas científicos. Pero, ¿cuál debería ser el sentido de nuestro voto? ¿Deberíamos aprobar los cultivos transgénicos cumpliendo ciertas normas o no?

Ni que decir tiene que mi voto es que deberíamos autorizar los cultivos transgénicos siempre que hayan pasado unas pruebas claramente definidas por un organismo independiente, que garanticen su seguridad. Sin embargo, la mayor parte de la gente los considera una aberración. ¿Por qué? Sinceramente creo que por ignorancia. Voy a explicar un caso paradigmático de lo que ha ocurrido con los organismos modificados genéticamente (transgénicos).

El buen sabor de los tomates viene dado por un equilibrio entre azucares y ácidos. En su color juega un papel muy importante los licopenos, que ha adquirido una gran importancia últimamente pues es un antioxidante natural, y hay ciertas experiencias que dicen que puede ser bueno para prevenir el cáncer de próstata.

En Inglaterra identificaron los genes que producían los licopenos e hicieron tomates transgénicos que tenían muchos más genes de ese tipo que los normales. Observen que estoy hablando de genes de tomate añadidos al tomate. Con ello lo que se lograba era que produjeran más abundancia de licopenos. Se pudieron a la venta y tuvieron éxito. Eran más sabrosos, tenían mejor color... Pero alguien dijo la frase maldita «son organismos modificados genéticamente». Las ventas empezaron a decaer y tuvieron que retirarlos del mercado. No había absolutamente nada que hiciera pensar que eran malos. Pero cayeron.

¿Ustedes qué harían? Se trata de tomates que tienen mayor proporción de genes de tomate que producen licopenos de tomate. Yo los compraría sin ningún problema.

Obviamente, detrás de la negativa de los ingleses a su compra hay una gran campaña de prensa en contra, y, una vez más, un desconocimiento de la ciencia básica. En ese sentido voy a contar una anécdota. Tal como se ha dicho en mi presentación, durante muchos años he sido director general del museo se la ciencia de San Sebastián (kutxaEspacio). Durante varios veranos hicimos cursos para que los alumnos entendieran lo que eran las técnicas genéticas. Entre otras cosas hacíamos en directo las pruebas de identificación de DNA, con la «reacción en cadena de la polimerasa». La técnica utilizada habitualmente por los médicos forenses para conocer la identidad de una persona, o si alguien es hijo de verdad de quien dice ser su padre, etc.

El curso duraba cuatro días y en él explicábamos lo que eran los genes, cómo se aislaban y como se volvían a introducir en el DNA de un organismo.

Al final, uno de los profesores habló del ejemplo del tomate de Inglaterra y se le ocurrió preguntar al público si ellos tomarían ese tomate. Y la respuesta de uno de los alumnos fue que no. Al preguntarle por qué, la respuesta fue: «por que tienen genes». Implícitamente nos estaba diciendo que él no quiere comer genes. E implícitamente nos estaba diciendo que él creía que los tomates normales no tienen genes, que solo tienen genes los modificados por ingeniería genética. Y esto lo decía una persona adulta que había estado en un curso de cuatro días y que había pagado por el mismo. A mi me vino una pregunta a la cabeza, ¿cuándo la gente dice que no quiere transgénicos en qué está pensando? ¿Qué conceptos tienen de genes y de ser vivo?

El concepto de ser vivo lo estamos viendo permanente en películas de Hollywood donde muchos vegetarianos dicen que ellos no comen seres vivos. ¿La lechuga de la ensalada qué es, un mineral :)?

Lo importante, para las ideas de esta conferencia, es que ese alumno está decidiendo, a través de su voto, el destino de una tecnología que puede ser revolucionaria para mejorar el hambre en el mundo, la salud, la escasez de petróleo y el cambio climático. ¡Y no sabe que los tomates que come en su ensalada tienen genes!

No estoy diciendo que no deba votar sobre esos temas. Todo lo contrario. Estoy diciendo que debe hacerlo. Pero que para que ese voto sea útil debe haber un conocimiento mínimo de lo que son las ciencias. De esto hablaré al final de la charla. Será mi despedida.

Otros temas de Gran Ciencia en los que debemos dar nuestra opinión informada es la investigación con células madre o las centrales nucleares.

En algunos debates que he tenido sobre las células madre, me ha quedado claro, una vez más, que muchísima gente no tiene ni la menor idea de lo que es una célula, dónde está el núcleo y qué es el DNA... y no digamos nada de embriogénesis o del funcionamiento de las células madre.

El debate nuclear es un tema extraño. Se puede estar a favor o en contra con razones válidas. Todo lo que hacemos los humanos tiene un cierto riesgo; el riesgo cero no existe. Unas personas estamos más dispuestos a asumir un riesgo que otras. El único modo de decidir si estamos dispuestos a aceptar el riesgo nuclear o no es democráticamente; yo no puedo imponer mi tolerancia al riesgo a los demás. Eso es obvio. Pero cuando hablo con la gente de estos temas veo que los riesgos han sido tremendamente exagerados y que nunca se ha hecho el balance de los riesgos de los sistemas de producción de energía sustitutivos. Es decir, se piensa que las nucleares son malas pero no se ha pensado cuán malas son las formas de obtener energía por otros medios.

Da la sensación de que para la gente, la energía se produce sola. Hoy por hoy dependemos de la energía y si no se hace una central nuclear habrá que obtenerla por otros medios. Nunca se tiene en cuenta que los «otros medios» también tiene un riesgo. Por ejemplo, si en vez de una central nuclear hacemos una central de carbón, hay que extraer el carbón, con riesgos de vidas en las minas; hay que transportarlo (en cantidades muchísimo mayores que el uranio de las nucleares) con el riesgo de accidentes de tráfico; hay que introducirlos en los quemadores, al quemarlo se lanzar a la atmósfera no solo CO2, sino compuestos que producen lluvia ácida, algún compuesto radiactivo (en pequeña cantidad) y elementos que perjudican a los pulmones...

No basta con decir que las nucleares son malas y que en Chernóbil murieron muchas personas. Hay que ver cuántas personas hubieran muerto si la producción de Chernóbil se hubiera hecho con las otras fuentes de energía disponibles en la época. Algunos lo han calculado y el resultado es sorprendente. Incluso con el caso catastrófico de Chernóbil y con un tipo de reactores que ya no se volverá a construir, el número de muertos por centrales de carbón (teniendo en cuenta todo el proceso de extracción, transporte, desechos...) hubiera sido mucho mayor, casi tres veces la cantidad de muertos, incluyendo los futuros.

El caso de Chernóbil a mi me recuerda enormemente a las víctimas del tráfico en automóvil y a un accidente aéreo. En una Semana Santa mueren miles de personas en todo el mundo debido a los accidentes de tráfico. No se le da demasiada importancia. Es una noticia marginal. Hay un accidente aéreo en el que mueren ciento cincuenta personas y la noticia ocupa la portada de todos los periódicos del mundo. En el primer caso mueren miles de personas cada año; en el segundo mueren cientos cada muchos años. Pero la noticia es la segunda. Con Chernóbil me da la misma sensación, miles de muertos poco a poco en la extracción de carbón, en su transporte, en su manipulación, en el desecho de las cenizas, en las enfermedades pulmonares... como ocurren lentamente a lo largo de mucho tiempo pasan desapercibidas. Sin embargo, un accidente que mata a menos personas pero todas de golpe causa un tremendo impacto emocional. Y nos cargamos la tecnología que en el largo plazo produce menos muertes.

En el momento en el que hay que utilizar escenarios complejos y tener en cuenta muchos factores interrelacionados, los seres humanos somos especialmente malos a la hora de evaluarlos.

No podemos exigir que todas las personas sean capaces de fabricar esos escenarios complejos, pero sí deberíamos lograr que fueran capaces de entender los argumentos subyacentes y decidir por una opción u otra. Tarea ardua, sin duda.

Muchas veces me he encontrado con reticencias no ya a las conclusiones sino incluso a los propios datos. Abundo sobre el tema. Permítanme retroceder a los transgénicos. Cuando alguna vez he dicho públicamente que los alimentos transgénicos, que han pasado los sistemas de aprobación, son razonablemente seguros y después he explicado que el riego cero no existe, me han dicho cosas como: «Y eso quién lo dice, ¿la ciencia?; la ciencia también se equivoca. Recuerda lo que dijeron sobre que el tabaco no era perjudicial o que las grasas eran malas para el colesterol y ahora se alaba al aceite de oliva».

Tras esos argumentos se esconden varias cosas. La primera es una desconfianza en la ciencia. Bien es cierto que los científicos no somos del todo inocentes; a veces nos la hemos ganado a pulso. Por ejemplo, cada mes más o menos sale un nuevo avance que «va a acabar con el cáncer». Probablemente debido a la necesidad de conseguir financiación los científicos hemos exagerado lo que se podría esperar de nuestras investigaciones. La segunda es un desconocimiento total de lo que es la ciencia. ¡Claro que se ha cambiado de idea sobre las grasas y el colesterol! La ciencia hace eso: evoluciona. Lo que no evoluciona es el dogma. La ciencia, por definición, debe cambiar. Y en el caso de las grasas y el colesterol, además, no fue un cambio sino un refinamiento. Inicialmente se vio una correlación entre colesterol, ateromas y grasas y se dijo que la grasas eran perjudiciales. Después se vio que había distintos tipo de grasas y que algunas eran malas y otras eran buenas. Y de ahí vino lo del aceite de oliva. Por suerte para nuestro paladar y para la industria aceitera, las grasas de la aceituna forman parte de las buenas. Aquí no hay una marcha atrás (que no sería vergonzoso) lo que hay es un refinamiento: de pensar que las grasas eran perjudiciales, hemos pasado a que tan solo lo son algunos tipos de grasas. De lo general y correcto (la ingesta de grasas favorece los ateromas) hemos afinado y hemos dividido las grasas en dos grupos.

El caso el tabaco es igualmente interesante para entender el funcionamiento de la ciencia. Las tabaqueras promocionaron las investigaciones que desvinculaban el tabaco del cáncer. E hicieron todo lo posible por que no se publicaran los resultados adversos. La mala noticia es que muchos científicos vieron cortada su financiación porque sus resultados eran malos (para las tabaqueras). La noticia horrible es que algunos científicos se vendieron a las tabaqueras. La buena noticia es que a pesar de los millones de las tabaqueras, la verdad ha salido adelante. Lo único que han logrado es retrasar su publicación. Esta es una gran lección de cómo funciona la ciencia para los que son reticentes a ella. La ciencia corrige sus errores. La ciencia no es lo que dice o hace un científico. La ciencia es una tarea colaborativa, de grupo. El método científico es obligatoriamente lento y pesado: hay que experimentar, publicar, criticar, repetir las experiencias y eso lleva tiempo. Pero al final se llega a la hipótesis más plausible. A la «verdad científica», que siempre es provisional. Esa es su fortaleza: siempre es provisional. Siempre se puede (mejor dicho, se debe) cuestionar. Siempre hay que buscar cambios.

La divulgación

En la mayor parte de mi charla e insistido en que los ciudadanos debemos controlar las riendas de la ciencia. No debemos ser científicos; pero sí debemos ser capaces de dirigir hacia dónde queremos que vaya la ciencia.

Hay un símil que a mi me gusta. Para conducir un coche no es necesario ser ingeniero capaz de diseñarlo; pero sí necesitamos unas ideas básicas de cómo se conduce. Para dirigir la ciencia no hay que ser científico; pero tenemos que tener unos conocimientos básicos; y esos conocimientos nos lo da la divulgación científica.

El colegio nos da unos conocimientos básicos, pero la ciencia evoluciona y lo hace demasiado deprisa para que lo que hayamos aprendido de jóvenes nos sirva para toda la vida. Debemos reciclarnos, debemos saber los cambios que se han producido en ciencia. Y eso es lo que hace la divulgación científica.

En el mundo en el que vivimos debemos ser capaces de tener una opinión informada sobre la ciencia y la tecnología. En caso contrario la democracia puede convertirse en una caricatura. Por ejemplo, si no distinguimos entre lo que es la medicina científica y el brujo ¿por qué vamos a dedicar dinero a investigación médica? ¿Tal vez tendríamos que dedicarlo a brujería, el chamanismo o a ideas ya superadas de la «milenaria medicina» China? ¿Y qué les parecería dedicar nuestro dinero a la investigación de inviables y absurdas máquinas de movimiento continuo? ¿O al motor de agua? ¿Y qué les parece la idea de en vez de hacer un sistema de suministro de agua a nuestra ciudad sacar a la virgen para que llueva?

Política basada en pruebas

Nuestro mundo es muy complejo y los problemas a los que nos enfrentamos son tremendos. Por resumir en unas pocas frases los problemas más acuciantes (en mi opinión):

1. Superpoblación. Con la tecnología actual el mundo es difícil que soporte los siete mil quinientos millones de personas que somos. Personas que comemos y que consumimos energía. Y la población sigue creciendo.
{*2. Pirámide edad invertida*]. La relación entre jóvenes y ancianos se ha invertido. Antes siempre había más jóvenes que ancianos. Ahora hay más ancianos que jóvenes. ¿Quién cuidará de los ancianos? ¿De dónde saldrán sus pensiones?
3. Fin del petróleo barato. En los últimos cincuenta años, nuestra economía ha ido derivando hacia una dependencia absoluta del petróleo. Pero el grifo ya no es capaz de seguir creciendo. Ya no da más. Hemos llegado al límite. Y dentro de poco el caudal del grifo empezará a disminuir. ¿Cómo suministraremos energía, plásticos, gasolina, ... a los miles de millones de nuevos ciudadanos de la Tierra?
4. Fin de la capacidad de aumento de la producción agrícola. Prácticamente la totalidad de la tierra cultivable del mundo está cultivada. Y la población sigue creciendo. ¿Cómo daremos alimentos a esa población creciente?
5. Fin de materias primas. Hay muchas materias que se han convertido en tremendamente escasas y están subiendo de precio. No sólo el petróleo y los alimentos, también el cobre y el tántalo que se usa en la electrónica y el rutenio y el...

¿Cómo vamos a solucionar estos problemas? ¿Acudiendo al brujo? ¿Volviendo a una agricultura antigua y poco productiva (aunque la bauticemos con nuevos nombres muy rimbombantes como orgánica o ecológica)? ¿Dedicando dinero al «panda» por que tiene ojitos que nos hacen pensar en un niño y olvidándonos de que necesitamos bancos de germoplasma del arroz, del trigo de la cebada... para salir adelante en caso de enfermedades que ataquen esas plantas? ¿Dedicando mucho dinero a las ballenas jorobadas y olvidándonos de que hay que conseguir nuevas variedades de plátanos pues muchas personas viven de ellos? (Los plátanos no tienen semillas; se multiplican por «esquejes», por tanto, tienen muy poca variedad genética y una plaga puede atacar a toda la producción mundial. Urge conseguir semillas de plátanos que permitan cruzamientos para aumentar la variedad genética de los mismos).

Reconozco que es mucho más atractivo el panda que los granos de arroz y la ballena jorobada que los plátanos; pero, y es un granpero: ¿qué es más útil?, ¿qué es más necesario?, ¿dónde deben estar nuestras prioridades?

La única respuesta válida es que debemos hacer ciencia y tecnología que nos permitan superar los problemas. Pero para ello los ciudadanos debemos estar convencidos de que la ciencia es la solución; pero que exige dinero, y exige tiempo. Tanto de lo uno como de lo otro andamos escasos.

Y sobre todo, exige que los políticos hagan propuestas realistas. Basadas en pruebas y no solo en ideologías. Basada en pruebas y no en buenas ideas. ¿Cómo era el refrán español? «¿El infierno está pavimentado de buenas intenciones?». El «buenismo» no conduce a nada. Debemos exigir pruebas. Si construimos parques fotovoltaicos. debemos exigir pruebas a nuestros políticos de que verdad generan energía teniendo en cuenta todo su ciclo de vida, sin olvidarnos de la fabricación o el mantenimiento? ¿Si vamos a paralizar la energía nuclear hay que exigir pruebas de cómo vamos a conseguir la energía que necesitamos (o cómo vamos a dejar de consumirla)?...

A las propuestas de los políticos debemos exigir pruebas. Y debemos ser capaces de darnos cuenta de si lo que nos cuentan tiene visos de ser cierto o nos están «vendiendo una moto».

Debemos exigir una política que huya de los eslóganes y se base en pruebas.

¿Y cómo podemos hacerlo? ¿Cuál es nuestro poder?

Nuestra capacidad de compra y nuestro voto.

Si nos convencen de que, a lo largo de su vida, una bombilla de LEDs consume y contamina menos que las incandescentes, compremos LEDs.

Si nos convencen de que los tomates con más licopenos no son malos para la salud, compremos tomates modificados genéticamente con más licopenos.

Si nos convencen de que guardan el germoplasma de los arroces es importante, demos dinero a las organizaciones que se dedican a preservarlo.

Si creemos que conseguir variedades de plátano es importante, votemos a los partidos que apoyan los centros de investigación sobre el plátano.

No tenemos dinero para todo. Debemos priorizar. Debemos definir qué es lo que es más importante para nosotros.

Si nos convencen...

Y a la hora de votar, debemos leer los programas políticos de los distintos partidos y votar por aquellos que digan cosas que nos parecen sensatas. Por favor: ¡que le parezcan sensatas a usted; no a mí! No se deje embaucar por eslóganes.

Para acabar quiero reproducir una frase de Massimiano Bucchi, sociólogo de la Universidad de Trento en Italia, que fue publicado por la revista «Research*eu», publicada por la Comisión Europea, de junio de 2007:

«¿El punto de vista de los ciudadanos es por naturaleza un problema del que sólo hay que preocuparse a posteriori? ¿La sociedad sólo puede entrar en juego cuando la ciencia ya ha dado sus frutos? Tal razonamiento está desprovisto de sentido, sobre todo porque la participación del ciudadano ya es un hecho, lo queramos o no. La política de investigación, en una Europa democrática, debe tener en cuenta la opinión pública desde las primeras etapas de su aplicación.

Hoy en día, no se trata tanto de saber si la sociedad del conocimiento es compatible con la democracia. El caso es que no puede existir sin una sociedad realmente democrática en todos sus procesos, incluyendo la gobernanza del conocimiento».


Prof. Dr. Félix Ares

























1Por favor, no se generalice mi crítica. La mayor parte de las ONG hacen tareas maravillosas y hay que apoyarlas. Pero también hay que ser críticos con ellas, sobre todo con aquellas que se muestran como si estuvieran en posesión de la verdad. La ciencia siempre es humilde. El conocimiento siempre es provisional. Siempre hay aproximaciones a la verdad o «hipótesis». Nunca hay realidades absolutas.

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Canal de Panamá 2015-02-11



Publicado en Diario Vasco. Big Bang el 15 de agosto de 2012

El 15 de agosto de 1914 se inauguró el canal de Panamá

El 15 de agosto de hace 98 años se inauguró oficialmente el Canal de Panamá, aunque algunos barcos habían pasado previamente. Tener un paso marítimo que unía el Atlántico con el Pacífico fue una revolución en el comercio que ha tenido una gran importancia en el desarrollo del siglo XX en muchos campos. En la construcción naval, por ejemplo, ha creado un tipo de barcos que se llaman Panamax y que son los de mayor dimensión que pueden cruzar a través del istmo. Los países que más lo utilizan son Estados Unidos y China.
La idea de unir los dos océanos por Centroamérica, para que los barcos se ahorrasen dar la vuelta por las peligrosas aguas del Cabo de Hornos, ya fue planteada en 1516 por el primer explorador europeo de aquellas tierras: Núñez de Balboa. Hubo muchos intentos de hacer dicho canal, en distintas ubicaciones. Los franceses en 1869 habían abierto el Canal de Suez, bajo la dirección de Lesseps, y aquello les dio ánimos para intentar hacer lo mismo en Panamá. A fin de cuentas, el de Panamá sería la mitad de largo que el de Suez; pero los ingenieros franceses se equivocaron en dos temas fundamentales, el clima y las enfermedades. El clima hacía que las paredes de los canales abiertos se deslizaran rellenándolos y la fiebre amarilla y la malaria hicieron estragos entre los trabajadores. Inicialmente el proyecto era hacer un canal sin esclusas, pero pronto se vio que aquello era inviable y decidieron que la mejor solución era hacer un gran pantano –Gatún– en el río Chagres y usarlo tanto para que los barcos circularan por él como para almacenar el agua que necesitaban las esclusas. El problema era que el pantano estaba a 35 m de altura y por lo tanto había que subir los barcos hasta allí. Desde el Atlántico al pantano pensaron en tres esclusas y desde el pantano al Pacifico otras tres. Pero los franceses, por problemas económicos y políticos, no fueron capaces de terminar el proyecto y en 1889 la empresa de Lesseps fue asumida por el ingeniero Philippe-Jean Bunau-Varilla que estaba realizando nuevos trabajos de acuerdo con el proyecto de Eiffel. Pero no tenía recursos financieros por lo que pidió ayuda a Estados Unidos, que era el país al que más podía beneficiar la obra pues permitía unir marítimamente la costa este y la oeste. Bunau-Varilla consiguió los recursos a cambio de ceder la explotación del canal a Estados Unidos. Con aquella financiación se logró terminar la obra y el 15 de agosto de 1914 el vapor Ancón inauguró oficialmente la nueva ruta.

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Función de los museos de la ciencia en nuestra sociedad 2015-02-11

(The function of science museums in our society)


Autor:Ares, Félix
KutxaEspacio de la Ciencia. Miramón. Pº Mikeletegi, 43
20009 - Donostia fares@iies.es

BIBLID [0212-7016 (2002), 47: 2; 497-508]



[*Se trata de ver la función que desempeñan los museos de la ciencia en nuestra sociedad que esencialmente son: complemento al sistema educativo formal, centro de motivación para animar a estudiar temas técnicos y científicos, despertar de vocaciones científicas, puesta al día en temas técnicos y científicos de los adultos, y alfabetización científica de adultos: dar oportunidad de saber qué es la ciencia y cómo funciona a los que por edad no tuvieron ocasión de hacerlo en su juventud.*
Palabras Clave: Museos de la ciencia. Divulgación científica. Alfabetización científica. Promover vocaciones científicas.

Zientziaren museoek gure gizartean duten zeregina aztertzen saiatzen gara hemen. Funtsean, honako hauek dira: hezkuntza sistema formalaren osagarria izatea, teknika eta zientzia gaiak aztertzera bultzatzen mobibazio gunea izatea, zientzia bokazioak piztea, eguneratze lana burutzea teknika eta zientzia gaiei dagokienez, eta helduen zientzia alorreko alfabetatzea, hots, zientzia zer den eta nola funtzionatzen duen jakiteko aukera ematea, adina dela-eta, gaztetan hartarako biderik izan ez zutenei.
Giltza-hitzak: Zientziaren museoak. Zientzia dibulgazioa. Zientzia alfabetatzea. Zientzia bokazioak sustatzea.

Il s’agit de voir la fonction des musées de la science dans notre société. Ils servent essentiellement de: complément au système éducatif formel, centre de motivation pour encourager à étudier des thèmes techniques et scientifiques, ils servent aussi à réveiller des vocations scientifiques, à mettre à jour les adultes sur des thèmes techniques et scientifiques et à l’alphabétisation scientifique des adultes: donner l’occasion de savoir ce qu’est la science et comment elle fonctionne à ceux qui n’en ont pas eu la possibilité dans leur jeunesse.
Mots clés: Musées de la science. Vulgarisation scientifique. Alphabétisation scientifique. Encourager des vocations scientifiques.


En 1937 se inauguraba en París un nuevo tipo de museo. Un museo donde no se mostraban piezas de valor y donde el letrero de prohibido tocar se sustituía por el de “prohibido no tocar”. Se trataba del “Palais de la Decouverte”. Un centro para aprender ciencia tocando y experimentando, con un ambiente lúdico, una intención didáctica y una vocación de llegar a todo tipo de público. La fór mula fue copiada y mejorada por el “Exploratorium” de San Francisco.

No obstante, a comienzos de los ochenta en Europa sólo había uno: “Le Palais de la Decouverte”. En Holanda, promovido por Philips, hubo un efíme- ro “Evoluon”. Aunque la fórmula había nacido en Europa, tuvo más éxito en Estados Unidos.

Hoy en ECSITE –la asociación que agrupa a los museos interactivos de ciencia europeos– hay 300 miembros, de veinticinco países, que mueven anualmente treinta millones de visitantes.

Dentro del estado español hay más de una docena, con un número de visitantes impresionante. Por ejemplo, el museo más visitado de Andalucía es el Parque de las Ciencias de Granada. Las cifras demuestran que la idea ha cuajado. ¿Por qué? ¿Qué aportan a la sociedad? ¿Qué necesidades no satisfechas venían a llenar?

Tratar de definir la función de los museos de la ciencia de un modo corto y sencillo es casi imposible. Los museos de la ciencia son entidades que se dirigen a diversos públicos, con inquietudes y necesidades diferentes. No es lo mismo lo que proporciona a un escolar de secundaria que lo que hace con un jubilado. Ni sus conocimientos previos ni sus inquietudes son las mismas. Sin embargo, el museo aporta algo a todos ellos. En las siguientes líneas trataremos de ver lo que es.

El objetivo básico de un museo de la ciencia es divulgar la ciencia. Hay dos palabras clave: divulgar y ciencia.

Ahora bien, no es lo mismo la divulgación que se hace para un escolar que la que se hace para un adulto.

Empecemos hablando de los escolares. Casi todos los museos de la ciencia han editado guías didácticas tanto para los profesores como para los alumnos en las que se explica qué hacer antes de la visita, durante la visita y después de la visita.

Si se siguen todos los pasos indicados, el museo se convierte en una buena herramienta complementaria para profundizar en los conocimientos curriculares. En el museo hay unos equipamientos que no es habitual que existan en los colegios.

El museo puede servir para que los alumnos “toquen” lo que habían visto en la teoría. Veamos un ejemplo, en clase un profesor les explica la fuerza de Lorentz y la regla de los tres dedos. En el museo pueden tocarlo y cuando llegan a clase pueden discutir lo que han visto.

Cuando esto se hace así, el museo se convierte en un interesante complemento a la enseñanza formal. No es enseñanza formal estrictamente hablando, pero es un buen complemento. Si estas visitas fueran periódicas, por ejemplo, si cada vez que se acaba un tema teórico se va a experimentar en el museo, casi podríamos decir que el museo se convertiría en parte de la enseñanza formal.

Sin embargo esa no es la visita normal de un colegial. Habitualmente, el alumno va una vez al año, dentro de un día de salida del colegio. Un día de excursión. En esa situación es muy difícil tratar de que se fijen en la ley de Lorentz, por poner un ejemplo.

¿Significa eso que la visita es inútil? Pienso que no. No sólo no es inútil sino que puede ser la visita más interesante.

Para empezar, los alumnos no están en clase. Están en un ambiente relajado y lúdico. Creo que es la ocasión ideal no para que obtengan respuestas sino para que se hagan preguntas motivadoras.

Aprietan un botón y un cristal que era opaco se vuelve transparente. Allí en el texto habla algo de cristales líquidos... casi con seguridad que el alumno no va a leer con detalle el texto y no va a entender en ese momento lo que ha pasado. Pero si le ha interesado, y es lo habitual en ese experimento, seguro que se ha quedado con la “mosca detrás de la oreja”. ¿Por qué se hace transparente un cristal cuando se aprieta un botón? Era algo de una corriente eléctrica y algo más. ¿Qué otra cosa era? Se lo voy a preguntar al profesor.

Al lado hay un globo blanco inflado. A su alrededor hay unas sillas de colores, diametralmente enfrentadas: dos sillas rojas están en cada lado del diámetro, dos sillas verdes en otro diámetro, etc. Si se habla, muy bajito, desde una silla a la que tiene enfrente, al otro lado del globo, la conversación se entiende perfectamente. ¿Cómo es posible? ¿Qué está ocurriendo?

¿Qué tiene el globo? Una rápida mirada le dice que es una lente acústica que se produce porque el globo tiene dióxido de carbono.

¿Lente acústica? ¿Dióxido de carbono?

La extrañeza le ha producido la emoción necesaria para hacerse las preguntas. Más tarde, si quiere, podrá profundizar, consultar en una enciclopedia o en Internet, pedir ayuda a sus profesores o a sus padres.

Si tras la visita, el alumno sale con que hay cinco cosas que le han sorprendido y con diez preguntas, creo que es un triunfo.

Para lograrlo hay que dosificar muy cuidadosamente la sorpresa, la emoción y la idea de que todo eso es la ciencia.


Una de las técnicas que más se están imponiendo en los museos de la ciencia son las minisesiones de teatro científico. Sesiones donde un actor hace algo sorprendente que tenga que ver con la ciencia. Lo sorprendente puede ser desde aplastar un bote de Coca-Cola con ayuda de la presión atmosférica, convertir agua en vino o hacer saltar chispas de tres metros de longitud estando el alumno dentro de una jaula de Faraday.

Sorpresa, emoción... y un buen guión teatral que les dé algunas respuestas pero sobre todo que les motive, que les obligue a plantearse lo interesante que puede llegar a ser la ciencia.

Todo lo dicho hasta aquí sirve para motivar a los alumnos en los temas de ciencia clásica, pero se observa que a muchos les parece algo muy lejano, algo que es de otras épocas, pero que no les afecta a su vida personal. Por eso, es habitual incorporar en los museos de la ciencia temas de actualidad. Por ejemplo, unos días después del hundimiento del Prestige, la Casa de las Ciencias de la Coruña, había preparado guías didácticas y talleres sobre el fuel, su naturaleza, su origen, sus efectos sobre el hábitat,... y lo contaban tanto en el museo como en los institutos. Miramon.KutxaEspacio de la Ciencia preparó una semana de actividades explicando el origen del fuel, su composición, las razones por las que ineludiblemente llegaría al País Vasco (todavía no había llegado), conferencias con oceanólogos, etc.

Antenas de móviles, células madre, clonación, nuevos virus, nuevas enfermedades, virus informáticos, priones, videoconsolas, descargas musicales en MP3, alimentación y salud... son temas de actualidad que se tratan con profusión en los museos de la ciencia. Se trata de demostrar que la ciencia no es algo lejano en el tiempo sino que da respuestas a los problemas cotidianos y actuales de la sociedad.

Una vez que hemos visto lo que puede aportar el museo a los escolares vamos a ver lo que ocurre con adultos. Para empezar debemos tener en cuenta que los adultos no forman un grupo homogéneo ni en edades, ni en conocimientos previos ni en inquietudes.

Un primer grupo del que quiero hablar es el de los jubilados que nunca han tenido una educación formal en ciencias. Van al museo a pasar una tarde y a aprender algo. Nada concreto, simplemente algo. En Miramon.KutxaEspacio de la Ciencia procuramos que vean una sesión de planetario en vivo. Normalmente pedimos a uno de ellos que nos diga qué día y a qué hora nació. Les ponemos el cielo correspondiente.

Es habitual que algunos digan que era el cielo que veían en el pueblo. Que ahora ya no se ve.

A continuación les mostramos algunas constelaciones que conocen con seguridad: la Osa Mayor, la Menor... y a partir de ella les enseñamos a reconocer algunas de las más sencillas: Casiopea, Orion, Tauro, ...


A continuación les mostramos el Sol –el planetario permite mostrar el Sol y las estrellas a la vez– y les hacemos observar que está en –digamos– Géminis. Todos han oído hablar de Géminis. Todos saben su signo del Zodiaco. Les explicamos lo que significa ser de Géminis. Les indicamos que todos los planetas, el Sol y la Luna sólo se mueven por las constelaciones del zodiaco... y les decimos los porqués.

Normalmente se quedan encantados y con ganas de saber más. El truco que hemos empleado ha sido engancharles con algo que a ellos les resulta emotivo: el cielo del día del nacimiento de uno de ellos y su signo del zodiaco, para contarles algunos temas astronómicos básicos.

Nunca deja de sorprenderme cuando preguntamos por qué en verano hace más calor y hay unos cuantos –siempre los hay– que responden que es porque en verano la Tierra está más cerca del Sol. Entonces les decimos: ¿y en el hemisferio sur? Cuando aquí es verano allí es invierno y, sin embargo, el Sol está a la misma distancia.

Normalmente, después les llevamos a hacer una sesión de teatro de la ciencia sobre presión atmosférica y se suelen quedar sorprendidos de que el aire pese, de que no podamos respirar a más de medio metro de profundidad en el agua,...

Con ellos divulgamos conceptos básicos de ciencia. Conceptos que nunca han sabido o que han olvidado.

Otro grupo muy interesante es el formado por las familias. Padres e hijos van a pasar un día al museo. Pensamos que es una ocasión extraordinaria para que juntos hablen de ciencia y de problemas vitales. Muchas veces son los hijos que han estado con el colegio los que explican emocionadamente el funcionamiento a los padres. Otras veces son los padres los que explican a los hijos. En cualquier caso se establece un estupendo clima para que padres e hijos hablen de cosas que no son habituales.

La misión de los museos en ese caso es crear el entorno adecuado para que surjan las preguntas. Experimentos interactivos, programas de planetario, sesiones de teatro científico, una cafetería donde comer un plato combinado,... todo ello contribuye a crear el clima adecuado para que la familia hable de ciencia.

Por último vamos a tratar de los adultos en general.

Lo primero que observamos es que hay un enorme desequilibrio entre la importancia que tiene la ciencia en la vida cotidiana y la oferta cultural científica que ofrece la sociedad. Por ejemplo, es mucho más fácil encontrar una magnífica –y cara– exposición de pintura que una sobre lo que significa la aparición de nuevos virus, como el SARS –la neumonía atípica asiática–. Y pocas dudas hay de que el segundo tema, al poder matarnos, tiene una gran importancia. Los museos de la ciencia tratan de reequilibrar esa oferta.


Pocas dudas hay de que la ciencia y su hija, la tecnología, influyen de forma decisiva en toda nuestra vida. Desde nuestros puestos de trabajo, que cada vez están más ligados a la ciencia, hasta nuestra salud, pasando por nuestro ocio.

Cotidianamente surgen temas científicos en los que el ciudadano debería dar su opinión pero que no lo hace por falta de conocimientos básicos. En ese caso, la voluntad ciudadana se ve suplantada por la de los políticos o la de los propios científicos. O lo que es más grave, por eslóganes que calan en el ciudadano pero que están huecos de contenidos.

Pienso que ese es un mal grave. Un mal que distorsiona la auténtica democracia.

Veamos unos ejemplos: ¿Construcción de centrales nucleares si o no? Hay razones para estar a favor de ellas y para estar en contra. Hay razones sólidas para las dos cosas. Sin embargo, la mayoría de las veces lo que se oye son alarmismos –fíjate en Chernóbil– o ideas utópicas –lo solucionaremos con la energía de fusión que es limpia.

Estoy escribiendo estas notas en la segunda semana de junio de 2003. El calor es tan intenso que el consumo de electricidad ha batido récords históricos –consecuencia de los equipos de aire acondicionado–, hasta tal punto que en algunas zonas han tenido que restringir el consumo. Nuestra capacidad de generación no era suficiente para satisfacer la demanda.

El tema me parece grave. Demuestra una falta de previsión por parte de nuestros políticos que afecta a nuestra calidad de vida: no sólo es que no hayamos podido poner nuestro equipo de aire acondicionado, es que en algunas zonas han tenido que restringir el consumo, con perjuicios económicos para algunas empresas y, por tanto, para sus trabajadores.

Cuando se habla de construir o no centrales nucleares, o hidrológicas, o de carbón... al ciudadano no le llega una visión completa del problema. Le llegan retazos, la mayor parte de las veces teñidos de sentimentalismo y de temores a la ciencia. A veces, los productores presentan un mundo idílico y otras veces algunos ecologistas presentan una visión catastrofista. Lamentablemente, en este mundo nada suele ser blanco o negro, más bien hay diferentes niveles de gris. ¿Dónde está la visión ponderada que mire el problema en todas sus dimensiones? ¿Quién se encarga de formar al ciudadano para que pueda tomar una decisión medianamente informada? ¿Quién actúa como punto de referencia neutral: ni a favor de las empresas ni en contra?

Creemos que ese es uno de los papeles importantes de los museos de la ciencia. Exponer de forma sencilla –qué es lo que sabemos hacer bien– los pros y los contras de un modo no sesgado, para que sea el ciudadano el que decida con suficientes elementos de conocimiento.


Tal como decía más arriba, hay razones para oponerse a la construcción de centrales nucleares de fisión, también las hay para construirlas. Hay un peligro y una necesidad. ¿Qué debe primar? Estamos ante el típico problema de la botella medio vacía o medio llena. Para algunos el peligro es inasumible. Para otros los perjuicios de la no construcción son mucho mayores. ¿Quién lleva razón? Nadie la lleva. No se trata de tener razón. Se trata de valoraciones personales diferentes, ambas perfectamente válidas y dignas. Unos estamos más dispuestos que otros a asumir riesgos. ¿Quién debe decidir? La respuesta es clara: se debe decidir democráticamente; pero para que pueda haber una mínima democracia el votante debe tener una visión clara de beneficios y de riegos y debe decidir con la fuerza de sus votos.

Los museos de la ciencia deben ser uno de esos lugares de divulgación no sesgada para ayudar a que el ciudadano pueda decidir.

La mayor par te de la investigación se hace con dinero público, sin embargo, el contribuyente, hoy por hoy, tiene muy pocas posibilidades de dirigirla. Normalmente los temas a los que se dan financiación surgen de un comité de expertos. ¿Lo que interesa al ciudadano es lo mismo que interesa al experto, por muy sabio y experto que sea?

Es nuestra obligación de ciudadanos dirigir hacia dónde queremos que vaya la investigación, decir qué líneas queremos que se investiguen, decir cuáles no, decir qué cantidad de dinero se dedica a investigaciones “locas”
–muchas veces las más interesantes–,...

Ese papel hoy lo hacen los políticos; pero la mayor parte de ellos, como cualquier otro ciudadano, no tiene una visión clara de lo que es la ciencia, ni de lo que de la misma esperan los votantes.

Para que el votante pueda asumir con dignidad su papel debe tener ideas básicas de lo que es la investigación. Y debe ejercer su derecho a manifestar su opinión. Pero para ello es imprescindible que haya divulgación.

Para conducir un coche no se necesita ser ingeniero ni conocer los trucos de diseño; pero hay que tener unas nociones de cómo funciona el vehículo. Lo mismo pasa con la ciencia, para conducirla no hace falta ser científico, pero sí hacen falta unos conceptos básicos. Suministrar esos conceptos es otro de los papeles de los museos de la ciencia.

La ciencia ha evolucionado tan deprisa que los conocimientos que una persona adulta adquirió en en sus años de estudio, que se suponen le preparaban para entender el mundo en el que vivía, ya no sirven.

Es curioso constatar que la rápida evolución iguala en la ignorancia a personas con muy diferentes grados de formación. Pensemos en un físico, probablemente esté al día de los descubrimientos de física, pero no de los de biología; por tanto cuando le hablan de que el mal de las vacas locas se debe a priones, está tan pez y entiende tan poco como aquella persona que sólo aprendió a leer y escribir.

Pensemos en un biólogo con inquietudes y que está al día en los avances de su ciencia. La idea de que hay nuevas enfermedades infecciosas –priones– sin ADN ni ARN podrá entenderla; pero entonces le hablan de que hay virus informáticos que se propagan por Internet y es muy probable que no se haga ni una pequeña idea de cómo pueden funcionar.

En los dos ejemplos que he puesto –físico y biólogo– he dicho que se trata de personas con inquietudes que están al día de lo que ocurre en su campo de especialidad; pero esa no es una situación habitual. Muchísimas veces, el trabajo del día a día lleva a unos niveles de especialidad tan elevada, que es muy posible que el experto sepa mucho del detalle en el que trabaje y se quede totalmente obsoleto en los avances que ocurren en otras áreas de su propia ciencia.

No estoy hablando de personas descuidadas que no se preocupan de su formación. Estoy hablando de que la evolución es tan rápida que es difícil mantenerse al día en los avances dentro de la propia especialidad y es casi imposible hacerlo en otras. Y, tal como decía más arriba, esto produce una igualdad en la ignorancia entre personas con formaciones muy diferentes.

Una de las misiones de los museos de la ciencia es transmitir de modo sencillo los avances de la ciencia. Contribuir a la formación permanente de los adultos que no quieren dejar de saber cómo funcionan las cosas habituales del mundo en el que viven. Para eso sirven las exposiciones temporales, charlas, conferencias, documentales... que forman parte de su actividad cotidiana.

Muchísimos adultos conviven con un teléfono móvil, con un horno de microondas, con un ordenador conectado a Internet o con una cadena de sonido Dolby digital sin comprender nada de su funcionamiento. No tienen ninguna obligación de conocerlo porque a ellos nadie se lo contó.

Lo mismo ocurre con otros aspectos de la ciencia; para la mayor parte de los adultos, cada vez que se da una noticia sobre priones, genoma o proteoma, no la entienden porque nunca lo estudiaron. Cuando se habla de astronomía confunden millones de años con miles de millones; hablando de antropología no distinguen cincuenta mil años de siete millones... Porque nunca lo estudiaron.

A mi me resulta imposible ir por el mundo sin preguntarme cómo funcionan las cosas; supongo que forma parte de la naturaleza curiosa del ser humano. Disfruto cuando entiendo el funcionamiento de algo. Quiero creer que eso mismo les pasa a las demás personas. Sin embargo, la enorme discrepancia entre el mundo que se estudiaba y el mundo real actual, es muy posible que haga que muchas personas se desentiendan por imposibilidad de entenderlo. Por un lado, pienso que lleva a un empobrecimiento del mundo en el que viven. Por otro, si no distinguen ciencia de magia es muy fácil que caigan en las trampas de la pseudociencia y de los magos de turno.

Otra de las funciones de los museos de la ciencia es satisfacer la curiosidad, suministrar el placer de saber por saber, aunque no sirva para nada. Un ejemplo, es bello saber cómo está grabada la información en un CD, aunque su calidad no sufra un ápice si al escucharlo lo ssepa o no; pero hay un placer estético en saber cómo está hecho.

Otra es suministrar armas de conocimiento para evitar que el ciudadano caiga en manos de engañabobos. Veamos un ejemplo. La medicina actual es muy buena diagnosticando enfermedades y previendo su evolución. Es peor curando. No puede ser de otro modo, antes de curar hay que entender la enfermedad. Al entenderla, normalmente somos capaces de prever su evolución y somos capaces de diagnosticarla. Eso no significa que ya haya cura.

Si el ciudadano no tiene unas nociones mínimas de cómo se fabrica un medicamento, de cómo se demuestra si cura o no, puede caer en manos de cualquier charlatán que le promete curar su cáncer, que, según la “medicina oficial”, es incurable.

Entiéndaseme bien. Si a una persona le diagnostican un cáncer incurable y mortal en el plazo de dos semanas, entiendo muy bien que se agarre a cualquier clavo ardiendo, al del curandero o a la medicina milagro de cualquier charlatán. Es muy probable que yo también lo hiciera.

Incluso creo que engancharse a la medicina milagro puede ser beneficioso, en esos momentos.

Pero el problema grave –desde mi punto de vista– surge cuando por falta de ese conocimiento de lo que es la medicina, aparecen pseudomédicos como los homeópatas que venden agua destilada o polvos de glucosa como medicina. Y lo que es peor, que pueden hacer que el paciente abandone la medicación “oficial” –la única que cura– por una quimera.

¿Cuántos muertos innecesarios ha habido por abandonar unas técnicas médicas científicamente probadas, aunque invasivas y molestas, por una quimera?

Vuelvo a pedir que se me entienda bien. Pienso que cada persona es libre de curarse como quiera. Creo que es libre de abandonar la “medicina oficial” por una quimera homeopática o de otro tipo. Pero me duele que eso se haga por ignorancia del funcionamiento de la ciencia médica, por ignorancia de cómo se prueba que un medicamento funciona.

Esa es otra de las funciones de los museos de la ciencia: explicar cómo funciona el mundo de la medicina, de la obtención de medicamentos y exponer lo que se entiende por “científicamente probado”.


La sociedad occidental depende para su bienestar de las vocaciones técnicas y científicas. Y, sin embargo, cada vez hay menos jóvenes dispuestos a dedicarse a ese mundo. Un hecho que ha transcendido a los medios es la tremenda falta de informáticos. En un mundo que cada vez depende más de los computadores, hay menos vocaciones. ¿Por qué? ¿Qué podemos hacer?

Soy una de esas “rara avis“ que nunca ha visto “Gran Hermano” u “Operación Triunfo”, pero, aunque no ha visto ningún programa de OT, sé de qué va y he tenido la desgracia de oír en un telediario a nuestra representante en Eurovisión –una tal Rosa– que parecía tener dificultades para articular más de cuatro palabras seguidas. También me he enterado de que con las ganancias obtenidas ha comprado un chalet de un montón de millones a su familia.

OT ofrece a los jóvenes el triunfo fácil. Unos meses de esfuerzo y el triunfo. Eso sí, los pocos meses de la “academia” son muy duros. ¿Quién no está dispuesto a pasar unos pocos meses duros a cambio de un éxito para toda la vida?

¿Qué ofrece la ciencia? Primero, para obtener el título se necesita estar estudiando hasta más de los veinte años, para obtener un doctorado añadamos tres o cuatro años más. Para conseguir una beca de 750 euros al mes hay que luchar contra todos los compañeros y demostrar que se es el mejor. Tal vez si demuestras que lo eres puedas llegar a ser profesor a los treinta años, y catedrático a los cuarenta.

Comparado con OT que ofrece ser multimillonario en unos meses, no parece muy halagüeño.

La tele nos está mostrando gente que se esfuerza en alcanzar la fama artística y jóvenes que triunfan siendo buen cantante o abogado o pintor...¿Cuándo nos habla de ser científico? Es más, cada vez que sale un científico suele ser feo –con gafas, que para Hollywood es el prototipo de lo cutre–, retraído y asocial..., en definitivas cuentas: “un bicho raro”.

Así no me sorprende que haya pocas vocaciones científicas, me sorprende que haya alguna.

Sin embargo, hay pocos momentos que recuerde tan gratamente como el momento en que me di cuenta que mi tesis doctoral estaba a punto de resolverse. Había estado dando vueltas a un problema durante meses, y, de repente, se hizo la luz. ¡Eureka!: por ese camino estaba la solución. Efectivamente lo estaba.

Hace unos días estuve en un tribunal de la Facultad de Informática de la U.P.V. de dos proyectos de investigación. Los habían presentado dos estudiantes. Eran estupendos, magníficos. Después me invitaron a tomar unas cañas en el bar. Allí me contaron la emoción que sintieron cuando al mover unos guantes de colores, un robot les obedecía. ¡Un trasto hecho de chatarra obedecía a sus gestos con unos guantes! Fueron capaces de transmitirme la emoción que sintieron, el placer del dominio de la inteligencia sobre la materia y me dijeron que en aquel momento habían descubierto su vocación científica. Eso es lo que querían hacer: transformar sus ideas en realidades.

Se trata de un placer intelectual difícil de transmitir a quien no lo haya vivido. ¡Es tan gratificante ver que una idea se plasma en una realidad! ¡Es tan apasionante desentrañar los secretos de la naturaleza!

Te sientes como un mago con poder sobre la materia. No importa demasiado que el tema sea útil o no. Lo importante es que te has enfrentado a un reto y lo has resuelto. Has triunfado ante problemas antes nunca presentados.

Quizá convenga matizar lo que acabo de decir. No importa demasiado que el tema sea útil o no debido a que a “a priori” nunca se sabe en qué va a acabar una investigación. Nunca se sabe lo que será útil o lo que no lo será. Ejemplos hay a millones. Cuando se descubrieron los rayos X, hubo un grupo de científicos que se empeñaron en utilizarlos para saber la estructura de los cristales. Así surgió la cristalografía de rayos X. ¿Servía para algo o era un capricho de expertos? Es muy posible que en la época se considerase una extravagancia de expertos; sin embargo, hoy en día, gran parte de nuestra ciencia de materiales y toda la genética derivan de ahí. ¿Quién iba a decirles a los cristalógrafos que iban a descubrir el secreto de la vida –la estructura del DNA– y que iban a revolucionar la medicina?

No obstante hay investigaciones muy gratificantes “a priori”, por ejemplo, aquellas que contribuyen a mejorar la salud o el bienestar de tus semejantes. Creo que muchos jóvenes se embarcarán más a gusto en investigaciones para combatir enfermedades o el hambre que en otras cuyo fin es menos altruista. Creo que es importante que transmitamos a los jóvenes que la importancia de la investigación básica radica en que no sabemos para qué servirá. La historia nos demuestra que la ciencia da unas revueltas inesperadas. Un ejemplo lo tenemos en la India. Es casi seguro que lo que más ha contribuido a disminuir la enfermedad y el hambre hayan sido los satélites artificiales. Estoy seguro de que planteado el problema así: “queremos disminuir el hambre”, muchos se habrían dedicado a investigar agricultura o medicina, pero ninguno a satélites artificiales.

Continuemos con nuestros investigadores de la Facultad de Informática. La emoción de los chavales me pareció tan contagiosa que me los lleve al museo, junto con sus robots, para que lo mostrasen al público. Sólo les hice una recomendación: mostrar la emoción que sentisteis cuando os funcionó por primera vez. No tengáis miedo de parecer sentimentales o poco científicos. Manifestar abiertamente vuestros sentimientos.

Los dos tenían novia, no eran los clásicos empollones de las películas de Hollywood (o de la estúpida serie Big Bang). Las dos novias habían asistido a las pruebas y a la emoción que habían sentido cuando funcionó. Les pedí que las llevaran y que ellas también expresaran la alegría que les embargó. Quería que demostrasen que ser científico es ser una persona normal y que hay gratificaciones en el propio saber.

Lo hicieron.

Entre los oyentes había jóvenes que iban a ver los robots. Espero que hayamos sido capaces de transmitir que la investigación es bella, es emotiva, es gratificante, no quita la vida social, aumenta la autoestima... aunque quizá no dé demasiado dinero. Pero en la vida hay cosas mucho más importantes que el dinero.

Espero que entre los chavales que acudieron, alguno se decida por la carrera científica.

Esa es otra de las funciones básicas de los museos de la ciencia: crear vocaciones en ciencia y tecnología.

Espero que lo logremos. Y si no lo logramos nosotros espero que sean otras instituciones. Lo que no me cabe la menor duda es que nuestro futuro depende de ello. Nuestro futuro depende de que haya jóvenes dispuestos a investigar, a navegar por mundos inexplorados, a descubrir soluciones para nuestros problemas.

Me encantaría que dentro de unos años, al hacer una entrevista a un nuevo premio Nobel, diga: “adquirí mi vocación científica en un museo de la ciencia”.

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El alcance del sonido del cañón. 2015-02-02


En este artículo escrito en 1915 se dicen a qué distancia se han oído los cañonazos en distintas épocas

El examen de los efectos acústicos de los disparos de cañón, como también de los de fusil, comprende
diferentes cuestiones ó aspectos del asunto. Ya trataremos en algún otro número de interesantes particularidades dignas de conocerse, pero ahora nos limitamos a recoger unos datos recientemente publicados en la Prensa francesa, acerca de la máxima distancia a que se ha llegado a oír el estampido del cañón.

Principalmente, se han de mencionar sobre esto unos artículos del senador L. Brindeau, publicados en
«Le Journal du Havre», empezando por hacer notar que para obtener buenas observaciones sobre el alcance del sonido de los cañonazos, es preciso utilizar varios observadores, distribuidos convenientemente en un espacio determinado, que se ocupen especialmente de este problema y conozcan las causas que pueden inducir a error.

Es evidente que hay condiciones favorables a la propagación del sonido, otras desfavorables y machas
que todavía no se conocen. La topografía, la geología y aun la meteorología de cada país o región desempeñan un importante papel.

Según «El Industrial de Louviers», en una discusión sobre el asunto, sostenida por oficiales de Artillería, se convenía en términos generales, en que los disparos de piezas pequeñas se oyen a 50 kilómetros y los grandes a 80, 90 y 100 kilómetros.

He aquí ahora algunos ejemplos que cita el senador francés antes nombrado, M. Brindeau, sobre el
alcance reconocido al sonido del cañón en diferentes épocas.

En 1694, desde Dieppe, fue oído en el Havre, a 80 kilómetros.

En 1814, desde París, llegó el sonido á Canon, en el Eure, á 176 kilómetros.

Desde el campo de batalla de Waterloo, alcanzó hasta Creil (Arago), a 200 kilómetros de distancia.

En 1870, los cañonazos disparados en París se oyeron en Dieppe, que está a 110 kilómetros.

Y en 1915 [año en que está escrita esta nota], se han señalado los casos siguientes:

Disparos hechos en Arras, se oyeron en Fécamp, distante 178 kilómetros.

Desde Roye, llegó el sonido á Saintt-Pierre-en-Port; distancia, 165 kilómetros.

Y desde Sillery, á Saint Sauveuir (Yonne); distancia, 188 kilómetros.

Asimismo, se sabe que el cañoneo de los Vosgos se oía en Zurich, a 130 o 140 kilómetros aproximadamente; y hay quien dice que el bombardeo de Amberes se oyó en Holanda, a unos 370 kilómetros de distancia.

Todas estas observaciones permiten aceptar las cifras de 150 y a 200 kilómetros, como término medio
del alcance del sonido de los cañones, pues la de 370 no se puede indicar sino con ciertas reservas sobre la exactitud del hecho.

Madrid Científico. número 863, del 25 de octubre de 1915. Página 627

No sé a ustedes, pero a mí me ha resultado sorprendente que un cañonazo pueda oirse a 200 km de distancia.

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Cosas que creen los que no creen en la evolución 2015-02-02



Hay dos ideas recurrentes: no creerse la cronología de la ciencia y pensar que la evolución es teleológica

Hace unos días, en la misma semana, dos personas distintas, me dieron los mismos argumentos contra la evolución darwiniana. Me sorprendió que los dos dijeran las mismas cosas en el mismo orden, sin que fueran de la misma extracción cultural.

Cronología

El primer argumento era que los científicos, sueltan fechas, que son imposibles de saberse, con una gran soltura. Por ejemplo, el Big Bang que dicen que ocurrió hace no-sé-cuántos-millones-de-años. ¿Cómo pueden saberlo? ¿Cómo pueden saber lo que pasó hace tanto tiempo? Otro ejemplo, era que también dan la separación del chimpancé del humano con gran precisión, como si ellos hubieran estado allí.

Con el primero de ellos, estuve hablando largo rato y le expliqué que había métodos de datación, y entonces me saltó con la frase que demuestra el mal que están haciendo ciertos programas de televisión en España. Ya, como el método el Carbono-14 –me dijo– que se equivoca totalmente como demuestra la «Sábana Santa». Traté de explicarle que para el Big Bang, el método de datación no era el Carbono-14, y que este no es nada más uno de los que se emplean y que muchas veces se adquiere mucha seguridad cuando dos métodos coinciden en fechas. Traté de explicarle que si el método de dendrocronología dice que una silla se hizo con madera de un árbol que vivió en el año 1 500 antes de nuestra era, y el Carbono-14 coincide –teniendo en cuenta los márgenes de error– ambas medidas se refuerzan.

Al tratar de explicarle los métodos de potasio-argón, uranio-torio, expansión del universo, fondo de microondas... me encontré con la ignorancia absoluta, aunque con muchas ganas de aprender. Por desgracia, era tarde y tuve que dejarlo.

Con la segunda persona me pasó algo parecido.

Una vez más, volví a pensar que contar los temas científicos, con datos finales hace que muchas personas se crean que la ciencia es un conjunto de dogmas, sin demasiado sentido, en los que se han puesto de acuerdo un grupo de expertos, vaya usted a saber porqué. Y que muchas veces se equivocan, "fíjate en lo del aceite de oliva y el colesterol", que antes se decía una cosa y ahora se dice otra. Se equivocan.

Para mí, tan apasionante como saber una cosas, es saber cómo se ha llegado a saber. Casi es más apasionante el desarrollo que el final. La mayor parte del conocimiento científico se puede narrar como una historia de detectives: los datos, las posibles explicaciones, descartar ciertas hipótesis, hacer un experimento para validar o falsar cierta idea... y el desenlace final, el asesino es xxxx. Si la novela está bien escrita lo más importante es el desarrollo. Creo que esta puede ser una buena estrategia para enseñar rudimentos de ciencia a cierto tipo de personas.

Teleología

La otra crítica que me hicieron los dos, me sorprendió. Los dos me hicieron la misma pregunta: «¿Entonces, por qué los chimpancés actuales no siguen evolucionando?».

Es una pregunta desconcertante, pues lo mínimo que uno espera que hayan logrado entender de la evolución darwiniana es que son cambios graduales que ocurren muy lentamente. Pero, ni eso han entendido. Esa pregunta, normalmente va seguida de otra en la que se indica que «¿Por qué los chimpancés no van pareciéndose a nosotros cada vez más?». Es decir, ni entienden que la evolución es lenta, ni entienden que la evolución no va hacia ningún fin y mucho menos hacia el ser humano. Tratar de contarles que los chimpancés están perfectamente adaptados a su hábitat y que los humanos de hace dos millones de años lo estaban al suyo, es muy difícil. Explicar que hay una adaptación entre el animal y su hábitat no es fácil cuando lo que se tiene en mente es que todo tiende hacia los humanos, que son la cumbre de la creación y, por lo tanto, todo evoluciona hacia ese punto. Explicarles que si hace dos millones de años hubiéramos puesto a los humanos en el hábitat de los chimpancés, hubieran tenido tremendas dificultades para sobrevivir, pues tolerábamos peor el frío y la humedad, no éramos tan hábiles para huir de los predadores en un entorno de bosque, saltando de rama en rama, …

En fin, nada más. Aquí acabo mi reflexión sobre las dificultades de enseñar a los adultos, con ideas preconcebidas erróneas.

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Aceleradores de partículas y fotosíntesis 2015-02-01



Publicado en Diario Vasco. Big Bang el 8 de agosto de 2012

Un acelerador de partículas fue decisivo para elucidar cómo hacen las plantas la fotosíntesis

Es muy frecuente que cada vez que se fabrica un nuevo aparato se hagan descubrimientos científicos a partir de él. Por ejemplo, el microscopio hizo avanzar la biología y el telescopio la astronomía. Hoy que está de plena actualidad el acelerador de partículas del CERN conocido como LHC, quiero hablar de su «abuelo», del primer acelerador de partículas. Le dieron el nombre de ciclotrón y lo desarrollaron en la Universidad de California Berkeley en el año 1931. Con él se hicieron muchos descubrimientos, pero uno de los más sorprendentes fue que contribuyó decisivamente a entender el mecanismo de la fotosíntesis y en el camino descubrieron el hoy famoso, pero entonces desconocido, carbono-14 (14C).

A finales de los años 30 dos jóvenes investigadores, Ruben y Kamen, llegaron a la Universidad de California Berkeley con la idea de solucionar cómo hacían las plantas para recoger la energía del Sol y con su ayuda crear ácidos orgánicos y carbohidratos. Se les ocurrió una idea engañosamente sencilla, que era sustituir el carbono normal que usaban las plantas por otro radiactivo, que podían suministrarles sus colegas del ciclotrón, y de ese modo seguir el camino de los átomos. El problema era que el único carbono radiactivo que podían suministrarle era el carbono 11 que tenía una vida media muy corta –21 minutos– con lo que apenas podían hacer experimentos. Kamen, el 19 de febrero de 1940 hizo un experimento decisivo, bombardeo grafito con protones en el ciclotrón y descubrió un carbono radiactivo de larga duración: el 14C. Con ello podían hacer muchos experimentos para saber qué hacían las plantas con el dióxido de carbono de la atmósfera. El carbono descubierto por Kamen y Ruben demostró su utilidad no solo en el análisis de las reacciones dentro de las plantas sino que también fue muy útil casi en cualquier campo de la investigación biológica. Unos años después, Willard Libby desarrolló el famoso método de datación por 14C que fue una revolución en arqueología.

Pero llegar a saber cómo las plantas creaban su cuerpo a partir fundamentalmente del dióxido carbono de la atmósfera y de agua no fue una tarea sencilla. Por fin, en 1949, el equipo dirigido de Melvin Calvin, que estaba en dura competencia con otro grupo de investigación de la universidad de Chicago, dilucidó cómo las plantas hacían la fotosíntesis, lo que hoy se conoce como ciclo de Calvin-Benson. Benson era uno de sus colaboradores. Calvin por este trabajo recibió el premio Nobel en 1961.

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De repente, el relieve 2015-02-01


Publicado en Diario Vasco. Big Bang el 1 de agosto de 2012

Una fotografía vista con un solo ojo a 15 cm de distancia se ve en relieve

Soy miope y es posible que este hecho tenga algo que ver en la historia que les voy a contar. Hace ya casi dos años que me regalaron un «tablet», al que no vi demasiada utilidad pues yo estaba dedicado íntegramente a mi trabajo en el cual el uso fundamental de los ordenadores era la consulta a los buscadores –principalmente Google y para cálculos Wolframalpha– y la redacción de escritos. Pero, como saben mis seguidores, me he jubilado y dispongo de más tiempo libre. Hace unos días me dio un «ataque de añoranza» y me puse a ver por internet viejas series de televisión que me gustaron. Una de ellas fue «El Santo», interpretada por Roger Moore. Estaba en mitad de un capítulo cuando me entró un sueño horrible, así que pensé que podía dejar el ordenador y llevarme el tablet a la cama. Lo hice, y me puse a ver el final del capítulo. Estaba viéndolo medio dormido, con un solo ojo pues la almohada me tapaba el otro. Y de repente la imagen se transformó y empecé a verlo en relieve. El mismo relieve con el que había visto «Vol de Nuit» o «Avatar». Pero para ver aquellas películas se necesitaba llevar unas gafas que a los veinte minutos me producían cierto dolor de cabeza. Ahora lo estaba viendo sin gafas, con un solo ojo. Y la sensación era la misma. Igual de buena o igual de mala. He de reconocer que a mí me parece más falso y más irreal el relieve artificial que las imágenes planas, pero eso, sin duda, va en gustos.

¿Cómo es posible ver relieve con un solo ojo? Mejor dicho: ¿cómo es posible que con un solo ojo se tenga una visión en relieve tan potente? Entonces recordé un libro que siempre me ha encantado y del que he disfrutado. Lo tengo en mi biblioteca, en papel, pero he preferido volver a buscarlo en electrónico. Lo he encontrado, se trata de «Física Recreativa» cuyo autor es Yakov Perelman (http://www.librosmaravillosos.com/fisicarecreativa1/capitulo09.html). Un libro magnífico. En el capítulo 9 explica el fenómeno de la visión en relieve con un solo ojo. Mis recuerdos eran correctos. Y allí dice que si ves una fotografía a una distancia de entre 10 y 15 cm se ve perfectamente en relieve. Yo puse mi tablet, de 21 cm de anchura –me niego a dar la medida como la diagonal en pulgadas–, a unos 15 cm de distancia de mi ojo. El problema para los que tienen una vista normal es que esa distancia es un poco corta para ver enfocada la imagen. Pero es perfecta para los miopes.

Si hacen la experiencia me gustaría saber los resultados. Para evitar spam esta dirección estará vigente solamente durante una semana: bigbang@movistar.es

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Plaga de pájaros 2015-02-01


Publicado en Diario Vasco. Big Bang el 21 de enero de 2015

Siglo XIX: Tratando de controlar una plaga de insectos consiguieron otra de pájaros

Los desastres ecológicos por la introducción de especies nuevas son bien conocidos. Por ejemplo, todos recordamos que los conejos en Australia produjeron pérdidas terribles a sus agricultores y siguen siendo un gran problema; otro tanto ocurrió con la introducción de ganado europeo, sus excrementos llegaron a ser una gran fuente de contaminación. La razón es que en Eurasia y en África los escarabajos peloteros se encargan de hacer desaparecer dichos excrementos, pero no había ningún ser vivo que hiciera ese mismo papel en Australia, por lo que fue un desastre, que se ha solventado en gran parte con la importación de dichos escarabajos.
Las aves, a veces, también han sido un desastre. Por ejemplo, la introducción de estorninos en Estados Unidos en 1859, produjo enormes pérdidas en los cultivos de granos y siguen produciéndose.
Se acaba de descubrir otro desastre ecológico en Nueva Zelanda, producido por las aves y por un error difícil de entender. Lo más curioso es que los investigadores que lo han dado a la luz no estaban estudiando plagas sino las canciones de los pájaros, los distintos idiomas y dialectos que hay y cómo estos cambian de una zona a otra. Cambian tanto, que un buen conocedor es capaz de saber a qué parte de un bosque corresponde un canto concreto. Casi todas las especies de aves canoras cantan en el dialecto específico de su zona. Las excepciones son aquellos pájaros en los que cambiar de canto fuera un problema evolutivo. Por ejemplo, los cucos. Se crían en nidos ajenos y no aprenden el lenguaje de sus progenitores sino que tienen el suyo propio.
El estudio, recién publicado en la revista NeoBiota, comenzó como un análisis de los distintos dialectos de un pajarito amarillo aparentemente de lo más inofensivo: Escribano cerillo. Pero muy pronto, al estudiar lo que decía la prensa del siglo XIX de ellos, apareció una historia mucho más interesante. En la mitad del siglo XIX hubo una plaga de insectos que estropeaban las cosechas de Nueva Zelanda. Las «Sociedades de Aclimatación», que se cuidaban de introducir nuevas especies en las islas, pensaron que la solución ideal sería introducir pájaros que se comieran los insectos. Y, por ello, importaron Escribanos cerillos desde Europa. El resultado fue desastroso, pues los pájaros no eran insectívoros sino granívoros y muy pronto comenzaron a comer los granos de las cosechas sin tocar a los insectos. Lo que no se entiende es por qué importaron un pájaro que no es insectívoro.

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